lunes, 19 de junio de 2017

ANTIPORNO (Sono Sion, 2016)

ANTIPORNO (Anchiporuno, Antiporn, Sono Sion, 2016)


Encargar un roman-porno (pinku-eiga) a Sono Sion tanto para dar al género un toque de calidad como para crear un atractivo adicional a la taquilla de la película es probable que no se vuelva a repetir, salvo que la productora japonesa Nikkatsu no pretendiera repetir su cine de los años 70 que le salvó de la crisis y simplemente quisiera reverdecer un erotismo acercándose a una pornografía «soft» con independencia de la visión del director, pero éste, como francotirador que es, puede revertir en su propio beneficio para hacer una película absolutamente alejada de ese propósito de excitación, aunque durante mucho tiempo parezca limitarse a un simple relato de sexo, humillación y dominación femenina.  Cuando el personaje de Kyoko nos dice a la cara «soy virgen pero quiero ser una puta» no está formulando un deseo sexual de tipo violento, ni ofreciendo sexo a cambio de dinero, está interrogando directamente a la sociedad japonesa sobre el modelo de mujer que fomenta, el tipo de relaciones entre hombres y mujeres que publicita y el estereotipo de la mujer como un ser directamente destinado a producir placer físico o visual al género masculino. «¿Dónde está mi salida? dadme un salida» grita la joven desesperada ante una sociedad absolutamente enclaustrada en estereotipos de rol, como el lagarto que acompaña a nuestra protagonista, encerrado en una botella de cristal de la que no puede salir, observador de todo pero partícipe de nada.



Sion reproduce de manera repetitiva y mutable una relación sádica y masoquista entre Kyoko y su asistente Noriko mientras espera la llegada de una fotógrafa de moda y una periodista paradigma de la estupidez volátil del famoseo, absolutamente ajenas al mundo creativo de la joven y absolutamente ávidas de sexo y fantasías (que las asistentes se paseen por la escena llevando sendos consoladores como complementos de vestuario que, llegado el caso, puedan servir para cumplir las órdenes de sometimiento de Kyoko, dan una idea del imaginario visual de Sion, absolutamente desatado desde la primera escena). Kyoko es novelista, pero sus novelas necesitan de testimonios directos y reales de jóvenes que le cuenten sus experiencias  para que pueda plasmarlas en sus novelas dándoles unidad, al tiempo que, como artista completa que es, pinta sus retrato y, de paso,  alcance un juego sexual con ellas que, descoloca al espectador, pero al tiempo sirve a Sion para cumplir el contrato con la productora, una escena de sexo cada diez minutos, que era el referente temporal usado en los 70 para este tipo de cine. Sion usa el sexo como excusa para hacer su película más política de los últimos años, dando una patada al patriarcado japonés donde más duele, en las naúseas que provoca esa constatación en las nuevas generaciones de mujeres que asisten, perplejas, al mantenimiento de esos estereotipos sexuales en los jóvenes hombres que, incluso cuando Kyoko se ofrece voluntariamente para mantener su primera relación, prefieren utilizar la simulación de una violación  para reafirmar ese dominio aberrante sobre las mujeres.



Desde la primera escena es fácil llegar a la conclusión de que no se busca verosimilitud al contenido, ni de las imágenes ni de los diálogos, incluso se puede dudar de la lógica interna de lo que se nos cuenta y de la coherencia de ese relato; se necesita la paciencia que el cine del director japonés necesita para llegar al lugar en el que quiere colocar a su propia sociedad con un discurso de marcadísimo carácter feminista en su conclusión, pero al que le responde una vejación más sobre el cuerpo de su protagonista. Kyoko baila al son de los compases de la Barcarola de Offenbach en una estancia enorme pintada de amarillo y rojo en su primera aparición, con multitud de candelabros cuyas velas son bombillas situadas a una altura que deslumbra y difumina la imagen de la actriz mientras ésta ríe y sonríe de manera un tanto arbitraria, al tiempo que unos extractores proporcionan el aspecto industrial a la estancia cuyo aseo aparece exento, sin puerta, y al que cualquier relación con el sexo de su protagonista termina conduciendo apremiada por las arcadas de lo que parece desear pero no soporta.




La vida de Kyoko se desarrolla así entre el sexo y la muerte, sin amor posible, cuando ya estamos plenamente introducidos en el carnaval de sadismo con el que la joven trata a su asistente, a la que obliga a comportarse como un perro y ser follada por una de las asistentes (una de esas escenas de cada diez minutos que Sion suele cumplir de manera repetitiva mostrando un acto sexual de una colegiala en un bosque que tiene su relación con el pasado de Kyoko y que está grabada en video) un enérgico «corten» sacude la escena y el aparente poder y dominio de Kyoko desaparece cuando todo se demuestra como un rodaje en el que el director, el equipo técnico y la estrella que es la asistente comienzan a humillar, a reirse, a golpear a la joven por causas que a ella se le escapan pero que entiende relacionadas con su incapacidad para ser verosimil en su interpretación y en las escenas que está obligada a interpretar. A partir de ese momento la narración se hace más fragmentada, más corta, más nerviosa, saltando de ese presente en el que situaciones y relaciones de dominio van cambiando, al pasado de la joven Kyoko, obsesionada por la sexualidad de sus padres y ansiosa de tener su primera experiencia sexual que va a convertirse en un interruptor cerebral que la bloqueará en su futuro. Angel y demonio se hacen carnales en Kyoko y su hermana, eros la primera, con la obsesión ya contada, y tánatos la segunda, con una idéntica obsesión, en este caso la de morir. Cada una va a conseguir su propósito pero sus consecuencias van a ser funestas para las dos, convirtiéndose la hermana en ese espectro del pasado que le hace recordar una etapa igualmente convulsa, pero, al menos, alejada de la arcada, el vómito y la humillación a la que todo un país y una cultura somete a sus mujeres de manera institucionalizada, desde el falso erotismo de los uniformes escolares a la tortura  y abuso masivo de prácticas sexuales destinadas solamente a satisfacer a los hombres.


“Mi desnudez es natural, tú eres quien convierte mi cuerpo en obsceno”, Sion nos coloca en la tesitura de avanzar en la denigración participando de lo que vemos, o sentirnos incómodos y poco proclives a seguir las andanzas de Kyoko. Cuando escuchamos su alegato final podemos respirar aliviados, hemos superado la prueba con el rechazo necesario y suficiente como para poder decirnos que Sion no justifica, no aplaude, no quiere que las mujeres mantengan ese status de mero objeto humillado como cuando vemos a Kyoko acostada boca abajo, desnuda, con sus bragas bajadas a mitad de sus muslos. Sono Sion nos ofrece esos cuerpos desnudos de sus actrices gratuitamente porque en esa gratuidad está parte de su discurso militante contra ese tipo de imágenes. A cambio, hasta que somos conscientes de que el director está de nuestro lado, el abanico cromático de la película, su rapidez acelerada que va incrementándose, el histrionismo de sus interpretaciones ayuda a hacer soportable el catálogo vejatorio que paralelamente visualizamos. El cine de Sion nunca deja indiferente y eso es algo que se agradece y que no muchos consiguen.




ANTIPORNO (Anti-Porn),  Japón, 2016. Dirección: Sion Sono. Guion: Sion Sono.Fotografía: Maki Ito. Reparto: Ami Tomite, Mariko Tsutsui. Producción: Naoko Komuro, Masahiko Takahashi.Productora: Nikkatsu. Efectos visuales: Nobuya Ishida. 75 minutos.