domingo, 4 de junio de 2017

CAMILO RESTREPO. LA IMPRESIÓN DE UNA GUERRA, CILAOS, LA BOUCHE.

EL CINE DE CAMILO RESTREPO. 

LA IMPRESIÓN DE UNA GUERRA, CILAOS, LA BOUCHE.

Despectivamente, una parte institucionalizada de la crítica dirá «más cine de festivales», «más cine de museos», objetivamente tiene su parte de razón porque el público apenas encontrará opciones para acercarse a este tipo de lenguaje visual y auditivo, pero ello no significa que se trate de un peor cine que el que se comercializa, es más, diría que, en la relación entre lo que se cuenta, lo que se quiere transmitir y cómo se consigue esa transmisión, el producto final y su resultado son netamente superiores, desde la individualidad y riesgo experimental, al del promedio del cine de ficción. Con Cilaos y La bouche, Restrepo puede haber optado por ficcionalizar relatos de evidente raigambre oral y musical, con «La impresión de una guerra» proporciona una visión urgente, veloz, voraz, impresionista, de un país en guerra permanente que, parece, comienza a encontrar un camino hacia cierta estabilidad, por lo menos abandonando las armas y la muerte como modo de confrontación política e intentando, solo intentando, porque las raíces de la corrupción siempre son tan profundas y poderosas que eliminar la superficie que se ve no impide que continúe la corrosión interna, avanzar desde aparentes mensajes visibles de concordia y reconciliación sin olvido.


Temáticamente muy separada «La impresión de una guerra» de «Cilaos» y «La bouche», no dejan de encontrarse puntos de conexión, tanto formales, con ese juego desestructurador de las imágenes, tratadas para dar un sentido envejecido a unos relatos que pueden ser del pasado, pero que permanecen incólumes en las memorias presentes, como de contenido, pues en las tres películas la muerte es un personaje, más o menos visible, que atraviesa y une a las tres obras, tanto la muerte producto de la violencia política, institucional y criminal de un país como Colombia, como la muerte fruto de la vida cotiadiana en la que la violencia también está presente y aparece cuando menos se la espera, truncando expectativas o poniendo punto y final a relaciones pendientes de expandirse. Partiendo de las propias impresiones materiales de los equipos fotomecánicos de una redacción periodística, Restrepo reconstruye con «La impresión de una guerra» la historia más cercana de su país ciñendose al núcleo duro de los años 80 a 2000, preguntándose si, a partir de ese material de saldo periodístico, pliegos y pliegos de papel en los que la letra o la imagen, el color o los márgenes han quedado mal impresos y son vendidos como papel usado justo al lado de los ejemplares que se venden como verdadera prensa, no se encontrará la verdadera realidad de un país que otros, desde sus poltronas, se encargan de desvirtuar; quizás sea una verdad alterada la resultante del error, pero más cerca de la verdad que lo que los descartes presupondrían. La deslavazada composición de una página en la que las imágenes apenas son reconocibles por los errores de imprenta terminan resultando más fieles a la realidad que la composición buscada de propósito desde la dirección; un país difuso, confuso, hiperviolento en el que el poder político forma parte de esa maraña corrupta y criminal capaz de pagar primas de sueldo a sus militares y policías por el número de guerrilleros muertos, que, como un mal sueño de nuestra irritante maldad, termina convirtiendo en guerrilleros a civiles disfrados como tales y ejecutados para conseguir esos objetivos teñidos de sangre, tinte paradójico que hace recordar el color cambiante del río que atraviesa Medellín como consecuencia de otra corrupción, la de los vertidos ilegales de las empresas textiles que consiguen crear la metáfora perfecta para una ciudad de muerte constante, un río rojo de sangre falsa para recordar esos otros ríos rojos provocados por Escobar, por sus sucesores, por el ejército o por los paramilitares.


