lunes, 5 de junio de 2017

EXIL (Rithy Panh, 2016)

EXIL (Exile, Rithy Panh, 2016)

La poética del genocidio. Camboya tiene el dudoso record mundial de personas desaparecidas, justo por delante de otra potencia mundial en desmemoria como es España. Rithy Panh lleva muchos años luchando contra su propia desmemoria y la de su país, aunque la de su país más que desmemoria es, todavía, el silencio del miedo, el silencio del temor ante lo que se ha vivido y no encuentra explicación con un mínimo de lógica. La sistemática eliminación de cualquier persona acusada de elemento nocivo para el régimen, la anulación de la individualidad, el quebranto generacional por el que dos millones de personas, en un país que apenas llegaba a los diez, durante los años de plomo de los khemeres rojos y el asesino liderazgo de Pol Pot, fueron eliminados, torturados, vejados, violentados, desterrados, por cosas tan simples como poseer unas gafas o escribir y leer libros, se ha convertido en el eje motor de la mayor parte del cine de Panh, un exiliado que jamás va a recuperar su libertad absoluta, privado, desde la infancia, del contacto con su familia, víctima como él, de la sinrazón criminal de un grupo que se amparaba en el comunismo maoísta para interpretar la revolución como sinónimo de exterminio.
El andante moderato con el que suena una «Internacional» varias veces a lo largo de la película refleja el letargo del personaje que narra sus experiencias reales y las de tantos represaliados humanizados en un solo cuerpo, y las deseadas, en  medio de los campos de reeducación que no eran sino preludios del exterminio directo por las armas, o indirectos por el hambre o las enfermedades. El personaje mudo que permanece en pantalla no es dificil identificarlo con los recuerdos del propio Panh, L,IMAGE MANQUANTE con las historias de todos aquellos centenares de miles de personas desplazadas de las ciudades a los campos para trabajar por la revolución, un estado de ensoñación del que no está ausente el peligro, el riesgo, la dolorosa evidencia de que nada vale menos durante esos años, 1975-1979, que la vida humana, un régimen cuyo afán expansionista y también su desestabilizadora política criminal para regímenes cercanos en lo ideológico, pero menos genocidas, provocaron el punto y final a una experiencia desastrosa que todavía mantiene al país entre los más pobres del planeta por la intervención «humanitaria» de Vietnam.  «Exil» es la memoria poética de un desplazado, de un ser sufriente cuya memoria va a proyectar continuamente las imágenes de esas interminables columnas de campesinos forzados cavando y transportando piedras y arena en filas interminables de hormigas humanas extenuadas, Panh se coloca como narrador en una tercera persona tridimensional para ser protagonista y creador al mismo tiempo.
La cabaña que juega como escenario de gran parte de este bellísimo guiñol de crueldad y recuerdo, es un espacio de libertad interior  apenas abandonado para breves paseos por una jungla recreada como almacén en el que buscar algo que comer, un escenario mutante donde ese ser completamente vestido de negro uniformado desarrolla todas las actividades impuestas, desde la recogida de la cosecha, el traslado de piedras, el adoctrinamiento político, pero también aquéllas que no serían posibles pero a las que el régimen no puede llegar con sus prohibiciones, porque son las creadas por el ingenio y la imaginación, el sueño y la recreación que nada puede impedir por encontrarse en el cerebro, un espacio dificil de registrar por el extraño. Esa cabaña se transforma en el salón de una vivienda burguesa que atesora todo aquello que el régimen considera enfermo y contrarrevolucionario, una biblioteca, una colección de discos, una televisión, un cuaderno, pintar o escribir, todo lo cultural se convierte en sinónimo de crimen y castigo, castigo brutal porque implica la muerte. Panh se sobrepone a lo macabro del escenario real para componer un ejercicio poético donde parece inimaginable su recreación, sin que ello implique edulcorar o adornar lo que no deja de ser una experiencia inasumible e inaceptable. En el afán por aislarse y abstraerse de tanta crueldad, el personaje que opera como duplicado de tantos Panh como hubo en los campos, absorbe la energía positiva de lo que le permitía seguir adelante sin caer en el olvido.

