lunes, 10 de julio de 2017

AUSTERLITZ (Sergei Loznitsa, 2016)

AUSTERLITZ (Sergei Loznitsa, 2016)

Entre 30-35 € cuesta un tour que, desde Cracovia, con guía en el idioma seleccionado, y durante unas seis horas, traslada al rebaño de turistas desde la ciudad a los campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau. Loznitsa se propone, con una perversión calculada, desnudar al turista del holocausto en sus rutinas viajeras, para transformarle en un ser repulsivo en el lugar más representativo para la cultura europea de la negación del ser humano. No es lo mismo estar en un lugar cargado de historia sin tener noticia o conocimiento cierto de lo sucedido a encontrarse en un lugar buscado de propósito por su pasado genocida para deambular por él sin ápice alguno de afectación, de solidaridad, de sentimiento de culpa compartida. Apenas ni un gesto abrumado, ni una lágrima, nin una señal de honra a los desaparecidos, ni un signo de agotamiento mental o psíquico acompaña el deambular de hordas de turistas que comen, beben, ríen, bromean, juegan, chillan o se fotografían en obscenas composiciones inhumanas en medio del lugar del terror absoluto de la Europa contemporánea.

No es Loznitsa un director que me haya convencido con sus dos últimos, y encumbrados, documentales, «Maidan» reseña de Maidan y «The event», un cine que considero propagandístico y manipulador al servicio de una idea. Esto por si solo no sería negativo cuando el propósito no se esconde, pero el documentalista no debe, o así lo pienso, ofrecer una imagen distorsionada, parcial o dirigida, de lo que interesa que se vea, ocultando el resto. Loznitsa es muy libre de reivindicar libertades y nacionalismos frente a la Madre Rusia, atacar al régimen sátrapa de los dirigentes ucranios, pero no debería hurtar al espectador las sombras de su propio bando como ha hecho en sus precedentes obras, si bien en «The event» ese propósito puede quedar más que diluido con el reflejo evidente de un nacionalismo ultraconservador y de inspiración religiosa en oposición al sistema político nada envidiable de Rusia. Sus documentales más recientes chocaban frontalmente con el naturalismo y objetividad de la imagen de sus primeros trabajos en la extinta URSS y en la balbuciente nueva Rusia, «Fábrica», «Paisaje», «Retrato», «Asentamiento», «Apeadero», contenían mucha más verdad y convicción que sus obras manifiestamente más combativas y políticas, curiosamente las, también, más reconocidas, «Austerlitz» retoma esa senda más alejada en el tiempo, y sin cortes manipuladores se atreve a reflejar la maldad actual en el marco de la maldad imborrable, todo ello sin necesidad de mostrarnos expresamente los horrores del campo, sin montaje paralelo, una cámara inmóvil y planos sucesivos en distintos lugares consiguen el resultado.


«Austerlitz», libremente inspirada en la obra narrativa de W.G. Sebald, se plantea como una sucesión de planos fijos que esperan, pacientemente, la entrada y salida, del plano de los visitantes de un día cualquiera en las instalaciones subsistentes de lo que fue la mayor máquina asesina ideada por los nazis tras la conferencia de Wansee. Un campo de exterminio del que se dice que superó el millón de víctimas en jornadas inacabables de muerte e intento de desaparición de las pruebas. Aquella «image manquante» que daba título a la película de Rithy Panh como reflejo de la falta del documento gráfico de otro genocidio, no pudo ser evitada por los nazis en su descomposición fulgurante caído el frente del Este en la segunda guerra mundial. Esa imagen que para Godard significa el fin del cine, el reconocimiento del absoluto fracaso del cineasta imposibilitado de recrear ese horror por su carácter absoluto, el pecado del artista que no fue capaz de «estar ahí», tampoco interesa a Loznitsa. En esa sucesión de planos el director puede colocar la cámara en lugares absolutamente inocuos, o en lugares plenamente conscientes de su significado, pero es lo que no se nos muestra lo que entra directamente en la mente del espectador; quien rellena los vacíos rememorando aquello que cree que ha visto o que ha leído, sustituyendo al turista por el verdadero ser sufriente ausente, pero cuyo espíritu se mantiene vagando por el campo. El paralelismo entre el sufrimiento del turista por el calor o el cansancio, con el sufrimiento de la víctima que sentimos en nuestro interior, termina resultándonos obsceno e imposible de explicar, la memoria del lugar termina convirtiéndose en losa de dolor y en reflejo de la absoluta imbecilidad presente.

¿Qué busca, qué espera ver, qué pensamiento obtiene el turista de su experiencia? Las imágenes de Loznitsa nos dejan en muy mal lugar, el cinismo, la amoralidad, la ignorancia, lleva a personas a simular estar colgadas de postes de castigo o de ejecución, a repetir una tras otra la toma a la entrada del campo bajo la reja donde se lee el lema «arbeit match frei» hasta quedar «guapos», a retratarse delante de un horno crematorio o de una mesa de autopsias, a fotografíar al cineasta que les estña filmando, muy pocos giran la cara o huyen del plano rápidamente, los 15 minutos de gloria de McLuhan pueden estar en nuestra obscena exhibición. Las explicaciones de los guías resultan accesorias, innecesarias, meros adornos para no ver lo que se tiene delante, se peregrina por el campo como quien asiste a un parque temático o se sumerge en un museo viendo cuadros, vestimentas inadecuadas e irrespetuosas con el lugar que se visita, logotipos que entran en contradicción dolorosa con el lugar del crimen y que se exhiben sin pudor y, seguramente, sin conciencia alguna. El horror queda fuera de campo, el horror de hace 70 años se siente porque nuestro cerebro está capacitado para imaginarlo , pero hay otro horror que la cámara de Loznitsa capta como sólo un ojo privilegiado es capaz de afrontar, es el horror de la ignorancia, de la mala educación y del absoluto desprecio por el lugar que se visita, la absoluta falta de empatía que se muestra por el espacio que se recorre y sus víctimas, debería hacer reflexionar sobre la necesidad de mantener libremente accesibles este tipo de lugares cuando las imágenes nos enseñan que solamente son visitados como un coleccionista que hace una nueva muesca. La película consigue ese doble propósito, mostrarnos lo que hoy es el turismo, y lo que es capaz de hacer, en un lugar significativamente llamado a ser respetado, honrado y sentido, y mostrarnos lo que fue el espacio de uno de los mayores fracasos de la historia de la humanidad.


AUSTERLITZ. Alemania. 2016.Formato: Digital. Duración: 94 min. BN. Director: Sergei Loznitsa. Productora: Imperativ Film. Producción: Sergei Loznitsa. Fotografía: Sergei Loznitsa, Jesse Mazuch. Montaje: Danielus Kokanauskis. Sonido: Vladimir Golovnitski