miércoles, 12 de julio de 2017

PORTO (Gabe Klinger, 2016)

PORTO (Gabe Klinger, 2016)

No ha de resultar casual que entre las obras precedentes del director exista un documental sobre la persona de Richard Linklater, y que las resonancias de la pareja Jake (Anton Yelchin) y Mati (Lucie Lucas) conduzcan al espectador al recuerdo del Jesse y Céline de la trilogía del director norteamericano, cuya supuesta modernidad, originalidad y trascendencia para el cine contemporáneo no termino de comprender, como no alcanzo a compartir esa especie de seguidismo iniciático que aplaude cada una de las películas de Linklater como si se tratara del descubrimiento del primer planeta habitado después de la tierra. Aupado a los altares por el uso (o abuso) del tiempo en la formación de sus películas (la trilogía de 20 años o el crecimiento de Boyhood, pero ¿qué hacemos con Antoine Doinel, dónde dejamos a Bill Douglas), las resonancias de “Porto” tiene que dirigirse por mandato inexplicable al referente moderno, pero en el sustrato no se encuentra sino el recuerdo de “Breve Encuentro” o “Love affair” y su remake “A affaire to remember”, donde el tiempo juega el papel decisivo en el enamoramiento repentino, y hasta irracional, entre dos desconocidos que, a partir de ese momento, jugarán a encontrarse en el recuerdo durante toda la vida sin poder desprenderse de ese peso insoportable para el alma, que termina pasando factura en el cuerpo.

Klinger despedaza el referente de Linklater partiendo de un inicio común, el encuentro casual, la mirada interesada, el deseo creciente, la timidez a vencer. El camino de una noche luminosa que ha de culminar en el único colofón imaginable y en la conclusión más racional del hoy si pero mañana no, las puertas se cierran para dar paso al peso de los días donde Linklater siempre deja puertas y ventanas abiertas y sentimientos muy explicados. Jake y Mati son pareja de una noche que va a reproducirse de manera infinita a lo largo de sus vidas en sus mentes. El eje melancólico sobre el que el director brasileño forma su relato nunca olvida el pasado desde el presente, aunque ese presente no podamos definir si es el recuerdo de una noche o el momento en que el relato está más avanzado y en las miradas perdidas de ambos resuenan los ecos de un «affaire» que, para cada integrante de la pareja ha podido significar una cosa muy diferente, o incluso recordarse de manera muy diferente. 3 puntos de vista y 3 formatos a lo largo de la película, lo que no significa que cada segmento (él, ella, los dos) cuente con uno específico, pues es posible que sea la mezcla de esos 8, 16 y 35 mm lo que haga aún más sugerente esta historia de atracción ocasional encaminada a la disolución inmediata. En el breve espacio de tiempo que Klinger necesita para contarnos lo que pasó y lo que sigue pasando a cada personaje, no llegaremos a saber si las imágenes en 8 mm son el recuerdo borroso, y que va perdiéndose como efecto del paso del tiempo, de los fogonazos de un idilio imaginado, o un guiño para que sepamos que estamos en el pasado, pues el rodaje de esa larga noche de sexo inagotable carece del grano e indefinición propio de una imagen de mayor calidad pese a que, se supone, esa batalla sexual también pertenece al mismo momento de esa misma noche en la que se utiliza una imagen de peor calidad.

Arropados por pequeños personajes secundarios que apenas inciden en la narración, sujetados a la melancolía propia de una ciudad tan propicia para ello como Oporto, lugar en el que la saudade interior de ambos protagonistas encuentra su apoyo en su condición de extranjeros en tierra, sino hostil, si un tanto inhóspita, que termina haciendo de la noche oporteña un personaje más que camina junto a ambos como dilatando el tiempo que se necesita para llegar donde se está deseando desde el primer momento de la cita, estirando ese inevitable encuentro carente de prejuicios, sometiendo a Jake a un previo esfuerzo físico como mozo de carga, precedente de lo que le espera el resto de la noche, una ciudad que aporta su relativa tranquilidad y ausencia de tráfico al aumento de complicidad en las miradas de la joven pareja que se desnuda con los ojos e imagina el roce de las yemas de los dedos sobre el cuerpo del otro. Como un sueño, al despertar, es posible no recordar nada, recordar parte o sentir la punzada interna de una ausencia que, durante unas horas, parecía que nunca iba a desaparecer, si el sueño de la razón produce monstruos el de la sinrazón provoca insatisfacción. El sueño de Jake se desinfla con el alfiler de la realidad, el de Mati con la evidencia materialista de que la relación estable que mantiene con su mentor le otorga mayor seguridad que una montaña rusa de sensaciones, y pérdidas, al lado de un desconocido con el que sólo le une el insondable mundo de las hormonas a pleno rendimiento. 

El futuro de ambos, que no dejaría de ser el presente de la película, nos mostrará las consecuencias inevitables del tiempo sobre el recuerdo, de los efectos de la derrota en la inexplicable imposibilidad de alcanzar el perfecto estado de conjunción con otra persona más imaginada que real. Tiempo que todo lo desgasta, menos el recuerdo que consume, tanto como para que el personaje de Jake termine pareciendo un esqueleto del que sobresalen enfebrecidos dos ojos que ya no saben ni mirar ni ver, porque lo único que se quiere mirar para mantener vivo es el recuerdo de una única noche que marca para siempre el resto de dos vidas, una dispuesta a darlo todo y otra dispuesta a no abandonar nada aunque sea insatisfactorio, creando ese estado de permanente refugio interior que rodeará a ambos personajes en lo sucesivo. La película gana, en definitiva, no en lo que cuenta, un encuentro sexual entre dos jóvenes cuyo futuro no tiene reservado para ellos ningún tipo de reencuentro ni acomodo conjunto, sino en la forma y el romántico planteamiento sin estridencias ni melifluas composiciones de luz y sonido o miradas amarteladas, la película de Klinger se agarra a la vida, al encuentro fortuito, al deseo de vivir el momento incluso por quien mantiene una relación estable. Por poner un pero, y no es pequeño, pero totalmente subjetivo, no me gusta que al personaje femenino se le identifique con la locura, sea ésta la que sea, parecería querer decir que sólo desequilibrada la mujer que interpreta de manera muy magnética Lucie Lucas podría comportarse como lo hace esa noche. ¿Por qué no abandonar a la mujer a la misma pulsión volitiva y consciente del personaje masculino? ¿Por qué arrojar esa sombra de duda sobre su comportamiento? Obviamente ésa sería mi película, pero me hubiera parecido más sugerente el comportamiento de ambos en medio de esa noche portuguesa donde apenas oímos hablar portugués en ningún momento si hombre y mujer estuvieran respondiendo al mismo estímulo sin condicionantes de ningún tipo.


PORTO. Portugal-Francia-Estados Unidos. 2016. DIRECCIÓN: Gabe Klinger. INTÉRPRETES: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Calatré. GUIONISTAS: Larry Gross, Gabe Klinger. FOTOGRAFÍA: Wyatt Garfield. MÚSICA: Emahoy Tsegué, Maryam Guèbrou. PRODUCTORES EJECUTIVOS: Jim Jarmusch, Stephen T. Skoly. PRODUCTORES: Gabe Klinger, Rodrigo Areias. PRODUCCIÓN: Bando à Parte, Gladys Glover, Double Play Films, Salem Street Entertainment. DURACIÓN: 76 minutos.