miércoles, 13 de septiembre de 2017

STRANGER IN PARADISE (Guido Hendricks, 2016)



STRANGER IN PARADISE (Guido Hendrikx, 2016)


El documental que nos enfrenta a los problemas y al modo en que nos comportamos ante ellos ya cuenta con una alta probabilidad de resultar interesante. El documental no tiene porqué ser únicamente obtenido a partir de imágenes reales, sino que puede hacerse ficción sobre la realidad proporcionando un efecto documentado sobre el asunto filmado. Hendricks opta por hablar de las grandes migraciones del siglo XXI hacia la Europa del presunto confort y bienestar y cómo esta Europa desigual y proclive al rechazo del diferente puede reaccionar. Estamos ante un mismo personaje que asume cuatro papeles diferentes, el de funcionario excluyente, el de funcionario integrador, el de funcionario que aplica las normas de manera fría y objetiva y el de actor, en cada uno de ellos apenas hay grises que maticen su posición, por eso el resultado es tan perturbador, porque en función  de qué tipo de funcionario se cruce en el camino de todos estos inmigrantes económicos, políticos, religiosos, bélicos, su aceptación y permiso de residencia puede ser otorgado o directamente rechazado.


En un rápido preámbulo, Hendricks resume en pocos minutos la historia del planeta, su origen, su desarrollo, la llegada de la especie humana, la evolución, la diferencia norte-sur, el colonialismo, los grupos poderosos del Norte esquilmando las reservas naturales del Sur sin entregar nada a cambio y colocando barreras imposibles de atravesar que impiden que los que menos tienen accedan al mundo de opulencia transmitido en directo por los medios de comunicación. Cuando el sureño empieza a tomar conciencia de la diferencia de vida a través de la sociedad del espectáculo su horizonte se amplía, el Norte pasa a ser no sólo responsable, sino que ha de aceptar la llegada de los hombres del sur. Ofrecido el sufrimiento como un espectáculo, el hombre del norte prefiere mantenerse en un segundo plano de desconocimiento, hablar del sufrimiento visto desde la distancia de una pantalla pero sin implicarse y sin exigir a sus gobiernos una solución no sólo humanitaria, sino solidaria. Humana en cualquier caso.

Hendricks cuenta su película tres veces, desde la posición de quien trabaja para impedir y desanimar a los que llegan , negarles acogida, medios, soluciones, equiparar la huida de millones de africanos con la Europa post-guerra mundial para intentar convencerles de que sus países no pueden mejorar si ellos abandonan su barco. La mirada economicista de lo que supone el coste por refugiado para un país como Holanda incapaz de asumir un coste que debilitaría un estado de bienestar que colapsaría. Es el discurso que trata a la minoría como una amenaza latente, no sólo económica, sino racial y religiosa, un peligro de invasión que no aceptaría nuestras costumbres ni nuestra tolerancia, discurso al que se contrapone la versión humanista, la del que recibe con los brazos abiertos, entiende la necesidad de huida cuando tu vida está en peligro, que se abate por el desastre humanitario que supone soportar miles de muertos en el mar año tras año cuando 1 millón de refugiados no puede suponer un lastre inasumible para una región rica con 500 millones de habitantes. Entre la visión catastrofista y la visión humanitaria apenas hay posibilidad de diálogo, ambas se muestran desde el idealismo del convencido en tener que preservar lo propio y la ingenuidad de quien cree en la bondad innata del género humano, por eso el director ofrece una tercera versión, la del funcionario sin empatía, la del que aplica una norma que elimina a los inmigrantes que proceden de países denominados seguros por la UE, la que elimina a los que emigran sólo por motivos económicos, la que elimina a aquellos que aparecen registrados en otro país por ser el primero en que tuvieron entrada en la UE; un perverso juego de preguntas llenas de trampas para que el inmigrante vaya respondiendo aquello que, humanamente, cree que le beneficia pero que la burocracia europea ha decidido que tiene que ser causa de expulsión. La pregunta final es obvia, realizada la selección, ¿qué hemos conseguido, qué futuro ofrecemos a los dignos de asilo, en qué nos convertimos con esta selección de personas que recuerdan métodos de criba mucho más siniestros y sanguinarios? ¿Y a los rechazados? ¿Podemos asumir el coste moral de devolver a una persona a un lugar en el que, si no muere de hambre puede ser encarcelado o se le está obligando a volverse a jugar la vida en la travesía del Mediterráneo?


Pero esta visión funcionarial del problema Hendricks la concluye de manera magistral en el último plano de la película. Rodada en asfixiantes primeros planos, tanto del rostro del entrevistador como de los sometidos a examen, al final el director se aleja, rueda desde un plano elevado un vehículo que va cargándose de equipaje y personas mientras nuestro actor chatea con el móvil a la espera. Un grupo de inmigrantes de dudoso futuro como refugiados se cruza con él y entabla una conversación, ingenua, pero dolorosa. El pobre deseando parecerse un poco al occidental rubio que les cuenta que es actor, envidiando ese coche, esos viajes, esa vida de rodajes, de festivales, pidiendo con ingenuidad que les lleve con ellos a su destino. Una conversación donde el paternalismo implícito del occidental no consigue romper la barrera por la que éste se implique, ni emocional ni realmente, con el problema de los refugiados que deambulan a la espera de una decisión sobre su futuro. Hendricks aprovecha para lanzar también cierta andanada sobre el mundo del cine y sus festivales, algo que asombra a los libios pero que para el actor supone un periplo en el que los profesionales del cine viven de festival en festival, quedan de un sitio al siguiente, “buenos hoteles, fotos, champán, mucha fiesta, mucho alcohol gratis, eso es lo que hay en un festival de cine”. Ingenuos, los inmigrantes preguntan , ¿eso quien lo paga? , “es un sistema” responde el actor. Lacónica respuesta de despilfarro frente al economicista discurso que subyace en el rechazo a la acogida. Hendricks hace bien, ofrece muchas posibilidades y cada uno que escoja la suya o se sienta mal con todas, el arte no tiene por qué dar respuestas, basta con que consiga hace preguntas, y “Stranger in Paradise” está sobrada de preguntas sin respuesta.


Paises Bajos 2016. Título: Stranger in Paradise.  Dirección: Guido Hendrikx.   Guion: Guido Hendrikx.  Música: Juho Nurmela, Ella van der Woude. Sonido: Taco Drijfhout. Fotografía: Emo Weemhoff.  Reparto: Valentijn Dhaenens. Productoras: Zeppers Film: Frank van den Engel. 77 minutos