lunes, 6 de noviembre de 2017

GABRIEL E A MONTANHA (Fellipe Gamarano, 2017)

GABRIEL E A MONTANHA (Fellipe Gamarano, 2017)
La apuesta de Fellipe Gamarano es arriesgadísima desde su primera escena, en la que a golpe de machete, decide eliminar cualquier duda sobre el destino de su protagonista, Gabriel Buchmann. Tras observar como una pareja de campesinos se aproxima a la cámara, y la sobrepasa, en la dura tarea de ir cortando vegetación a lo largo de la ladera de un monte en Malawi, cómo el duro trabajo no cesa, la rabia de cada machetazo y de cada selección de las plantas recogidas, uno de los dos africanos encuentra el cadáver del “mzungu”, del Gabriel del título, y a partir de ahí el director brasileño reconstruye los últimos 70 días del compatriota que llevaba vagando cerca de un año por el mundo creyéndose más tanzano que los tanzanos, o más vietnamita que los vietnamitas, y que termina muriendo víctima de su propia montaña, de su reto cada vez más imposible y más suicida. No hay un simple recorrido turístico por el África negra, ni una mera recolección de anécdotas de viaje. Al “mzungu” Gabriel le viene que ni pintado el origen swahili de la palabra, una persona que vaga sin rumbo,  que da vueltas alrededor de un lugar, es la imagen del turista que se cree que por viajar con mochila y casi sin dinero, se transforma en un habitante más del país que visita y cree conocer su propia idiosincrasia, el «mzungu» es el blanco por África, pero Gabriel es mzungu y además está perdido en su propio bucle. Por mucho que se empeñe, utilizar unas sandalias hechas con neumático, vestirse con un traje típico sacado de la serie de los 80 “Orzowei” y llevar una espada masai con su mochila y su cámara de fotos no le transforma en africano ni en alguien cercano a la negritud, sigue siendo un brasileño sin rumbo personal en medio de sus inseguridades. Es un personaje en fuga al que se le está acabando el tiempo, la montaña a la que se enfrenta está en Malawi, pero su particular Everest se encuentra en Brasil, y cuando llegó el momento decidió no escalarlo y alejarse de una responsabilidad que se le echaba encima.

No resulta sencillo justificar las excelencias de una película cuyo resultado final se sabe desde un principio y en la que, en apariencia, apenas ocurre nada. Es así, y la vida la mayor parte de las ocasiones no es sino el transcurrir de los días sin nada reseñable, resumir 70 días de nuestras existencias pueden ocupar lo que tarda en pasar un vehículo por delante de nosotros, y sin embargo en ese relato que atraviesa África de este a oeste, Gamarano permite delinear a la perfección dos personajes que no tienen porqué parecernos simpáticos, ni atractivos, ni inteligentes, ni sensatos. Ni tan siquiera tenemos que sentirnos identificados con ninguno de los dos, ni con el viajero iluso de Gabriel ni con la novia que llega a mitad de su periplo africano después de haber coincidido antes en la India durante la larga escapada del joven. Gabriel y Cristina funcionan como polos que se atraen pero que son capaces de analizar la realidad de manera muy distinta. Tanto la necesidad del viaje, la forma de afrontar el futuro académico y laboral, los sinsabores de la desigualdad, la notoria pertenencia a una clase enriquecida en su país enfrentados a una realidad de pobreza extrema en el continente más abandonado del planeta, su propio papel como pareja, su pasado más reciente y más doloroso. Todo diverge pero no impide el fortalecimiento de una relación que se encuentra en un paréntesis provocado por Gabriel, un supuesto viaje de autonocimiento que no necesita de retos físicos ni de distancia para conseguirse, basta, o bastaría, una vez comprobado su comportamiento, con una simple reflexión serena y sincera sobre uno mismo. Gabriel viaja, pero su mente sigue en su cultura, su país, su futuro a término en una universidad norteamericana.


