miércoles, 21 de junio de 2017

RAPA DAS BESTAS (Jaione Camborda, 2017)

RAPA DAS BESTAS (JAIONE CAMBORDA COLL, 2017)

Un caballo, dos caballos, un grupo de caballos, y las bestias al fondo del valle, porque el corto documental y sensorial de Jaoine Camborda, premiado en la reciente edición de Filmadrid, habla de tradición, de una representación atávica de ritos de transición a la madurez y reivindicación de las masculinidad a base de la fuerza física y saberse más inteligente que el animal al que te enfrentas, pero desde luego, la imagen con primerísimos planos de hombres y caballos sólo sirve para reafirmar quienes son más bestias que los otros. Camborda ha de saber cuando rueda de esta forma, en un blanco y negro difuso, como de viejo documento encontrado en un arcón que guardaba el abuelo en su desván, una imagen avejentada para decirnos que esto de hoy es lo mismo de hace 100 años, que el retrato de los paisanos que se enfrentan de esta manera a los caballos salvajes va a proporcionar una imagen exenta de romanticismo y más cercana al maltrato que lo que la bien pensante doctrina oficial manda pregonar de toda esta suerte de representaciones institucionalizadas, protegidas y fomentadas por los poderes bajo la falsa propaganda de que representan las esencias de una comarca o de una comunidad y da identidad propia y única a sus habitantes.
Unos ojos que se salen de las órbitas en medio de la manada, encerrada en un corral al que son dirigidos desde el monte, potros que corren sin saber muy bien por qué, intentando no separarse de la madre, relinchos y piafares que buscan huir más que cocear y morder a los agresores, porque de agresión se trata. Tres hombres, o cuatro, sobre cada caballo, una lucha para demostrar no se sabe qué esencias de virilidad y terminar con la derrota extenuada del caballo que, sumiso, tiene que consentir, agotadas todas sus fuerzas, ser marcado y su cola cortada como trofeo de una tribu india que coleccione cabelleras. No sólo adultos se lanzan a ese corral, sin negar la cuota de riesgo a ser fatalmente golpeado, sino que la inconsciencia animal del ser humano se refleja en la insistencia adulta de hacer partícipe del espectáculo a los niños; dos niñas en volandas sobre los brazos de su padre en medio de la manada para que respiren el olor del miedo, más asustadas, o tanto, que los animales, o el niño sujeto por el biceps por un padre que lo arrastra hacia el medio del grupo buscando un pequeño potro con el que iniciarse en su hombría.
La rapa concluye en fiesta, pero antes el espectáculo resulta poco edificante, de tan cercana, la cámara se vuelve física y se animaliza, tanto es hombre como caballo, y la cineasta consigue objetivos identificables que cada uno interpreta según su forma de pensar. Ante las imágenes no cabe objetividad posible, se ve lo que se ve y se identifica con lo peor de nuestra naturaleza racional hacia el animal irracional que, concluída la jornada, vuelve a ser liberado y se dirige, confuso, hacia esa libertad vigilada que año tras año obliga a rendir cuentas ante un tribunal nada imparcial y que espera tijera en mano. Entre tanto la exaltación violenta de una fuerza que iguala a las bestias de dos y de cuatro patas se perpetúa en la región, entre el animal asustado y el animal que se cree que domina por ser más bruto que el otro siempre me quedaré con el más débil, y mucho más tras ver las excepcionales imágenes rodadas por Camborda.

TRAILER