martes, 14 de noviembre de 2017

OSO POLAR (Marcelo Tobar, 2017)



OSO POLAR (Marcelo Tobar, 2017)

Ganadora del festival de Morelia, “Oso polar” es una muestra de cómo hacer cine sin dinero y cómo cualquiera puede aventurarse a jugar a la dirección con un simple teléfono móvil…….y no perderse en el intento. Quien vea la película no podrá decir que las imágenes proceden de un dispositivo portátil tan ligero como un teléfono. Acostumbrados al visionado de videos, de noticias televisivas compuestas a través de planos y tomas aficionadas, una cámara de video de un teléfono, actualmente, puede tener tal calidad de captación que la definición no nos va a llamar la atención por su falta de calidad, al revés, acostumbrados a las imágenes inestables, a la cámara en movimiento, el hecho de que apreciemos el pulso de quien maneja la misma ya no incomoda o molesta desde que nos acostumbramos a los Dardenne hace tres décadas. El año pasado fue “Tangerine” de Sean Baker la que asombró a parte de la crítica por ser filmada con el mismo sistema, ahora el modelo se extiende y no hay objeción mientras el relato funcione y tenga sentido la propuesta, como es el caso, donde Heri, el protagonista, para dar continuidad al propósito del medio utilizado, graba continuamente lo que le sucede (como le ocurre a la protagonista del documental Gloria y Omar, igualmente mexicano, dicho sea de paso), y en esas grabaciones propias del protagonista es donde el director juega a la comparación de texturas entre diferentes modelos de teléfonos, consiguiendo así, dar mayor calidad a lo que es el camino frente a los recuerdos filmados por el propio protagonista.



Tres personajes construyen la historia a partir de un eje central, el de Heri (muy convincente Humberto Busto), que se encarga de llevar a Flor y Trujillo a una fiesta donde se reúnen anualmente los antiguos compañeros de colegio, y a la que Heri no ha ido desde que abandonó el centro. Ese relato va creciendo desde el interior del vehículo poco a poco, Trujillo y Flor apenas recuerdan a Heri, pero éste se va encargando de recordarles el desprecio, la diferencia de clase social, el bullying, el acoso por ser homosexual, la invención de un lenguaje cifrado para insultarle sin que los ajenos al colegio pudieran enterarse, un recuerdo ante el que los dos compañeros de viaje reaccionan con la misma insensibilidad que tuvieron en su infancia y adolescencia, riéndose de aquellas situaciones y pretendiendo que Heri asuma que todo aquello fue una broma de infancia sin maldad, pero que, en cuanto los personajes comienzan a beber en ese inacabable viaje, vuelve a surgir, provocando, tanto por la cercanía de la imagen, como por lo reducido del espacio en el que transcurre gran parte de la acción, un aumento de la tensión que acompaña el comportamiento y la mirada del personaje principal hasta su catarsis definitiva. Los años de la infancia y de la primera adolescencia marcan el ser y la personalidad de cualquier individuo, y no resulta difícil imaginar el sufrimiento vivido por este personaje desde que abandonó el colegio, ingresó en un seminario donde su homosexualidad se hizo convicción, y su posterior abandono del mismo hasta llegar a este ajuste de cuentas personal.



La película es, por tanto, un viaje en el presente que nos retrotrae al pasado, en el que podemos dudar de la intención inicial de Heri;  si ésta va surgiendo ante el cúmulo de recuerdos y nulo arrepentimiento de sus acompañantes o si simplemente se reafirma conforme se acerca el momento de encontrarse con ese cuarto personaje, también del pasado, y contra el que parece guardar un rencor subsistente y especial que el tiempo no ha mitigado. En esa escena de reencuentro final, aparte de recrear una especie de descenso a los infiernos del subconsciente del protagonista mediante una bajada de escaleras iluminadas con luces rojas, moradas, fosforescentes que, para los demás significan fiesta, pero para Heri anuncian el momento definitivo de conclusión de un viaje que se inició como borrón y cuenta nueva y termina convirtiéndose en un despertar traumático tras años de desaparición voluntaria de ese entorno, Tobar consigue cerrar un círculo complicado abierto en una escena precedente y que podía desequilibrar lo contenido de la propuesta, y es precisamente esa última decisión de Heriberto la que justifica todo lo anterior por descarnado y cruel que parezca. La historia avanza y el personaje no oculta, “no digas que no te lo advertí”, “sobran los abusivos, los ingratos, los corruptos”, sí, es mucha gente, pero Heri no necesita la voz de un dios para saber quién forma parte de cada grupo y quién merece ser eliminado con un botón metafórico que los borre de su mundo, Heri sólo busca una muestra de cariño, un comportamiento tan simple como una foto para recordar el único día que fue feliz en el colegio, una palabra de reconocimiento de culpa para poder afrontar un futuro muy complicado con su alma dolorida y pisoteada. Tobar sólo nos muestra un día de la vida de Heriberto y no es difícil imaginar lo que fueron sus años precedentes.


Oso polar. México. 2017. Dirección: Marcelo Tobar. Productoras: Zensky Cine, La Torre y El Mar. Guión: Marcelo Tobar. Fotografía: Mauricio Novelo. Edición: Patrick Danse. Música: Adán Herrera.  Reparto: Humberto Busto, Verónica Toussaint, Cristian Magaloni. 70 minutos 

TRAILER