lunes, 7 de agosto de 2017

ESQUECE MONELOS (Angeles Huerta, 2016)



ESQUECE MONELOS (Ángeles Huerta, 2016)


La ciudad como una memoria, su urbanismo y sus personas como un cerebro. El paso del tiempo provoca cambios, mutaciones, olvidos. Los coruñeses de hoy no recuerdan la ciudad de hace 100 años, los nacidos hace 20 desconocen la historia del río Monelos. En ocasiones el olvido es consciente, no conviene recordar que el desarrollismo de las ciudades se cobró víctimas, acabó con otras maneras de vida al tiempo que traía servicios que no existían; en otras el olvido es involuntario, las conexiones del pasado y del presente desaparecen y, salvo que se salga a su busca, es imposible encontrar pistas de lo que la ciudad fue. Algo parecido pasa en el cerebro humano, sus neuronas se deterioran con los años, dejan de regenerarse, las conexiones pierden calidad y se empiezan a producir vacíos, lagunas; el río de información se introduce en túneles sin salida de los que no vuelve a salir, lo más reciente es lo primero en perderse, pero abierta la puerta, poco a poco, todo lo nuestro se diluye en un mar inabarcable, transformándonos en el mismo cuerpo pero sin recuerdos, sin memoria, sin nada que olvidar porque ya nada se recuerda, como el Monelos que, oculto bajo la ciudad por decisión política, desemboca en el mar sin dejarse ver.



Huerta utiliza el documental como un ejercicio de vasos comunicantes entre los efectos de la enfermedad de Alzheimer en un ser muy cercano y los efectos de que la ciudad decidiera hacer invisible su río a finales de los 70 principios de los 80. La película se estructura así entre el retrato de una sociedad y sus integrantes y el desnudamiento personal que implica una enfermedad desde el punto de vista personal, a la que se une un accidente y una laguna también muy íntima. Ambas historias funcionan perfectamente utilizando la misma metáfora, la presencia-ausencia de ese río que los entrevistados aún recuerdan pero que apenas es visible en la ciudad, como ese cuerpo al que acompaña la directora por el puerto de la ciudad en los planos finales de la película, sigue siendo el mismo cuerpo que sus familiares conocen, pero no es la misma persona, como el río que subsiste no es el mismo río que fue. Historias de especulación, de derribo, de desplazamientos vecinales, de inundaciones, de erradicación de bolsas de marginalidad, van confluyendo armónicamente con un didáctico ejercicio sobre los efectos de una memoria borrada en quien lo padece y en su entorno. Quizás sean los testimonios de profesionales de la medicina, de la psiquiatría, del urbanismo, los que terminen resultando más islas inconexas que puntos de conexión entre las dos historias, pero esa aparente asepsia profesional queda rápidamente olvidada (la memoria también es selectiva) cuando la cámara se acerca a los que vivieron, y aún hoy, continúan haciéndolo alrededor del río, náufragos en un mundo que intentan mantener mientras la realidad les rodea, pastores en medio de la ciudad que conviven con la contaminación de una refinería o aislados en medio de ríos de asfalto construidos para acercar la modernidad donde se necesita tranquilidad, retratos, literales, que la cámara recoge como testimonios de lo que pronto va a desaparecer. Como las sogas utilizadas en la mar, la resistencia es la resultante de juntar muchos hilos de cáñamo, forzar y reforzar, como las conexiones neuronales, cuanto mayores sean éstas mayores serán nuestras habilidades, cuando alguna empieza a romperse, como la soga, la resistencia se debilita hasta desaparecer poco a poco.


Del origen al final, Huerta sigue con su cámara el actual transcurrir del río, pocos metros permanecen al descubierto, la mayor parte de ellos canalizados, sepultados por toneladas de hormigón, escondidos de la mirada y transformados en un canal de agua dulce que parece más una cloaca que un río tapado. Breves espacios donde el agua sale a la superficie y se conecta a la memoria como cuando un enfermo recobra la consciencia momentáneamente, sorprendiendo a quien le rodea con revelaciones que se creían perdidas para siempre, y, a continuación, volver al subsuelo, dejando en el exterior vestigios de lo que fue, calles con su nombre, puentes que no sirven para atravesar ningún caudal, vaguadas sin cauce, orillas sin corriente, mientras por debajo de nosotros hay un agua que sigue fluyendo con su curso alterado y modificado para terminar vertiendo su caudal a escondidas, en el puerto, circulando de manera paralela a las tuberías del oleoducto que desemboca en la refinería. Agua que el hombre termina tratando como materia fecal mientras no oculta, y se enorgullece de mostrar, el resultado del progreso en modo de depósitos, vapores que recalientan, tuberías que transportan líquidos y gases nada vitales.


5 capítulos en los que la directora, preámbulo y conclusión incluidos, sigue todos los tramos de ese río mientras desentraña su intimidad. El relato social se transforma también en una revelación de sus miedos, exponiendo sus necesidades personales de olvidar lo que no quiere recordar. El juego de la memoria se transforma en esa herramienta cinematográfica ya vista más veces de dudar sobre lo que se está haciendo, su utilidad, si no se estará haciendo de la película algo muy distinto de lo que se pergeñó inicialmente (entre las grandes obras recientes que han seguido esta estructura, “Como me da la gana II” del chileno Ignacio Agüero sería la obra magistral). Hay secretos que si no se cuentan dejan de formar parte de la historia, y como la propia directora reconoce mirando a cámara, desde su niñez y desde su presente, siempre ha sido muy mala para guardar secretos, esos secretos que refuerzan lazos invisibles de grupo, de familia, pero que, ocultos en la intimidad, pierden la oportunidad de salir, de crecer, de reivindicarse, de desvelar lo que no debió ser de la manera que se hizo, y mucho menos su ocultamiento para dar paso, como la imagen deja ver de manera reincidente pero nada descabellada, de un pequeño cauce de río urbano a las moles del centro comercial “español” por referencia. Por eso es tan importante recuperar la memoria, y el cine es esencial en esta necesidad, la memoria histórica que no tiene que limitarse a una historia de represión dictatorial y sanguinaria, la memoria histórica que está llena de otros crímenes no necesariamente delictivos, pero igualmente dolorosos para quien los sufrió. Así, confrontar el testimonio orgulloso y egocéntrico del que era alcalde en aquel momento (sus orígenes también se retratan de manera sutil en las imágenes) con las ancianas que recuerdan cuando lavaban en el río, o la familia gitana que fue expulsada de donde vivía, señalan esa frontera invisible entre la idea y las consecuencias, entre el progreso y los ciudadanos que lo sufren, entre la naturaleza no recuperada y el asfalto y hormigón que todo lo engulle, todo lo tapa, todo lo desconecta.

ESQUECE MONELOS (Olvida Monelos). 2016. España. Directora: Ángeles Huerta. Fotografía: Jaime Pérez. Producción: Marta Eiriz, Gaspar Broullón, Sepi Bazarra. Montaje: Sandra Sánchez. Música: Sergio Pena. Sonido: Manuel Maneiro. Producción: Danga Danga Audiovisuals. Productores asociados: Gaspar Broullón Pastoriza, Marta Eiriz Gallego, Sepi Bazarra. 76 minutos.