Recuperar los recuerdos, desenterrar los objetos que hubieran podido significar una muerte segura, acercan al realizador a su pasado; unas pocas fotografías, ejemplo vivo y doloroso de lo que se ha perdido antes de tiempo, no evitan esa sensación de ser acariciado, de ser ayudado por algo invisible pero que se comporta como una energía suplementaria ante lo devastador de una experiencia que aniquila las ganas de vivir incluso a los supervivientes. El sentido, pero no visto, roce de una mano que nos hace volver la cabeza para no ver a nadie, es el anverso de ese otro roce con el que Panh acaricia el rostro de su madre en una de las pocas fotografías conservadas tras el holocausto. Las fotografías son lo poco que permite mantener el recuerdo, unas fotografías en las que está ausente aquello que dió lugar a su anterior película «L,image manquante», extraordinaria recreación con muñecos de lo que las imágenes reales eludieron en estricta observancia de la orden política, la realidad no podía mostrar la muerte directa en los campos, pero en esas fotografías apreciamos el valor de lo importante, el atesoramiento del anhelo de conservar cualquier cosa, incluso inmaterial, que nos permita seguir adelante sin olvidar los orígenes. Panh hace de la realidad un ejercicio de belleza absoluta, tiñe lo salvaje de la experiencia con el manto onírico de planetas, estrellas, nubes, animales inanimados que se manifiestan ante la presencia hierática y superviviente de ese prisionero que espera el momento de volver a ver lo que le ha sido sustraído.

El bello texto de Christophe Bataille sostiene la metamorfosis de una cabaña de múltiples escenarios en las que el protagonista hace un ejercicio de reconocimiento de la ausencia y de la imagen no perdida que suplanta a la persona real. Hay algo de instalación, de performance exorcizante en la recreación de Panh, pero hay, sobre todo, la belleza del reencuentro personal con aquello que nadie le va a arrebatar, tanto en lo cruel del recuerdo como en lo generoso y sanador del reencuentro en forma de fotografía. La revolución permanente nos transforma en espectadores nada inocentes, el individuo es devorado por el partido, los inferiores no pueden cuestionar a los superiores, no cabe romper reglas que vienen impuestas desde arriba, sólo queda dormir y soñar, incluso levitar hacia otros mundos y otras realidades que permitan mostrarnos en nuestra individualidad frente al poder irracional de la masa que no cuestiona nada. Ese mundo donde el bien más preciado y necesario para sobrevivir es una cuchara que, como una imagen religiosa, se lleva colgada del cuello para no perderla, donde atesorar botones no es un simple capricho sino un recuento macabro de aquellos que han dejado de necesitarlos, donde los espejos han dejado de emitir la luz de la revolución para pasar a mostrar el tiempo de antes, cuando, sin vivir en el más perfecto y libre de los mundos, podías expresarte como individuo. Por eso, el camino del exilio ha de concluir con una fotografía entre la penumbra de una linterna, el camino de la oscuridad que muestra un mínimo de claridad en el examen aduanero a un niño que en 1979 aterrizó con un salvoconducto en París-Roissy y aún hoy no ha abandonado el país y la cultura que le acogió. No se si en España será posible ver las dos películas de Panh posteriores a «L,image manquante», no sería de extrañar que no sucediera conociendo la cicatería de la exhibición pero también del público, aunque desde luego, aquáll@s que tengan la posibilidad disfrutarán de lo esencial del cine, la imagen cuya belleza no es mero adorno, sino necesidad para transmitir un mensaje, en este caso, nada optimista, sobre la condición humana.
EXILE. Francia. 2016. Director: Rithy Panh. 77 minutos. Productora: Catherine Dussart, ARTE,  Bophana production. Guión: Rithy Panh Colaboración de Agnès Sénémaud. Textos de Christophe Bataille,Agnès Senemaud . Diseño de producción: Mang Sarith  Sang Nan. Intérprete: Randal Douc

TRAILER