jueves, 22 de junio de 2017

POWIDOKI (Los últimos años del artista:Afterimage, Andrzej Wajda, 2016)



 

POWIDOKI (Los últimos años del artista: Afterimage, Andrzej Wajda, 2016)

Personas tullidas en lo físico cuya fortaleza moral e intelectual se mantiene incólume hasta que, esa pierna y ese brazo que no se tienen, parecen querer decirnos que va a llegar un momento en que perderemos el apoyo aunque queramos mantenernos firmes en una idea. Wladyslaw Strzeminski aparece en la película como un ser libre y sin ataduras dejándose caer rodando por una pendiente para encontrarse al final del camino con una alumna que pregunta por él pero ha llegado tarde a una clase de pintura en pleno campo. Estamos en la Polonia de 1948, la admiración con la que el grupo de estudiantes sigue al maestro como una especie de discípulos religiosos impedidos de criticar nada de lo que ven, absortos en la contemplación del maestro, y dispuestos a servir sin recibir nada a cambio, contrasta con el espacio miserable en el que el pintor desarrolla su vida diaria. Esa caída pendiente abajo, voluntaria porque responde a un acto expreso del artista, anticipa lo que vamos a ver posteriormente hasta su muerte en 1952. La caída libre del pintor comienza en la primera escena, como un juego inocente, pero va a continuar in crescendo y dolorosamente al no plegarse a los dictados estéticos de la dictadura prosoviética. Coetáneo y compañero de Malevitch, Chagall, Kandinsky, su opción estética chocaba de manera frontal con el arte oficial del régimen. No plegarse al poder absoluto y arbitrario de quien nada tiene que temer de sus decisiones caprichosas, produce consecuencias extremas, como las que termina sufriendo  Strzeminski en forma de muerte civil como antesala de la muerte física.




Wajda no era sospechoso de afinidades prosoviéticas, tampoco es de extrañar que quien sufre una dictadura, del tipo que sea, reaccione en contra de la misma. Polonia es un país que ha sufrido demasiado en su historia encajonado entre dos potencias expansionistas por naturaleza, tanto económica como militarmente. Su último cine ha estado marcado más por una revisión del pasado, que siempre ha sido algo constante en su filmografía, que por analizar el presente de un país que, partiendo de una dictadura comunista y aliviado con la llegada de la revolución de “Solidaridad”, ha ido cayendo en una deriva cercana al filofascismo en muchas de sus políticas sociales, culturales y migratorias, pero que no han parecido afectar lo suficiente al director polaco como para inquietarse por el presente más inmediato de su país y reflejarlo en su obra. Su cine, formalista en el concepto clásico de mostrar las imágenes, ha ido muy unido a la historia de Polonia, si en sus inicios mostró interés evidente al tema de la ocupación nazi para ir olvidando un pasado tan devastador para cualquier país, acercándose a otras ocupaciones más tangibles sin necesidad de ejércitos desfilantes por las calles, haciéndolo sin olvidar el pasado bélico y violento del país pero acercando más su mirada a la negativa influencia soviética y sus consecuencias, sus últimas obras han ido acercándose a una mitificación más o menos comprensible del sindicato Solidaridad, su líder y su importancia en el cambio del país sin, a mi parecer, atreverse a continuar el análisis para confirmar, quizás, que ese júbilo inicial respondía más a un deseo que a una realidad perdurable.



Wajda podía haber optado por muchos puntos de vista para realizar su última película con 90 años de edad, podía haber hecho un relato acerca de la creación y el poder de la imagen, el inicio de su movimiento “unista” y su desarrollo, su influencia y las redes lanzadas a otros artistas polacos de esos años 20 y 30 previos a la guerra, podía haber intentado mostrarnos las sensaciones del autor ante la barbarie del holocausto, su vida durante la guerra, explicarnos las causas de la pérdida de sus miembros, ofrecernos su relación personal con su esposa Katarzyna Kobro, otra artista fundamental en la historia del arte polaco del siglo XX, o las razones de ese distanciamiento o aparente indiferencia hacia su hija, que aparece ocasionalmente como motor de “Powidoki” en algunas de sus escenas. Pero Wajda opta por acotar el relato a los últimos cuatro años de vida del artista, no sabemos si fueron los peores, pero desde luego no los mejores. Quizás para el espectador polaco esas lagunas de la historia no sean necesarias para comprender perfectamente la historia paralela del pintor por conocerlas previamente, para nosotros no resultan indispensables tampoco, porque no son necesarias para interpretar lo que Wajda cuenta, aunque su relato queda fragmentado y demasiado estancado en un compartimento del que el interés no muestra interés en salir.



Wajda quiere, y consigue, mostrar cómo un ser creativo, válido, revolucionario y útil para su disciplina, puede ser aniquilado, olvidado, borrado del sistema y pasar a ser un desconocido oficial. Si no se une a la línea marcada por la nomenclatura no es que vaya a perder el trabajo y a sus alumnos, es que, poco a poco van a conseguir que no pueda ni pintar cuadros porque no le venderán ni pintura, no va a poder comprar comida porque no tendrá los vales que sólo tienen los que pueden trabajar. No te destruyo directamente pero te agoto y provoco que te consumas rápidamente, porque en definitiva el recorrido de la película se traslada al lento proceso agónico de una persona que, por no poder, hasta se le van a eliminar las posibilidades de seguir creando. Esa estancia mitad dormitorio, mitad “atelier”, desde la que observará los desfiles propagandísticos en la ciudad de Lodz, donde recibirá a las últimas personas dispuestas a ayudarle, donde su orgullo herido rechazará cualquier amor bienintencionado procedente de sus alumnas, se convierte en un espacio último de intimidad y refugio cercano a una madriguera en la que el artista va sintiendo el acorralamiento y recibiendo, una tras otra, las noticias de una persecución oficial sin condena. Quizás resulte poco creíble que en el Lodz de 1948 no apreciemos ni una sola evidencia de una guerra que destrozó la ciudad y albergó uno de esos ghettos exterminadores de los nazis, quizás eso no era importante para Wajda tras centrar su objetivo cinematográfico en un solo hecho y sus consecuencias. Puede que me hubiera gustado saber más del personaje, o relacionarle más con la realidad social del país en que vivía en vez de transformarse en protagonista absoluto de una lucha perdida de antemano contra la dictadura comunista. Puestos a comparar artistas, me parece mucho más complejo y áspero el retrato que Matuszynski hace del pintor Beksinski en “The last family- Ostatnia rodzina” reseña también de 2016, que este testamento brindado por Wajda para poner punto y final a su carrera como cineasta que, con todo merecimiento, continuará apareciendo en la historia de este arte.

 

Título: Los últimos años del artista: Afterimage. Título original: Powidoki. Dirección: Andrzej Wajda. Polonia. 2016. Reparto: Boguslaw Linda, Aleksandra Justa, Krzysztof Pieczynski. Distribuidora: Sherlock Films. Productora: Telewizja Polska (TVP), Akson Studio, National Audiovisual Institute. Director de fotografía: Pawel Edelman. Diseño de vestuario: Katarzyna Lewinska. Guión: Andrzej Mularczyk. Música: Andrej Pafuknik. Producción: Michal Kwiecinski. Duración: 98.