Resulta elogiable la idea del director, que conoció al verdadero Gabriel, al utilizar en el periplo viajero a las personas reales que se cruzaron con el brasileño en sus semanas por África, personas que hermanaron con él, que discutieron, que se pelearon, que comparteron el camino. Sirviéndose de su presencia, y de una breve voz en off que añade el juicio personal de cada uno al comportamiento o experiencia con el turista que quería ser más masai que los masai, la película trasciende la mera ficción para acercarse al documento, rompe la barrera que parece separar lo real de lo ficticio sin que, por ello, la película pierda su carácter ficcional, pero humaniza y personaliza aún más la historia y nos acerca al personaje por encima de sus debilidades, inconsistencias, contradicciones, incluso de la empatía o desinterés que nos pueda causar. Lo real pasa a ficción porque no estamos sino en el recuerdo que otros tienen del viaje que efectuaba Gabriel, y además, adornado, expuesto, escenificado por el ojo del director. La realidad de lo que se cuenta no tiene porqué parecerse a la realidad de lo que sucedió, entre otras cosas porque los afectados, seguramente, dulcificarán su opinión sabiendo que su juicio puede ser objeto de escrutinio ajeno a través de una plataforma tan poderosa como el cine, y sin embargo todo fluye con una naturalidad alejada de la postal viajera que asombra, el discurrir de los días, apenas sin un objetivo que se señale justo antes de comenzar su logro, no hace del relato algo plúmbeo ni pedante, al revés, esas debilidades del protagonista, del que ni tan siquiera se puede predicar que se le esté brindando un homenaje, representan la humanización perfecta de la imperfección, el paradigma de la irresponsabilidad enfrentado a una férrea voluntad de superar unos límites que nunca antes se había atrevido a enfrentar y que, en el fondo, hacen de la ficción algo que se aproxima a la verdad de un relato de viajes en primera persona.


Gamarano progresa y perfecciona su interesante, pero irregular y, por ratos, vacía, «Casa grande», dibuja un personaje que opera enfrentado a un contrapunto lúcido y racional como el de su pareja, un personaje que pretende huir del tópico turístico pero que, lleno de contradicciones burguesas en un mundo que se mueve por dinero, termina cayendo en el tópico que rechaza aunque él no se de cuenta. Correr disfrazado de masai no te convierte en uno más de la tribu, ser generoso o desprendido con lo que tienes no te convierte en un equlibrador de la desigualdad evidente, caminar sin rumbo no te hace un aventurero, incluso te convierte en un irresponsable que actúa pensando que, como heredero del primer mundo, tus capacidades son suficientes para enfrentarse a la naturaleza sin recursos propios y desoyendo las recomendaciones de los lugareños. Gabriel se cree listo y termina siendo un tonto que pone en riesgo la vida de los demás tratando de demostrarse algo que nadie le cuestiona. Cuando Gabriel tiene frío no se abriga como un masai, sino que se pone encima de su vestimenta impostada la camiseta de la selección de Brasil, quiere ser lo que no puede ser y, de manera espontánea, termina cayendo en el tópico reconocible de la autosuficiencia occidental, insuficiente cuando ni el dinero puede sacarte de un apuro.



GABRIEL E A MONTANHA. Brasil, Francia. 2017. DIRECTOR: Fellipe Gamarano Barbosa. GUIÓN: Fellipe Gamarano Barbosa, Lucas Paraizo, Kirill Mikhanovsky. PRODUCCION: Rodrigo Letier, Roberto Berliner, Clara Linhart, Yohann Cornu. FOTOGRAFÍA: Pedro Sotero. EDICIÓN: Théo Lichtenberger. SONIDO: Pedro Sá Earp, Waldir Xavier. DISEÑO PRODUCCIÓN: Ana Paula Cardoso. MÚSICA: Arthur Bartlett Gillette. INTÉRPRETES: João Pedro Zappa, Caroline Abras, Alex Alembe, Leonard Siampala, John Goodluck, Rashidi Athuman, Rhosinah Sekeleti, Luke Mpata, Lewis Gadson. 132 minutos. PRODUCTORAS: Damned Films, ARTE FRANCIA CINEMA, TV ZERO.




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