domingo, 16 de julio de 2017

MALGRÉ LA NUIT (Philippe Grandrieux, 2016)

MALGRÉ LA NUIT (Philippe Grandrieux, 2016)

Etérea, nocturna, oscura, extrema, mística, abyecta, sensorial, sensual, ultraviolenta, corporal, fantasmal, evocadora, materialista, ascética, exagerada, fría, distante, inexplicable. Y más adjetivos podrían ponerse a la última película del director francés, un absoluto desconocido para las pantallas comerciales españolas y no muy fácil de encontrar en los mercados de formatos domésticos. Un paseo autodestructivo por el amor y la muerte donde casi nada es explicado ni explícito, donde la asfixia y claustrofobia no sólo la proporciona este sentimiento nihilista de todos sus protagonistas, sino que la cámara incide de manera notable en la ausencia de oxígeno maximizando el enfoque sobre los rostros de los actores y sus cuerpos que, como piezas ensamblables, vemos troceados sin apenas resquicio para el espacio vacío, que, mayoritariamente, aparece oscurecido o en profunda tiniebla, como la mente autodestructiva de varios de sus personajes, sino de todos. Grandrieux afronta una singladura en la que asume que muchos de los que le acompañen al inicio de la proyección irán desertando ante el relato circular y aparentemente absurdo, otros permanecerán inquietos por tratar de obtener alguna respuesta a las imágenes que bombardean sus sentidos, unos cuantos optaremos por dejarse mecer por la textura de ultramundo de unas imágenes que van acercando a los personajes a una sima de dolor y muerte propiciada por el deseo, y algunos, no lo dudo, se sentirán atraídos por una belleza conjunta que, sin alcanzar a compartir, comprendo. 

Escondidos, reducidos a sombras que no se atreven a aventurarse a plena luz del día, cómodos en la dificultad que la oscuridad proporciona para definir contornos y recordar fisonomías, los personajes de «Malgré la nuit» deambulan entre la preparación de una venganza absoluta ante la pérdida, o la renuncia a seguir viviendo como consecuencia de una pérdida del pasado. Lenz regresa a Paris buscando a una antigua amante, Madeleine; en su busca, Lena se enamora de él, a costa de los sentimientos de Louis, quien obedece a Lena pese a la humillación, esperando su momento. Louis y Lenz se conocen y la búsqueda de éste sirve de fácil anzuelo para poder ir preparando la definitiva venganza de Lena cuando Lenz prefiere la compañía de Heléne a la suya sin abandonar la búsqueda de Madeleine. Al mismo tiempo Heléne convive con un hombre mucho mayor que ella, Paul, a quien abandona sumida en la debacle autodestructiva que le facilita prostituirse para rodar películas ultraviolentas pornográficas en las que, alguna de las actrices, consiente su muerte para satisfacción de pervertidos sexuales y para que el negocio que regenta el padre de Lena, genere dinero y poder. Esta amalgama de sentimientos y deseos insatisfechos es rodado por Grandrieux sin necesidad de explicarnos un hilo argumental que explique, o justifique, los actos de los personajes, ni sabremos si lo que vemos responde a un relato cronológico o a saltos temporales inexplicables. La búsqueda de Madeleine puede concluir tan abruptamente como termina una snuff movie o enlazar esa búsqueda con el recuerdo omnipresente de Lenz con su madre, a quien termina identificándose el recuerdo de Madeleine.


Las oscuridades que rodean a los personajes son reflejo de su propio interior nada trasparente, su necesidad de sexo compartido no impide la cercanía de la pulsión de un deseo mortal a cada paso que se avanza, ir descubriendo el destino de Madeleine, de Heléne, de Lenz, es ir avanzando hacia las profundidades de una sima donde no hay más luz que la potente bombilla que ilumina el flash de una cámara que hace brillar los cuerpos pero mantiene en penumbra todo lo que les rodea, impidiéndoles la huida por resultar imposible ver más allá de los propios ojos. Esa aparente circularidad no es plana, sino que a cada paso por el punto de partida, inapreciablemente, nos hemos hundido un poco más en un camino de destrucción y agonía. No hay huida posible en un mundo donde el mal se encuentra en el propio interior, una huida que, al vislumbrarse, será fugaz y pasajera porque como dice Heléne (excepcional Ariane Labed), «la vida me deslumbra». Como animales nocturnos, la luz les aniquila y les enfrenta a su desnudez, física y mental, más absoluta, eróticos cuando están vestidos, su desnudez mortecina les acerca más al momento definitivo del fín que al del placer. La luz pasa a comportarse como un personaje más en este abigarrado conjunto que apela a la sensación más que al conocimiento. Si se es capaz de dejarse llevar por sus imágenes el disfrute puede compensar la árida experiencia, imágenes en ocasiones sobreexpuestas de luminosidad, en otras desenfocadas, como esa mirada de quien observa desde demasidado cerca un cuerpo o un objeto; en otras superpuestas, mezclando a varias actrices o varias imágenes de actrices diferentes hasta llegar al juego de cristales en el que Lena y su padre diseñan y consienten, recípocamente, dentro de esa relación de apariencia incestuosa en la que también se evoca la imagen de una madre ausente, la conclusión de un acto de venganza y de violencia para saldar la cuenta de quien no quiere compartir.


Cuanto mayor sea la luz mayor será el peligro, el deslumbramiento es la negación de la voluntad. Si Bonello se ha propuesto con «Nocturama» retratar ese nihilismo suicida de la generación francesa que aún permanece en la veintena, Grandrieux circunscribe su retrato generacional a los que han superado esa barrera de la juventud y se adentran en la madurez sin ningún asidero, ni emocional, ni material, ni sentimental. La vida como un vacío absoluto en el que sólo el instinto de supervivencia consigue estimularte en un momento concreto, aunque el deslumbramiento subsiguiente va a seguir hiriendo de manera profunda a cuerpos que hace tiempo dejaron de ser sostenidos por la mente. El sexo y las drogas son maneras convincentes de soportar el peso, y el paso, del tiempo y las onerosas consecuencias de las pérdidas, pero el sexo y las drogas de «Malgré la nuit» terminan por acercarnos a la dominación, al dolor y la asfixia física, alejados de todo placer personal y simplemente consentidos para el placer ajeno, eliminada toda voluntad de resistencia. Para estos personajes el sueño puede provocar un orgasmo pero el despertar lo tornará en una pesadilla al comprobar qué lo ha provocado; enfermedades del espíritu difíciles de combatir en ambientes de alienación completa, Grandrieux ofrece una obra complicada y nada complaciente en la que la aceptación del espectador dependerá de nuestra capacidad para contemplar imágenes y dejarnos llevar por las sensaciones que nos provocan, no por las palabras expresadas o una historia explícita.



MALGRÉ LA NUIT. Francia. 2016. Dirección: Philippe Grandrieux. Guión: Philippe Grandrieux, Bertrand Schefer, Rebecca Zlotowski, John Henry Butterworth. Intérpretes: Kristian Marr, Ariane Labed, Roxane Mesquida, Paul Hamy, Johan Leysen.Duración: 150 min.

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