jueves, 3 de agosto de 2017

LE PETIT SOLDAT (Jean Luc Godard, 1962)



LE PETIT SOLDAT (Jean Luc Godard, 1962)

“...el cine no está hecho para contar historias, sino para pensar”

Cincuenta dólares es el premio de una apuesta, pero también es el símbolo de lo inevitable. Verónica Dreyer es una desconocida para Bruno Forestier, ella mantiene el equívoco de lo que está por descubrir, ¿modelo, actriz, agente doble, espía?, Forestier parece un periodista para los demás, pero sabemos que es un sicario al servicio de una organización ultraderechista francesa que intenta eliminar a miembros destacados de la resistencia argelina. Verónica y Bruno son Anna Karina y Jean Luc Godard, son la representación del amor fou, del amor a primera vista entre ambos, es la película del encuentro profesional entre dos iconos de la “nouvelle vague” que trasciende lo público para consolidarse en lo privado. La aparición de Anna Karina en la película también cambia el comportamiento de Bruno (Michel Subor), sus dudas, planteadas desde el principio, se acrecientan. Como dice el director, plantearse dudas ya es una forma de buscar soluciones, no es necesario ni siempre posible encontrarlas, pero es una forma de resistirse a lo que no te gusta. La voz interior de Bruno nos dirá “Para mí, el tiempo de la acción ha terminado. He envejecido. Comienza el tiempo de la reflexión”, es el tiempo de encontrar respuestas ante una realidad que no le interesa, a la que ya no quiere pertenecer pero de la que no se le permite salir. Contada en pasado como si realmente estuviera ocurriendo cuando vemos las imágenes, “Le petit soldat” es una historia de terrorismo de estado cuando ningún estado democrático reconoce usar medios ilegales para combatir lo que no está dispuesto a aceptar.




Godard, sabedor de generar polémica, y tras el inesperado éxito de “Á bout de souffle” plantea su segunda película directamente enraizada en la Francia del momento, rodada en 1960 no verá la luz hasta 1963 por efecto de la censura. Varda por ejemplo, consiguió mencionar y reflejar la guerra de Argelia de modo tangencial pero muy inspirado en su “Cléo de 5 á 7”, Godard decide hacerlo de manera directa y en territorio neutral, en una Ginebra que funciona como escenario de actuación de los servicios secretos oficiales y paralelos del estado francés para acabar con los líderes del movimiento independentista argelino. Sabe Godard que la información genera poder, sobre todo si se trata de información manipulada, así que este agente con licencia para matar forma parte de la Compañía francesa de Información, agencia de prensa que funciona como tapadera legal de un entramado criminal que circula libremente por Suiza a la caza de objetivos. Recibido el encargo de matar a un locutor radiofónico, Polivoda, que desde las ondas vende un mensaje de apoyo al pueblo argelino y critica el uso de la violencia para resolver el problema independentista, Bruno ha decidido dejar de matar aunque no sepa realmente el por qué ni cuál es la respuesta para esa negativa, sólo sabe que es una lucha perdida porque los argelinos luchan por un ideal, y los franceses carecen de ninguno.




La confusión en la mente de Bruno, Godard la traslada a sus imágenes, sin olvidar su idea de que en el montaje reside la fuerza de una idea y de que las imágenes trasladan la verdad, o al menos la verdad de lo que quiere exponer. “La fotografía es la verdad, y el cine es la verdad 24 veces por segundo”, porque no es lo mismo asistir a un asesinato en el que el sicario dispara una pistola, a que ese mismo sicario, antes de disparar, se coloque una careta con el rostro de Hitler, en la imagen está la catalogación del tipo de crimen que vamos a ver. Nada, o casi nada, es casual en Godard, como tampoco es su reivindicación a los republicanos españoles “su saludo es bello y orgulloso” o su defensa de España pese a la guerra civil, o precisamente por eso “No me gusta Barcelona porque está en España, pero me gusta España porque tiene Barcelona”. El rodaje y la cámara pueden parecer improvisados o poco depurados, sus movimientos inarmónicos, pero el contenido de las imágenes y de los textos contiene la fuerza de su mensaje anticolonialista, antifascista, antiviolencia, y en ese intento carga contra el estado francés y contra el resistente argelino, que termina usando los mismos métodos que la organización de la que quiere escapar Bruno. Estamos ante una película antitortura que, al ser rodada de manera antinatural, como una representación de escasa credibilidad, demuestra la inutilidad de la misma para cualquier propósito, sirva o no sirva para alcanzar el conocimiento, porque en la tortura quien pierde, es cualquier causa justa.




