sábado, 17 de junio de 2017

CARTAS DA GUERRA (Cartas de la guerra, Ivo M. Ferreira, 2016)

CARTAS DA GUERRA (Cartas de la guerra, Ivo M Ferreira, 2016)


La incomodidad de encontrarte a la fuerza en un lugar donde no quieres estar, la presencia obligada durante dos años abandonando mujer y país, el lento discurrir del plazo en el que tu vida puede acabar con más probabilidades que si siguieras transitando por tu barrio, produce dislocaciones mentales que te hacen oir las canciones de tu recuerdo como si alguien te las susurrara al oído, o que tu esposa se aparezca en medio de un cuarto castrense mientras piensas en su embarazo al tiempo que unos detenidos pasan por delante camino de la tortura; y piensas en tu ausencia, tu lejanía, en tu miedo a perderla, en su olvido, en tu infinita sensación de tristeza permanente. Tanta “saudade” rezumando la historia conduce necesariamente a un mundo en blanco y negro, unos colores que contraponen fielmente al ejército colonial y al guerrillero. La blancura de la piel de unos europeos luchando por un imperio inexistente fruto de un delirio dictatorial agonizante frente al negro nocturno del África central de la remota Angola a principios de los 70.


Los primeros planos de la película indican la dirección precisa que va a seguir el relato, preciosismo, fotografía estudiada, composición del plano, economía de medios que queda oculta bajo el manto de la sombra, la oscuridad, y la palabra, una palabra más recitada que conversada, una película de intimidades humanas en medio de la violencia extrema de una guerra que apenas si se va a dejar sentir como acto violento, pero que marca sobremanera dos largos años en la vida del escritor Antonio Lobo Antunes, escritor de profundidad innegable, marcado en su obra por el recuerdo de su juventud e infancia, de la dictadura  a las guerras de descolonización africanas en las que Portugal malgastó tiempo, dinero y jóvenes, muchos jóvenes que fueron a morir o resultar heridos físicamente por defender una tierra a la que nada les unía. Pero si esas heridas físicas son visibles y permanentes, lo que le ocurre a Lobo Antunes, el «Antonio» de la película, es que el paso del tiempo va dejando otras heridas mucho más profundas e igualmente dolorosas, las que provoca la distancia, la ausencia, la pérdida de una inocencia y de una irreflexiva comodidad intelectual, hasta que se topa de cara con otras verdades ocultadas en su país al ser reclutado forzosamente como médico y enviado en un barco cuya travesía, incluso en sus planos, recuerdan aquellos de Joaquim Phoenix en «The master» tumbado al sol mientras el buque de guerra navega, aparentemente ocioso, desconectado del destino que le espera y obsesionado con lo que deja atrás y en aparente indiferencia con lo que se acerca, un viaje en que da por perdida la armonía familiar y hogareña, donde lanzar un colgante por la borda parece una rendición anticipada. 

La película cuenta dos realidades que vive el protagonista, por un lado la del día a día del campamento militar, con largos periodos de inactividad, de calor, de polvo, de silencio creciente de un personaje que apenas tiene nada que decir a los demás salvo en sus charlas políticas y culturales con el mando del grupo, un oficial que poco a poco le va abriendo los ojos acerca de la inutilidad de esa guerra y provocando en el joven médico un acercamiento a unas ideas de izquierdas que nunca antes tuvo, acostumbrado a una vida burguesa y apolítica, un discurrir lento, moroso y amenazante que, en un instante, estalla en momentos de violencia extrema, de exigencia de concentración, de reflejos de lo que le puede pasar a cada uno de ellos en cualquier momento, y por otro esa vida paralela, transcrita en cartas con destinatario uniforme, Maria José, la esposa de 20 años, a la que Antonio escribe practicamente a diario como una especie de oración deseosa de ser escuchada, una oración desvestida de cualquier componente religioso, una oración de amor, de sexo, de deseo, de angustia ante la distancia, unas cartas en las que el escritor va volcando todos sus miedos mientras va escribiendo el germen de su primera novela ambientada en esos dos años de guerra. Esas dos realidades se mezclan porque Antonio vive en esa obsesión enfermiza del anticipo de una pérdida, en una negatividad destinada a acostumbrarse a una noticia indeseada pero esperada que le diga que la relación terminó, por eso las cartas de Antonio las escuchamos mientras vemos la actividad diaria del campamento, las salidas para atender enfermos o a las familias de los soldados angoleños que siguen enrolados en el ejército colonial, las contadas expediciones de castigo, la escritura de un libro, para Antonio la única manera de aguantar y permanecer es mantener el recuerdo aunque sea desde la perspectiva más masoquista para él mismo.


