lunes, 22 de mayo de 2017

TOUT VA BIEN (Jean Luc Godard, 1972)


TOUT VA BIEN (Jean Luc Godard, 1972)

Todo va bien mientras nada cambie, o como todo siguió yendo bien transcurridos cuatro años del fallido Mayo de 1968. Con «Tout va bien» Godard daba por muerto, enterrado y destruido el movimiento utópico y chocaba de frente contra muros que, no sólo se han demostrado imposibles de demoler, sino que 45 años después han seguido creciendo en grosor y en altura. Godard rueda el fin de una relación que fue amorosa entre un director de cine convertido en publicista, porque el cine pasó de ser creación de arte a mero instrumento político, y una periodista norteamericana censurada, encorsetada, obligada a dar las noticias que quiere el poder y a evitar la publicidad de la ultraizquierda, y lo hace con dos bocetos, dos escenas, dos islas en medio de todo un discurso político de innegable actualidad. Yves Montand y Jane Fonda, iconos de la época, se convierten en la filmación de Godard en meros espectadores pasivos de todo lo que no ha mejorado tras la revolución, y al tiempo, para demostrar que nada va bien, menos para los que siempre les va bien todo, su relación personal quiebra y desaparece en medio del caos general producto de la frustración y desafección política.



Lo que pudo ser un documento y un manifiesto de política personal para el director suizo en aquel momento, última obra del grupo Vertov, visto hoy no es que mantenga plena actualidad, sino que sobrecoge comprobar cómo el capitalismo ha conseguido, a plena luz del día, y con la complicidad culpable de quienes tenían que combatirlo y defender la lucha contra la desigualdad, aumentar su poder e instaurar una dictadura con etiqueta de democracia. El vacío argumental de las élites del partido comunista (la escena del supermercado donde un miembro del partido vocea su mercancía carente de contenido y tilda de agitadores y contrarrevolucionarios a los que piden aclaraciones sobre frases vacías de un libro vendido al por mayor), la rendición vergonzosa de los sindicatos de clase, eliminando ese concepto de su ideario y convirtiéndose en cómplices del capital a costa de traicionar los intereses obreros, el indiscriminado y gratuito uso de la fuerza por parte del Estado para cebarse contra aquellos que, siendo más, tienen mucho menos y menos que van a tener, aunque en ocasiones se den cuenta de que no pueden correr delante de la policía siendo ellos tan pocos y los oprimidos tantos, el mensaje capitalista que sitúa el bienestar de la clase obrera en el hecho de poder participar del consumo, gaste y deje de pensar parece ser la consigna, no dejan de ser situaciones del pasado que se convierten en plena actualidad hoy en día, casi 50 años nos demuestran cómo el poder sabe perpetuarse y el sometido es incapaz de rebelarse.

La película, ofrecida como drama sentimental de pareja en ruinas, abandona ese camino para mostrar el paisaje después de una batalla nunca ganada y que nunca se va a ganar. Susanne y Jacques son ejemplo de acomodación a un mundo que les resulta ajeno, tanto hacia arriba como hacia abajo, no tomarán partido ni contra, ni a favor de los obreros que les encierran en la fábrica de embutidos junto con el director; desconocidos por los empleados sólo pueden ser aliados del capital y no, como ellos dicen, periodistas interesados en conocer las verdaderas condiciones de trabajo. En ese largo episodio de ocupación fabril, Godard aprovecha para cargar contra oligarquías de todo tipo, y de paso, ofrecer el comportamiento silente y nada comprometido de la prensa y el mundo del cine. Godard muestra los errores del conjunto para decidir hacer la revolución desde el «gauchisme», abandonar estructuras militarizadas y jerarquizadas que terminan poniéndose al servicio del poder convirtiéndose en apéndices del mismo. Si en la toma de la fábrica Godard crea escenarios simultáneos para mostrarnos cómo funciona cada estamento por separado y cómo en cada uno de ellos hay base para la crítica y el desagrado, no exento de ironía porque todo lo que vemos se termina transformando en el escenario creado para ¡rodar la propia película!, la figura del cineasta asqueado por participar de un cine burgués dirigido a la masa consumista va alejándose progresivamente de la industria para acercarse a la realidad del obrero y estudiante en lucha. Para ello incluso continuará reivindicando su nueva creación de un plano-contraplano  que elimina el segundo mediante la incorporación de escenas repetidas mediante imágenes rodadas con otras cámaras, la realidad no se altera, pero el punto de percepción nos aleja o nos acerca del hecho cinematográfico.

“Algunas veces la lucha de clase es la lucha de una imagen contra una imagen y de un sonido contra un sonido. En un filme es la lucha de una imagen contra un sonido y de un sonido contra una imagen.”, Godard utiliza el sonido para envolver el relato, o el no relato, de esta pareja, en medio de una sociedad en lucha pero desasistida de líderes creíbles y verificables que representen el movimiento y no se vendan a la primera oferta. Un tren que pasa, el ruido de una máquina, consignas voceadas o lanzamientos de bites de humo, un «jingle» de un anuncio, un estudio radiofónico donde el texto informativo suena falso y decadente son sonidos que envuelven a la imagen sin formar parte de ella; hay razones para secuestrar al director de la fábrica como para quemar los furgones policiales, hay razones para protestar contra unos sueldos miserables o unos descansos que no permiten llegar a tiempo desde el servicio hasta la cadena de trabajo sin ser sancionado con la pérdida de las primas de producción, única razón por la que el empresario vigila a sus empleados, para colocarles ante una falta permanente mientras el beneficio crece y se multiplica. Hacer cine se reduce a contar con dinero y no con ideas, hacer una película es rellenar y firmar cheques con gastos de lo más diverso y de lo más ridículo, como el hecho de pagar lo que se compra en un supermercado sólo puede ser puesto en cuestión si un grupo elimina las barreras marcadas por un capitalismo que determina lo que vale nuestro esfuerzo. El contínuo travelling final a lo largo de la fila de cajas de un supermercado tanto sirve para demostrar que el P.C.F. entró a formar parte de las estructuras económicas del estado francés limitándose a vender ideas vacías sin propósito de aplicarlas incluso dentro de los «templos del dinero», como para que el consumidor deje de comportarse como un simple pagador y empiece a poner en cuestión las estructuras serviles que sostienen al sistema. El fín del maoísmo y del grupo Vertov también puso de manifiesto que Godard no acertó con la solución al análisis, pero desde luego si que supo advertir dónde la carcoma se había asentado en quienes decían atacar al sistema.



Título: Tout va bien. Francia. 1972. Dirección: Jean-Luc Godard, Jean-Pierre Gorin. Duración: 95 min. Intérpretes: Yves Montand, Jane Fonda, Vittorio Caprioli, Elizabeth Chauvin, Castel Casti, Éric Chartier, Louis Bugette, Yves Gabrielli, Pierre Oudrey, Jean Pignol, Anne Wiazemsky, Marcel Gassouk, Didier Gaudron, Michel Marot, Hugette Mieville, Luce Marneux, Natalie Simon, Cristiana Tullio-Altan, Ibrahim Seck, Eric Charden.Productora: Anouchka Films, Empire Films, Vieco Films. Diseño de producción: Jacques Dugied. Fotografía: Armand Marco. Guión: Jean-Luc Godard, Jean-Pierre Gorin. Montaje: Claudine Merlin, Kenout Peltier. Música: Paul Beuscher. Producción: Jean-Pierre Rassam.Producción ejecutiva: Jean-Pierre Rassam. Sonido: Antoine Bonfanti, Bernard Ortion

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