sábado, 29 de julio de 2017

KAILI BLUES (Gan Bi, 2015)

KAILI BLUES (Lu bian ye can, Bi Gan, 2015)

"Dime Subhuti, ¿ha logrado el Tathagata la Iluminación Perfecta que Trasciende las Comparaciones? De ser así, ¿hay algo sobre ella que el Tathagata pueda enseñar?.
Subhuti respondió, "Tal como entiendo la enseñanza, a Iluminación Perfecta que Trasciende las Comparaciones no puede ser alcanzada ni atrapada, como tampoco puede ser enseñada. ¿Por qué? Porque el Tathagata ha dicho que la Verdad no es una cosa que pueda ser diferenciada o contenida, y por lo tanto, la Verdad no puede ser atrapada ni expresada. La Verdad ni es ni no es.» Sutra del Diamante. 
La película casi empieza con el recitado de una parte de esta sutra budista, no es inocente la mención, las imágenes que vamos a contemplar pueden sumirnos en un estado hipnótico que nos haga abstraer de tal forma que nuestros ojos quedarán inmóviles ante el despliegue narrativo y visual de «Kaili Blues». La religión forma parte de nuestra cultura aún a pesar nuestro, de la nuestra y de tantas otras como existen en el mundo, la China contemporánea arrastra siglos consigo que tienen que permanecer expectantes para manifestarse en cualquier ocasión, aquí lo vamos a disfrutar.


¿Puede concentrarse en imágenes el paso del Tiempo en la vida de una persona? Un niño pinta relojes en una pared mientras su padre deja circular el rumor de que lo va a vender; en un consultorio dos médicos charlan sobre enfermedades mientras la cámara rueda un plano circular que nos acerca al movimiento de las agujas, poco después un hombre al que ese padre entrega el niño, regala a éste un reloj de verdad, dos hermanos tienen que ser separados en un billar y tras otro movimiento de cámara nos encontramos con dos de los personajes en otro lugar con otros billares (¡qué transiciones en el relato!). El tiempo, el tiempo, ¿dónde queda el tiempo de Chen, expresidiario, poeta, médico, para contarnos su historia?, ¿cómo enfrentar las etapas de un hombre en su vida sin caer en una narración discursiva y explicativa, dejando que las imágenes fluyan y hablen por si mismas formando un rompecabezas que va juntando las piezas por si mismas sin más apoyo que lo que el desarrollo del guión nos va proporcionando? Esto es lo que consigue Bi Gan en su primera película a fuerza de ingenio y una seguridad aplastante, una confianza plena a la hora de demostrar cómo el cine permite engrandecer sus aportaciones desde la honestidad de lo simple mezclado con el riesgo formal.


La película se ofrece al espectador sin asidero alguno, médicos, enfermos, recuerdos, sueños con un viejo amante del que no se ha vuelto a saber, ceremonias, fiestas, infancia, juventud, pasado, presente, futuro. Todo al tiempo puede parecer un despropósito, todo al mismo tiempo sabiendo lo que se puede contar en cada momento, y cómo contarlo, puede acercarnos a una de las propuestas cinéfilas más apabullantes de los últimos dos años. Ahora hay que preguntarse, ¿cómo la gestión cultural de un país es incapaz de ofrecer este producto a sus ciudadanos?. Porque pasado el tiempo desde que la película empezó a circular por el circuito alternativo (qué suerte la de quienes hayan podido disfrutar de ella en pantalla grande en España, Las Palmas, San Sebastián, por ejemplo) ya no queda mucho margen de maniobra para soñar con su estreno, y sin embargo hay que seguir deseando éste y otros muchos , del mismo modo que Chen sueña estar viviendo su propia vida mientras viaja en un tren cuya sombra se proyecta sobre una pared como si el tren circulara realmente y no fuera una proyección sobre el muro de un túnel, ¿o será un tren real que se cruza con otro tren imaginario?.

