miércoles, 7 de junio de 2017

O CINEMA, MANOEL DE OLIVEIRA E EU (Joao Botelho, 2016)



O CINEMA, MANOEL DE OLIVEIRA E EU (El cine, Oliveira y yo, Joao Botelho, 2016)

“Las películas son historias, el cine el modo de contarlas”


“En cuanto a mí, en tanto director de cine, podría decir que nunca he ido a una escuela de cine. Esa afirmación sería algo falaz incluso aunque en mi época las escuelas de cine aún no existían. Pero sí he frecuentado una escuela, a la que mi padre me llevaba de la mano, la de las salas de cine. Así vi a Lumière, a Méliès, a Max Linder y, en sus películas, las tres fórmulas cinematográficas: el realismo, lo imaginario y lo cómico. ¿Qué mejor escuela, qué mejor aprendizaje podría haber tenido que la compañía de los grandes maestros y de los que los siguieron, multiplicando las formas y las composiciones y elevando el cine a la categoría de arte? He aprendido el cine mirando la pantalla. Mi mejor y principal bagaje me viene de las herencias de esos grandes comienzos franceses. Después vinieron los suecos y los daneses, los alemanes, los italianos y los rusos. (...)” Oliveira a la revista Traffic.


La educación de la mirada a través del trabajo de otros para llegar a la propia recreación de lo que se quiere contar. “Filmar lo que se quiere, pero decir siempre la verdad”. En una ocasión en que a Oliveira se le tildó de arquitecto, de manera elogiosa para hacer sobresalir su arte sobre el de los demás, él reaccionó como sólo un maestro puede hacerlo, negando su condición de tal para reivindicarse como cineasta, “la arquitectura es el arte de lo estático, yo soy un jardinero, la arquitectura es lo inmóvil, el cine es movimiento”, y lo decía quien se adueñaba de la pantalla mediante el empleo del plano fijo, una cámara y un solo eje, heredero como era del origen del cine, del que partían las líneas con las que unía decorado y personajes, luz y sombra, con el teorema de Tales le bastaba para diseñar y dibujar una película. Con su eje central, con su plano fijo, con un único punto de vista para cada situación y que el espectador no se distrajera de lo esencial, Oliveira se acercaba y reivindicada a Dreyer y a Ford, Oliveira se convertía, con el paso del tiempo, en un monumento indestructible del cine portugués, del cine europeo, del cine mundial. Su cine era la dualidad, la tristeza y el triunfo, la luz y la sombra, pero siempre, siempre, culminaba en la soledad sublime del creador frente a quienes le rodeaban, hasta el punto de ser llamado anciano, o viejo, por su equipo cuando las líneas creativas de uno y de otros divergían entre lo que para Oliveira era indiscutible y para sus jóvenes ayudantes un ejemplo de cine caducado, superado por los acontecimientos revolucionarios del Portugal de los 70.



Joao Benard da Costa se lamentaba sobre qué habría sido de Oliveira, qué hubiera dejado su cine aún más, si hubiera empezado a rodar más joven, si su arte no hubiera sido interrumpido tantas veces, si tras “Douro, faina fluvial” de 1931, la sinfonía urbana de una ciudad que seguía la estela de Rhuttman, en vez del fracaso hubiera seguido el éxito, algo que hizo exclamar a Pirandello si en Portugal se aplaudía con los pies, incapaz de comprender cómo esa película era rechazada por su propio público; pero a lo mejor la grandeza de Oliveira tuvo su fundamento precisamente en su intermitencia inicial, en su madurez longeva, en tardar mucho tiempo en empezar a rodar con regularidad, tanto como para que Joao Cesar Monteiro se enorgulleciera de conocer al único gran cineasta de su país. Y una figura de tan alta significación en un país tan pequeño parece que deja huérfano a todos los demás cuando desaparece, por más que Oliveira se resistiera jocosamente a abandonar esta vida (con 104 años rodó una auténtica maravilla como Gébo et l,ombre) sustentada en tres principios inamovibles, whiski, pan tostado y aceite virgen, reprochando al propio Joao Botelho su afición al tabaco, que le acortaría la vida le auguraba el maestro. Botelho, alumno involuntario de Oliveira, usa la película como homenaje, nos enseña a mirar el cine de Oliveira más que a explicárnoslo, y la inicia en el momento justo en que Oliveira colabora como parte del equipo en una de las primeras películas del joven Botelho, una foto en la que el director posa para  una foto abrazado con un cura, un cura que es el propio Oliveira que acaba de filmar la muerte de Pessoa dándole la extrema unción vestido como sacerdote. Ahí comienza la película, como comienza la relación entre Oliveira y Botelho, una relación desigual como la que se produce entre el ser admirado y el admirador, y Botelho, con una prosa sublime, desbordante, poética, reflexiva, trascendente, va acompañando las imágenes con las que nos enseña cómo rodaba Oliveira, cómo escogía los encuadres, cómo todo fluía en color y armonía deliberadamente programada, y nada aleatoria, hasta la formación de una de las filmografías más apasionantes de la historia del cine.