En la cabeza de Antonio se instala un sentimiento de pérdida irreparable, desde enero de 1971 durante 103 semanas, el destino de su vida deja de estar en sus manos para depender del capricho de los gobernantes, un capricho que hunde vidas y familias y del que Antonio va sorteando su desesperación con cerca de 300 cartas en las que se mezcla la guerra, África, la crueldad y, sobre todo, el coraje interior provocado por la ausencia de noticias de su amada, esa cabeza que va imaginando hartazgos, que sufre un embarazo vivido en la distancia sin posibilidad de compartir el momento tan importante con su esposa. «Qué feliz sería si allí estuviera» cuando recuerda una y otra vez la casa de García Vasco, en un montaje en paralelo en el que la mujer camina por las habitaciones vacías, enseñándonos los espacios de una intimidad que se ha truncado y que permanece en semipenumbra, como un luto adelantado que presagia cualquier desastre. No sabremos si es la propia María la que nos ofrece su experiencia o, más bien, la imaginación de Antonio sobre lo que su compañera puede estar haciendo mientras él escribe, imaginando su cuerpo tumbado en la cama sin posibilidad de tocarlo, imaginando su cabeza sobre su regazo después de culminar un deseo que no acaba. Y no por eso Antonio deja de admirar un país que es un exceso en si mismo, un país sin contención, ni en lo horrendo ni en lo bello, ni en lo salvaje y exuberante de su paisaje ni en los resultados crueles de una guerra de la que se teme saldrán dos mundos separados y que perderán toda relación cuando podrían mantenerse los vínculos aunque se rompa esa unidad ficticia.

En la histeria de la impotencia, la locura va adueñándose de hombres que no quieren llorar porque los hombres no lloran, aunque por dentro están inundados de lágrimas, hombres que quieren tener enfermedades inventadas para ser sacados de allí cuanto antes. Antonio sufre pensando que su mujer está casada con una sombra, pero sufre más cuando recibe una carta en que ella le confiesa sentirse como si estuviera casada con un hombre impotente, al que se desea pero del que no puede conseguirse lo que se quiere. Sentir la punzada del deseo insatisfecho mientras se sueña con un cuerpo que no se puede poseer y se recuerda el momento del goce femenino entrevelado por la oscuridad de un apartamento que recibe una luz tamizada por las contraventanas que evitan el calor excesivo. Luces y sombras tan bien fotografiadas que no pueden evitar el homenaje al cine en esas noches africanas donde la tropa se concentra para evadirse ante una pantalla y un proyector, un haz de luz que termina enfocando a Antonio mientras éste sufre la depresión navideña, la saudade de una hija que no conoce, la canción melódica portuguesa que le recuerda su ambiente, sus cuerpos, su tranquilidad eliminada por una guerra recogida en unas cartas que transmiten el dolor y la desesperación de un hombre separado de la mujer a la que no quiere abandonar. Notable ejercicio estético procedente de una filmografía de la que en el último año las pantallas españolas han recibido muestras sobradas de su talento, ojalá no sea una casualidad sino la confirmación de un cambio hacia la manera de mirar a nuestro vecino.





Título original: Cartas da Guerra. Portugal. 2016. Dirección: Ivo M. Ferreira. Guión: Ivo M. Ferreira, Edgar Medina. Producción: Luís Urbano, Sandro Aguilar. Fotografia: João Ribeiro. Montaje: Sandro Aguilar. Música: Ricardo Leal. 105 minutos. Intérpretes: Miguel Nunes, Ricardo Pereira, Tiago Aldeia, Margarida Vila-Nova