¿Cuántas acciones se pueden llegar a desarrollar simultáneamente en «Kaili Blues» sin que se tenga sensación de pérdida de control? Hay varias historias de pérdida, Chen acarrea unas cuantas, la de su madre, la de su esposa, la de su libertad, la de su salud, la de su sobrino, la de su hermano, la de un padre ausente. Y de cada una de ellas pueden ir surgiendo ramificaciones, unas asumibles, otras que acercan el relato a una especie de surrealismo, o de realismo mágico y sobrenatural que emparenta a Bi Gan con el cine de Wheerashetakul y de Tsai Ming Liang, donde el budismo osmotiza las historias dotándolas de misticismo en medio de un, nada oculto, ambiente de tensión familiar en un mundo de violencia subyacente (los tatuajes cuentan más de sus personajes que las palabras). Pero ese punto onírico, surreal, espiritual del relato, no oculta una realidad lacerante de la nueva China que acerca a Bi a los directores de la llamada 6ª generación, a Wang Bing y a Jia Zhang ke (inevitable recordar «Naturaleza muerta» como referente más cercano al espectador), porque en el recorrido desde Kaili hasta Dang Mai el director no oculta la realidad social de su país, enmascarándola con la excusa de una búsqueda cuya componente familiar justifica el viaje, pero en el que la desigualdad, las condiciones de extrema necesidad en medio de la nada, la violencia larvada o expresa, la industrialización destructora (Benemoth en el recuerdo), el desarrollismo constructivo sin freno, provocan el contraste entre la China que se vende al exterior y la China del interior, la alejada de la costa y que permanece anclada en la miseria de la agricultura y los efectos perversos de la devastación de la naturaleza.

Para conseguir su propósito, Chen, con el doble objetivo de encontrar a su sobrino y al hijo del antiguo amante de su anciana compañera de trabajo, se sumerge en un  mundo de niebla del que surge el pequeño pueblo dividido por un río que vamos a atravesar en varias ocasiones siguiendo a una cámara que rueda sin cortar y sin montaje alguno, si la película ya nos había alcanzado y sujetado inmóviles al asiento, llega el momento máximo de virtuosismo. 41 minutos de plano secuencia que nacen de una especie de gasolinera de carretera a la que llega Chen; siguiendo su viaje en camioneta, motocicleta y a pie, una cámara que no rompe el plano en ningún momento vamos siguiendo a diferentes personajes en las calles de Zhenyan. Una cámara que se mueve en moto como el protagonista y que desciende vertiginosamente por una calle para volver a cruzarse y encontrarse con la que lleva a Chen. De repente, sin darnos cuenta, el cerebro interpreta la realidad de encontrarnos sumergidos en un plano secuencia inacabable, hermoso, admirable, donde se van desgranando las enormes interrogantes surgidas en la presentación mediante conversaciones fragmentarias de Chen con una peluquera, o con la costurera Yang Yang, donde el tiempo empieza a correr de manera anárquica, hacia detrás, hacia delante, «nunca regresaré de Kaili salvo que el tiempo vaya hacia atrás», y el tiempo retrocede porque Chen sueña y cuenta su pasado, el que le hizo conocer a su esposa y el que provocó su pérdida por pedir un préstamo para salvarla. Cuando Chen conoce el nombre del motorista que le trasporta por las calles y carreteras de la región éste se llama Wei Wei, igual que el sobrino al que busca, la vida de Chen es como un sueño del que cuesta despertar porque la verdad ni es ni no es, como si se hubiera transportado mentalmente a un Sangri-la personal mientras su cuerpo continúa con el viaje físico que le acerca a su pasado.

Idas y venidas para terminar desvelando cómo la amenaza era menor que la imaginada, es el juego de lo imaginado y lo real, de la verdad y la no verdad, dónde concluye una y dónde comienza el siguiente reto es el propósito de Bi para acercarnos a personajes totalmente anclados a un pasado doloroso y que ha bloqueado su futuro. El tiempo de la narración se estira, se dobla, es un tiempo líquido que no se puede controlar porque obedece al mundo del sueño libre, al momento en que la mente se libera y deja correr toda una catarata de frustraciones, líquido como el agua que transporta unas zapatillas o a una joven, como el agua que nos lava o que llena de barro el camino a recorrer. La vida es un trayecto con principio y fin donde nada circula en línea recta, nada es para siempre ni nada termina definitivamente, salvo con la muerte, y hasta esto es puesto en duda por la narración de Bi, en el camino a recorrer pueden surgir muchas bifurcaciones, al tomarlas podemos volver hacia atrás, eliminar obstáculos, reencontrar lo que se creía perdido, descubrir lo que el pasado nos ocultó, hay incluso muchos momentos de oscuridad, túneles personales a los que sigue el espacio abierto y, nuevamente, la caída en la profundidad de la ausencia de luz. En ese camino, Chen se apoya en sus poemas para ir despojándose de los sentimientos de su pasado y compartirlos con nosotros. El cine vuelve a dar muestras de su belleza con una película como ésta. Sensorial e hipnótica como pocas.



KAILI BLUES (Lu bian ye can). China. 2015. Dirección: Gan Bi. Guion: Gan Bi. Producción: Heaven Pictures (Beijing) The Movies Co. Fotografía: Wang Tianxing. Música: Lim Giong. Reparto: Chen Yongzhong, Guo Yue, Liu Linyan, Luo Feiyang, Xie Lixun, Yang Zhuohua, Yu Shixue, Zhao Daqing. 110 minutos.