No estamos ante el documental biográfico, ni ante el documental hagiográfico, ni ante una sucesión cronológica de sus películas. Apenas si sabremos algo de la vida del director, conoceremos a su esposa y veremos el fantasma de su casa natal (sus ruinas a las que el director llama “el fantasma”) como veremos su ciudad, Oporto, pero ésta a través de su cine, como el mirador de su casa sobre el Duero, lugar de estudio, reflexión y asunción de esa soledad sublime del creador. Botelho, con las escenas seleccionadas de las películas de Oliveira, nos irá mostrando la posición estática de su cámara, su sentido de la iluminación como en esa escena de un viaje de ida y vuelta de Portugal a Brasil en “Palabra e utopía”  marcado por la orientación de la luz en cada trayecto; la creación frente al campo-contracampo convencional del campo-campo en “Benilde ou a Virgem mae” donde una escena se repite con dos planos fijos de los dos actores montados consecutivamente y repitiendo el texto para ver, por separado, la reacción de ambos personajes, cómo Straub renegó inicialmente del cine de Oliveira por su uso de la palabra para terminar siendo íntimos amigos todo a partir de la furibunda crítica del primero a la película “Acto de primavera” del segundo, cómo tuvo que recurrir a un laboratorio alemán para conseguir el color justo y real que veía en su Oporto natal y la filmación no conseguía en “O pintor e a cidade”, cómo se sumergió en el realismo mágico precediendo, a su manera, los personajes infantiles de Rossellini y de Sica con “Aniki Bobo”, cómo es capaz de interpretar el erotismo y la sensualidad con el uso de una flor y un dedo o cómo, casi al final de su carrera, es capaz de regresar a los orígenes del cine, de su cine, acercándose a la estética del mudo con “El extraño caso de Angélica”.



La película concluye con sorpresa, el documental se transforma en ficción y en homenaje póstumo mediante la filmación de un guión de  Oliveira no llevado al cine, “A raparinga das luvas”, que cobra vida mediante un elenco de actrices reconocibles del propio cine de Oliveira mediante la dirección de Botelho; una versión de Madame Bovary, de Margarita Gautier, de la Violeta verdiana, rodada a semejanza del cine mudo que vió crecer la cinefilia y el saber cinematográfico del maestro portugués, “los directores hacemos películas, los maestros hacen cine” dice Botelho, un drama que arroja a una joven a la prostitución, a conocer el amor de un hombre adinerado, el rechazo social y la pobreza que la hace volver al prostíbulo en el que ha perdido su status, terminar haciendo la calle y la aparición de la tuberculosis para poner fin a las imágenes con una mano casi transparente, centro de luz, que descansa sobre una cama que contiene el inerte cuerpo de la todavía joven mujer. Una película que no pudo ser pero que, como último acto póstumo, Botelho termina dedicando al físicamente ausente pero nunca olvidado por el cinéfilo, como nunca olvidaré haber comido mesa con mesa a su lado en Lisboa allá por 1997……….o puede que, como Pessoa, hubiera muchos heterónimos de Oliveira por las calles y aquel señor que tanto se parecía a Oliveira no fuera quien parecía, ¿o si?



Título original: O CINEMA, MANOEL DE OLIVEIRA E EU. 2016. Portugal. 81′. Dirección: João Botelho. Guión: João Botelho. Reparto: António Durães, Angela Marques, Leonor Silveira, Mariana Dias, Maria João Pinho, Marcello Urgeghe, Miguel Nunes. Música: Nicholas McNair. Fotografía: João Ribeiro. Montaje: João Botelho. Producción: Alexandre Oliveira. Ar de Filmes

TRAILER