«La impresión de una guerra» termina convirtiéndose en un ejercicio de memoria para preservar del olvido tanto crimen sin castigo, que al menos en la memoria, no sólo de los familiares, sino de las nuevas generaciones colombianas no se pierda la perspectiva de lo sucedido, y que podría poder volver a pasar en cualquier momento. El conflicto va amainando al tiempo que la memoria intenta permanecer sin deseo de venganza, pero si con deseo de recuerdo; que los espacios del horror, como esos cruces que marcaban fronteras invisibles entre bandas de narcos, u hoteles destinados a centros de tortura o exterminio, se recuerden ahora desde la reconversión de los espacios pero sin borrar definitivamente el pasado. 
De recuerdo y de memoria también hablan «Cilaos» y «La bouche», películas ambas que parecen continuación y espejo una de otra, con el mismo esquema y estructura formal, pero muy alejadas de la Colombia natal aunque destinadas a la misma reivindicación del ausente y su búsqueda. En «Cilaos» una hija busca a su padre del que no tiene más referencia que es conocido como «La bouche», en «La bouche» un padre intenta ahuyentar los deseos de venganza y de olvidar tras la muerte violenta de una hija que puede ser la de la película precedente. Rodadas en créole y en idiomas africanos, los relatos de la negritud de Restrepo son los relatos de la oralidad propia de las culturas atávicas que mantienen sus tradiciones sin necesidad de escritura, pasando las historias de unas a otras generaciones mediante la palabra hablada y el canto y baile que las representan. Componiendo planos muy cerrados sobre sus personajes, dando más importancia al rostro y su gesto que al contenido de unas palabras que se refuerzan mediante la repetición, como estribillos de canciones quer terminan saliendo de la boca de sus intérpretes-cantantes, Restrepo habla de la busca, del dolor, del resentimiento y la pena; entre la duda del olvido, el reencuentro y la venganza, todo ello mediante el instrumento musical más preciso y cercano, como es la voz humana, y el simple acompañamiento de la percusión. Relatos breves en los que apenas si existe el movimiento en exteriores (una breve visión de una ciudad y su tráfico, que bien podría ser Paris, la ciudad de residencia del director, cuando la mujer va buscando esa Cilaos en la que podría encontrarse ese padre, y otra escena en medio de un bosque que se está talando y donde un personaje que hace de hilo conductor deambula entre el padre y esa hija que no se encuentran porque, quizás, ninguno de los dos pertenece ya al mundo de los vivos) con unos intérpretes que permanecen en interiores ausentes de decorados o artificios que nos despisten de lo importante; el sentimiento y la memoria.




El cine de Restrepo utiliza el mestizaje entre imágenes aparentemente desconectadas de las historias a contar que, por efecto del tratamiento de las mismas, terminan universalizando su discurso, de África a Colombia, de Colombia a Europa, su cine consigue hablar de fenómenos que asolan todo el planeta sin necesidad de circunscribirse a un territorio parcial y concreto. Obviamente el espectador sitúa fácilmente el lugar de todas las narraciones, incluso esa invención de la ciudad de «Cilaos» no pesa como límite para extender su narrativa a cualquier búsqueda en un entorno de violencia. Esa violencia que cada vez se nos acerca y nos rodea poco a poco, que sentimos tan próxima que nos da igual si se nos cuenta en castellano, en créole, en francés o en una lengua centroafricana, «Mi objetivo era capturar huellas visibles de la violencia en la vida cotidiana de las personas que viven en ese país. Las imágenes de los campos de batalla, imágenes conmemorativas, imágenes inscritas en el paisaje urbano, representaciones íntimas de las experiencias que las personas han atravesado… Estos rastros -deliberados, accidentales, ostensibles, fugaces o disimulados- constituyen la materia prima para “La Impresión de una Guerra”«, algo que puede extenderse a sus dos últimas obras en las que la latente violencia entre personas cercanas en lo familiar no impide extender sus consecuencias y sus èxodos internos a otras violencias más institucionalizadas, más persistentes, más brutales. Las venganzas íntimas y las venganzas colectivas terminan generando, así, redes interconectadas que hacen del cine, un lenguaje universal y transversal para mantener vivas nuestras memorias. El cine de Restrepo se vuelve entonces tan necesario como elocuente. Ahora hay que desear que deje de ser «un cineasta de domingo» y la industria le facilite ser un «cineasta a tiempo completo» que nos brinde más resultados de este alcance con el soporte económico necesario para afrontar nuevos retos artísticos.


LA IMPRESIÓN DE UNA GUERRA. Francia-Colombia. 2015. Dirección: Camilo Restrepo. Intervienen: Pastora Mira, El Gato, trabajadores del Taller Maza, Vicky Castro, Edwin Cortez, Carlos Durango, Felipe Grajales, Juan José Muñoz. Guión: Camilo Restrepo, Sophie Zuber. Fotografía: Camilo Restrepo. Sonido: Josefina Rodríguez, Mathieu Farnarier. Montaje: Bénédicte Cazauran, Camilo Restrepo. Música: Fertil Miseria, Unos Vagabundos. 26 minutos.

CILAOS. Francia-Colombia. 2016. Dirección: Camilo Restrepo. Intérpretes: Christine Salem, David Abrousse, Harry Perigone. Guión: Camilo Restrepo. Fotografía: Guillaume Mazloum, Camilo Restrepo. Sonido: Mathieu Farnarier. Montaje: Bénédicte Cazauran, Camilo Restrepo
Musica: Christine Salem, David Abrousse, Harry Perigone. 12 minutos.

LA BOUCHE. Francia-Colombia. 2017. Director: Camilo Restrepo. Intérpretes: Issiaga "Ella" Bangoura, Karamoko Daman, Mabinty Kohn, Marie Touré, Mohamed "Diable Rouge" Bangoura, Raymond Camara. Guión: Sophie Zuber, Camilo Restrepo. Fotografía: Guillaume Mazloum, Cécile Plais. Sonido: Fred Dabo, Mathieu Farnarier. Montaje: Camilo Restrepo.Música: Mohamed "Diable Rouge" Bangoura, Issiaga "Ella" Bangoura, Raymond Camara, Karamoko Daman, Mabinty Kohn, Marie Touré. 18 minutos.