miércoles, 15 de noviembre de 2017

EUROPA (Miguel Ángel Pérez Blanco, 2017)

 EUROPA (Miguel Ángel Perez Blanco, 2017)

Entre las ruinas de un continente puede llegar a salir el sol cada mañana, cuestión diferente es si ese sol tiene capacidad para calentar o la sangre de la juventud actual permanece congelada desde el 31 de diciembre de 1999. La fecha es una disculpa, pero es la que maneja el primer largometraje del director como referente cronológico de unos espacios llenos de sombra, de espectros vagantes, sin rumbo, un mundo que sabemos plagado de personas pero que en la larga noche desde 1999 hasta 2017 parece desierto porque el relato se centra en la pareja. Los propósitos del director quedan de manifiesto en la magnífica entrevista que recoge el siguiente enlace, pero el espectador es muy libre, y así debe ser, de configurar su propia película a través de su experiencias personales, o simplemente mediante su interpretación en clave sociopolítica. "Europa" puede haber sido concebida como experimento visual y sensorial de carácter íntimo y optimista, para quien ahora comenta la película resulta inevitable la referencia a la actual coyuntura sociopolítica en el continente, la destrucción de todo aquello que parecía sólido e inatacable en un sistema de garantías, el vacío existencial, material e ideológico de centenares de miles de jóvenes que se han dado de bruces con una realidad con la que nunca imaginaron, la de que iban a vivir peor que sus padres (ENTREVISTA EN EL ESPECTADOR IMAGINARIO) .

Lisa-Julia y Viktor-Alex pueden ser muchas parejas de este nuevo mundo que toca asumir entre las ruinas, o una única pareja a lo largo de una noche que nos mueve cada vez en espacios más oscuros y asfixiantes hasta la llegada de un amanecer en el que la comunicación se limita a lo sensorial entre tanto idioma incomprendido. Metáfora de una incomunicación evidente que hace primar al individuo para aislarle de la idea de comunidad y, de esa forma, aniquilar un entramado social cohesionado que pueda oponerse al poder, la deambulación de la pareja protagonista desde la desierta ciudad que habla de un "happy new year" que da paso a un nuevo milenio, hasta el bosque primario donde la idea de fiesta queda aniquilada por la realidad de una búsqueda sin sentido, identifica a ambos jóvenes con los mismos paseos de otra pareja, la antonioniana de "L,eclisse", el Piero y Vittoria de Delon y Vitti dan el relevo al Julia y Alex de Legeay y Solonchev, un vagar donde no queda más que el amor, o la idea del amor basado en la atracción y una necesidad de encontrar esa luz que tan esquiva se muestra, como si estuviera encerrada en las profundidades de edificios que se han transformado en el cementerio de nuestros sueños. Buscar la luz es el mantra que guía a los jóvenes que se aman y para los que solamente esa relación no puede ser suficiente para el futuro. La luz les atrae como insectos atrapados que buscan un escape, una salida. Luces de neón, luces artificiales, linternas, mecheros, luces que queman para despertarnos del letargo de la apatía pero que no lo consiguen casi nunca.
"Buscar la fiesta" es contemplar el vacío existencial que separa a la juventud de la realidad, el sustitutivo de una alienación consentida a fuerza de minusvalorar la eficacia del poder económico en detrimento de las bases que tienen que sostener al mismo sistema en el futuro. "Contemplar el futuro" es enfrentarse a la ausencia del mismo, es pasar la noche en vela sin llegar a encontrar esa fiesta que celebra la llegada del nuevo milenio y coloca a los protagonistas ante la inexistencia de cualquier objetivo que no sea, por lo menos, encontrarse mutuamente una vez separados y aislados, una vez que "se pierden" por separado en la larga noche. Asomarse al nuevo amanecer del continente es contentarse con ver un sol alzarse entre las montañas que ocultan la realidad de una ciudad que refulge tras ella, pero cuya luz es mera imaginería consumista que anula la conciencia de quien no puede subirse a la vorágine de tener para ser, el sol que penetra por los viejos ventanales del edificio abandonado no impide darse cuenta de que tras el ventanal esté el vacío, el precipicio de generaciones arruinadas desde las precedentes y que cuentan con la incapacidad de las presentes, anuladas en su conciencia y destinadas a arrastrarse en la larga noche de sus vidas. Alguna, entre tanta alma en pena que, como zombies, dormitan al raso en medio del bosque y se desperezan y mueven con torpeza y desgana, conseguirá afrontar el nuevo año con optimismo, pero lo que ha quedado detrás es ruina, abandono, indiferencia.
No estamos ante un relato secuencial y programático, hay una medida indefinición en el planteamiento y devenir de las imágenes que transforman la experiencia en algo muy sensorial y personal (el trabajo de Guillermo Villar en sonido con la música de Jonay Armas y la fotografía de Michal Babinec ayudan sobremanera a la creación de esa atmósfera irreal y onírica) no exenta de referentes que nos acercan al cine y al tratamiento de la imagen en Grandrieux, que no es mal ejemplo a la hora de pretender crear; del mismo modo que la escena erótica entre la pareja minutos antes de ese cambio de milenio recuerda al cine de Brisseau (asociación a la que ayuda la presencia de Virginie Legeay, que establece la conexión mental rápidamente), o esa larga noche de rumbo indefinido por el bosque iluminado de luces indirectas y neones (Weerashetakul sin religiosidad pero no exento de algo primigenio y telúrico) recuerdan al vagar de la protagonista de Le parc, de Demian Manivel, lo que hace que el cine, como todo arte, provoque necesarias conexiones que complementan lo visto con nuestras propias experiencias y reflexiones, de tal manera que uno puede haber sido el propósito del director y múltiples las interpretaciones que obtenga el espectador desde su experiencia íntima. Ningún demérito supone esa confrontación del artista con su público, al revés, demuestra que lo críptico del relato y el lenguaje abre la puerta a múltiples sentidos en la narración, algo que hace que esta película resulte necesaria como ejemplo de un presente que vive de un pasado reciente y que se encamina hacia un futuro incierto y peligroso. "Europa" es el reflejo de una Europa envejecida hasta en sus generaciones más jóvenes, es el tipo de cine que apenas encuentra cauces para mostrarse en nuestro país por huir de la historia asumible a simple vista, sus múltiples lecturas exigen un esfuerzo de interpretación que hace de la película un documento necesario, y lo convierte en muestra de un tipo de cine existente y resistente, de hecho, el tipo de cine que más me interesa.



EUROPA. Dirección: Miguel Ángel Pérez Blanco. Guión: Luis Juanes, Miguel Ángel Pérez Blanco. Productora: Zapruder Films. Música: Jonay Armas. Fotografía: Michal Babinec. Sonido: Guillermo Villar. Intérpretes: Alexei Solonchev, Virginie Legeay, Cristina Otero, Roman Rymar, Pablo Moiño, Juan Moiño. España. 2017