Ensayística, como cualquier película de Godard, “Le petit soldat” habla de un momento concreto de la historia de la Francia pre68, un momento que permanece convenientemente silenciado en el que un estado usó el todo vale para intentar mantener un orden que se le escapaba de las manos, y Godard lo ofrece al espectador con sus imágenes que funcionan como un libro lleno de textos y no sólo de fotografías, “En mi calidad de crítico, yo me consideraba ya como un cineasta. Actualmente me considero todavía como un crítico y, en cierto sentido, lo soy todavía más que antes. En vez de hacer una crítica, hago un film, pero en él introduzco la dimensión crítica. Me considero un ensayista, es decir, hago ensayos en forma de novelas o novelas en forma de ensayos: sólo que, en vez de escribirlos, los filmo. Si el cine desapareciera, yo me resignaría: trabajaría para la televisión, y si la televisión desapareciera, volvería al papel y al lápiz.” Los nombres se suceden, los nombres de las víctimas, las fotos reales de la represión que chocan frontalmente con ese paripé de tortura al que es sometido Forestier. Estamos ante una película de acción donde ésta importa muy poco porque el mensaje implícito es el de cómo un hombre puede recuperar su libertad sin poder evitar seguir siendo un esclavo más tiempo del que ha decidido permanecer sojuzgado.



Hacer preguntas termina siendo para Godard más importante que encontrar respuestas porque en las preguntas ya hay un cuestionamiento de una realidad obscena y violenta; cómo empezar la libertad desde el remordimiento, cómo afrontar el interior de uno mismo cuando éste se revela con tanta nitidez al exterior aunque sea proyectado sobre un espejo. La tragedia de Bruno es la política, pero resulta que ésa era también la tragedia de Napoleón, ¿cómo resolver si uno es feliz por sentirse libre o libre por sentirse feliz cuando el tiempo demuestra rápidamente que ni se es libre ni se es feliz realmente? Godard puede recrear una escena de Johnny Guitar haciéndola pasar por propia y, además, copiarla con eficacia y llena de sentido (“Forestier le pide a Verónica que le vaya diciendo “no estoy triste de que se vaya, no estoy enamorada, no me voy a Brasil con usted, no le envío tiernos besos”) para justificar lo que apunta a una despedida forzada que trata de hacerse más ligera mediante una mentira aceptada a dos bandas. En el juego dialéctico, Godard demuestra que una frase dicha por Mao puede ser puesta en boca de la ultraderecha o de los independentistas y producir el mismo efecto, quizás como ejemplo de que hay verdades que cualquiera puede asumir desde posiciones antagónicas, “una chispa puede prenderle fuego a toda la pradera”. 




Godard aisla a sus personajes y elimina el ruido de fondo, siendo un relato del pasado contado en el presente, Forestier cuenta lo que vivió y las imágenes que recuerda, pero en esas imágenes es complicado añadir un sonido ambiente que apenas se recuerda o que se puede distorsionar, son ráfagas de momentos que van engarzándose con la cultura y la historia del arte, de hecho el objetivo a eliminar será un profesor de historia del arte (el estado contra la cultura), por ello Godard ha de hacer un repaso a un catálogo de nombres capitales para nuestro pasado común, de Aragon a Bernanos, de Gauguin a Van Gogh, de Cocteau a Modigliani, de Benjamín Constant a Mme. De Stael, de Paul Klee a Drieu de la Rochelle, de Bach a Mozart, de Beethoven a Haydn, de Renoir a Velázquez, porque, ¿los ojos de Anna Karina son gris Renoir o gris Velázquez?, ¿Por qué reprochármelo? En la vida corriente, las gentes me suelen citar lo que les gusta. Es por eso que yo muestro personas que hacen citas, sólo que yo me las arreglo para que lo que citen me guste también a mí. En las notas que hago para utilizar en un film no es raro encontrar, si me gusta, una frase de Dostoievsky. ¿Por qué impedírmelo? Si uno tiene deseos de decir una cosa, sólo queda una solución: decirla.”, la vida y el arte se intercambian y se mezclan en la obra de Godard, Karina se transforma en una mujer salida de un cuadro de Jean Giraudoux, con la boca de Leslie Caron y los ojos gris Velázquez, ¿alguien recibió alguna vez un piropo semejante antes de morir por culpa del amor?

(en cursiva extractos de una entrevista a Godard en Cahiers de Cinema 1963)



LE PETIT SOLDAT.1963. DURACIÓN: 88 min. Francia. DIRECTOR: Jean-Luc Godard . GUIÓN: Jean-Luc Godard (Novela: Lionel White) . MÚSICA: Maurice Leroux. FOTOGRAFÍA: Raoul Coutard (B&W). ELENCO: Michel Subor, Anna Karina, Henri-Jacques Huet, Paul Beauvais, Laszló Szábó. PRODUCTORA: Société Nouvelle de Cinématographie / Les Films Georges de Beauregard