jueves, 25 de mayo de 2017

SANS TOIT NI LOI (Agnès Varda, 1985)

SANS TOIT NI LOI (Agnes Varda, 1985)


El cadáver de una joven mujer aparece una mañana cerca de unos viñedos. Pleno invierno y todo apunta a una muerte natural por frío. Una desconocida, apenas vista por alguno de los paisanos días antes, vagabundeando por la zona, con una mochila a cuestas o bebiendo. La película comienza por un final anticipado en el que la labor de la cineasta implica recomponer esas semanas previas para intentar saber algo de Mona (Sandrine Bonnaire), de su pasado, de sus necesidades, de sus inquietudes, de dónde venía, hacia dónde iba, qué le pasó. Vano intento porque el desarrollo de la película es el avance incesante y predeterminado de Simone Bergeron hacia la muerte, un camino constante, apenas detenido en breves paradas igualmente insatisfactorias, hacia ningún objetivo. Este camino autodestructivo, que queda en un suspenso en varios momentos muy determinantes de la película, como unos días de convivencia con un ocupa, con una pareja de pastores, con un trabajador tunecino del campo o con una profesora universitaria, Varda lo salpica con intermitentes planos en travelling, planos en los que la cámara parece querer avanzar más deprisa que la propia Simone, una cámara que acompaña ese deambular sin rumbo preciso y que sigue su movimiento pese a que Simone se detenga. Como Mona se mueve sin rumbo, sin una velocidad constante, personaje y cámara volverán a encontrarse y a confluir en la ruta, hasta que un nuevo suceso, persona o circunstancia vuelva a detener la deambulación de la joven, parecería que la cámara no quiere detener lo inevitable, como si señalara el camino decidido a la joven que, en algunos momentos, podría dudar de lo acertado de su determinación.

La música de Joanna Bruzdowicz acompaña los travelling, hay una obsesión del personaje por escuchar música, por tener una radio, por conseguir una música que la aferre a la realidad, que desconecte su mente, que anule ese propósito íntimo que la directora no nos oculta desde el primer minuto de la película; pero su cerebro mantiene unas ondas constantes imposibles de desactivar, temporalmente podrá surgir un interés por algo, por alguien, esa sensación de sentirse cuidada, querida o acogida, pero la música que terminará acompañando a Mona paradójicamente se titulará “La vita”, una vida que transcurre de manera precipitada hacia su conclusión por voluntad propia. En una edición con extras de la película, la propia directora encadenó esos travelling consecutivamente con la música de fondo enlace al vídeo, como homenaje a la propia compositora, dando como resultado un corto de tres minutos y medio con vida propia, donde se comprende a la perfección el sentido del viaje y el deterioro progresivo de la joven, expuesta a su propia desesperación y a la intemperie, “Sans toi ni loi” se convierte en un camino consciente hacia la autodestrucción en el que, sin embargo, no predomina una visión social negativa, una falta de solidaridad, un abandono institucional que provoque el desenlace, sino un personaje, a medio camino entre la ficción y el documental, que desarma en su fragilidad y en su aparente fobia social, que ha tomado una decisión sin que, realmente, exista una razón comprensible para ello.


A la ficción Varda le acompaña un tratamiento de veracidad, aquellas personas que se cruzaron o se acercaron a Mona van apareciendo sucesivamente en pantalla, son manifestaciones minimalistas, un detalle, una  palabra, una situación, un pequeño perfil instantáneo de lo que imaginaron al ver a la joven, incluso hasta envidia de tanta libertad, bocetos impresionistas que unen la película (rodada en los alrededores de Arles y Nimes) con los espacios dibujados por Van Gogh, Cézanne, Signac, Millet, pero en esta ocasión carentes de luz y color, los paisajes de la Provenza y Costa Azul se nos muestran absolutamente descarnados, en mitad del frío y con las luces apagadas del otoño y el crepúsculo de los días cortos y las noches muy largas, no son lugares acogedores ni apetecibles, Mona se mueve entre la naturaleza y el abandono, sus refugios temporales se encuentran en edificios abandonados, como su propia persona, desaseada, sin higiene, con la misma ropa, unas manos sucias en contraste con las de la profesora universitaria que la acoge un par de días, más como curiosidad que con verdadera intención de ayudar, “¿por qué has renunciado a todo?” le pregunta, “porque así el champán sabe mejor”. Su fobia social se atempera en momentos donde parece que está dispuesta a reconsiderar su camino hacia el precipicio, momentos fugaces rápidamente diluidos en la realidad de un avance que solo se ha postpuesto para ser retomado con más fuerza. El pastor, él mismo trashumante durante una temporada, recuerda en la muchacha su propio pasado reciente y avisa, «hay un momento en el que hay que parar o te destruyes», para, días después, desconcertado ante ese nihilismo autodestructor a Mona que «no eres nada», en reflejo a esa vida meramente animal a la espera de consumirse poco a poco, una vida que no es errar, sino un error.



En ese camino hay gente que ayuda, casi nadie cierra la puerta o deja de ofrecer algo a la vagabunda, pero también hay quien ofrece a la espera de recibir algo a cambio, casi siempre sexo en el caso de los hombres. Los hay que se conforman con un no y los que toman por la fuerza lo que se les niega, hay hombres más pusilánimes que, sin embargo, son empujados por mujeres dominantes a deshacer todo rastro de la joven. Del cuerpo mirado con deseo mientras sale del mar y se seca en una fresca tarde de otoño al comienzo de la reconstrucción de esas semanas previas, al cuerpo que termina tendido en medio de la zanja donde un agricultor lo encuentra han pasado muchas cosas, pero ninguna he hecho mella en Mona; pequeños destellos, pequeñas iluminaciones, pequeños autoengaños a los que se termina respondiendo con un nuevo rumbo perdido y errático en el que se va despojando de lo poco que se tiene, para terminar, como un fantasma, deambulando con una simple manta incapaz de calentar un cuerpo que hace tiempo se ha enfriado por dentro.



SANS TOIT NI LOI. Francia. 1985. Dirección y Guión: Agnès Varda. Productor: Oury Milshtein. Música: Joanna Bruzdowicz. Fotografía: Patrick Blossier. Intérprete: Sandrine Bonnaire,Macha Méril, Yolande Moreau, Stéphane Freiss, Marthe Jarnias, Joël Fosse. 105 minutos.