jueves, 4 de mayo de 2017

PARIS EST UNE FÊTE UN FILM EN 18 VAGUES (Sylvain George, 2017)


PARIS EST UNE FÊTE. UN FILM EN 18 VAGUES. (Sylvain George, 2017)

Posiblemente, si no la mejor, una de las mejores películas sobre el movimiento del 15M procede de este director francés con su «Vers Madrid», cronológico relato a pie de calle de un sueño que pareció remover las anquilosadas bases de un sistema putrefacto y permitir pensar en un mundo político diferente, aunque terminara en un sueño rápidamente evaporado y neutralizado por los verdaderos poderes. También cuenta en su haber el director con uno de los más demoledores y afilados reflejos del drama de la emigración y el refugiado en su película «Les éclats», donde un territorio como Calais, sin adornos ni manipulaciones, se convierte en nuestra retina, en un campo de concentración vergonzante en medio del primer mundo. Ahora, con su última película, el director parece compendiar sus dos obras anteriores en medio de una ciudad sitiada, Paris. Inmigración, refugiados, atentados, estado policial y contestación juvenil son los ejes con los que Sylvain George, uno de los documentalistas que más me interesan por su acreditada trayectoria y compromiso, pese a su relativa juventud, cámara en mano, en su preferido, y envolvente, blanco y negro, rueda este collage sintomático de cómo el mundo se mueve por parámetros que casi todos sabemos calibrar pero casi nadie se atreve a contestar.

No es fácil conseguir saber hasta dónde llega una ola y se distancia de la siguiente, la resaca entre todas ellas impide definir que el relato se fragmente en 18 partes, porque es en la amalgama de imagen  y la palabra, escasa, de sus protagonistas, ya sean emigrantes o estudiantes, donde el film alcanza su verdadero sentido. En una entrevista concedida a Amador Fernández Savater con ocasión de su «Vers Madrid», George afirmaba que «Cuando apareció este proceso (el 15M), cuando comenzó a tomar forma, mi mirada, como la del mundo entero, se volvió hacia Madrid (de ahí el título del film: Vers Madrid). ¿Qué es lo que estaba sucediendo? ¿Cómo podían varios cientos de personas reunirse de tal manera en asambleas, construir en pocos días semejante "campamento", una isla utópica, un espacio heterotópico? ¿Estaríamos tal vez ante la primera revolución del mundo occidental en el siglo XXI?». Parte de ese espíritu subyace en el tramo final de «Paris est une fête», la necesidad personal de comprobar que aquella mecha, aquella semilla brotada de la indignación y la desesperanza, tiene recorrido y se mantiene viva, que prolifera en otros paises, en este caso, en Francia con el movimiento «Nuit debout», movimiento que, casualmente, como en España, surge en los estertores de dos gobiernos socialistas que terminaron dando la espalda a la socialdemocracia para rendirse completamente a las exigencias del capital, hipotecando no sólo el futuro de sus propios partidos, sino colocando a la izquierda europea en una clara situación de debilidad y desconfianza del electorado.
George no hace ni proselitismo ni soflamas políticas. Cámara en ristre, en la calle, pisando la cotidianeidad, utilizando lo que sus ojos ven día a día, como si las «vagues» del título reivindicaran aquella otra «vague» pre y postsesenta y ochista, el director sigue a inmigrantes que deambulan por las calles de París, un París policial, hiperprotegido, lleno de armas visibles y efectivos armados que proporcionan la falsa sensación de seguridad a costa de nuestras libertades. Noches oscuras del alma de lo que fue sinónimo de libertades. Un estado de emergencia provisional que termina convirtiéndose en algo incuestionable y de permanencia aterradora, donde el diferente en raza o religión, si es que en una sociedad como la francesa ser de raza negra o ser musulmán puede considerarse diferente en función de la proporción de población, se convierte automáticamente en sospechoso. La ciudad luz se convierte en la ciudad de Victor Hugo, los miserables del s.XXI también duermen en calles, mal comen lo que pueden, y las nuevas generaciones de la clase media se sienten mucho más cerca de estos desplazados, tratados como residuos tóxicos del sistema, que del relativo confort del que provienen. Unos inmigrantes que no pueden protestar porque bastante hacen con sobrevivir y evitar las expulsiones, junto con estudiantes dispuestos, al menos de manera temporal, a expresar su contrariedad en las calles, calles que, como estamos habituados a ver, se limpian a golpes y con cargas policiales, porque el enemigo no deja de ser el que tiene razón en protestar, incapaz éste de comprar el poder de la fuerza mediante la estrategia de las urnas.

El director recorre así los nuevos éxodos del siglo XXI, desde Centroáfrica hasta París, desde Afganistán y Siria hasta los sucios colchones usados tirados en las inmediaciones del Canal de St. Martin, inmigrantes hostigados por la policía que, no tiene mejor momento del día, que la medianoche para obligar a moverse a quienes no tienen otro lugar al que ir. Un rostro, tan negro como la noche que lo acoge, cuenta su odisea y su decepción, o unas manos en primer plano que terminan simulando un hipotético combate de boxeo partiendo de la representación de una unión que necesita fuerza para hacerse visible. Qué falsa suena la navidad, los comercios, la decoración, la hipócrita cara de felicidad cuando a dos pasos el mundo parece haberse detenido y regresado al momento en que las personas, por el solo hecho de serlo, carecen de derechos si no vienen acompañadas de dinero. Todavía quedan ganas de reir incluso entre estas gentes, aunque las noches sean un vagar por una carretera apenas iluminada por la luna llena sobre el cielo de Paris, recuerdos de manifestaciones de apenas hace una década donde murieron jóvenes, manifestaciones que terminaron con el incendio en la banlieu ante la pasividad de unos dirigentes incapaces de eliminar la desigualdad y de promover políticas de verdadera integración, confortablemente instalados en sus mansiones de los boulevards mientras la masa se ahoga para llegar a fin de mes. Tal acumulación de imágenes y fragmentos de realidad que, por sabidas, no dejan de suponer un mazazo respecto a nuestra idealizada sociedad inerte.

Si en «Vers Madrid» podía apreciarse el espíritu festivo junto al reivindicativo, nuestros ojos han cambiado en apenas 5 años, ahora vemos escenas similares, menos multitudinarias, más rápidamente reprimidas para evitar asentamientos y una publicidad negativa de contestación contra el poder, pero ya no podemos verlas con esperanza u optimismo, sino con la melancolía que provoca el esfuerzo baldío e insuficiente. Se leen poemas, se cita a Saint Exupery, a Michaux, a Godard, se canta a Brassens y Moustaki, pero las consignas nos cuesta creerlas, que los jóvenes simulen el balido de ovejas ante la policía ya no nos hace gracia porque sabemos que la inmensa mayoría somos corderos, que se coree «on va brûler» podría enardecernos pero sabemos que nada va a arder en la vieja Europa conservadora, salvo que la reacción, de reaccionaria, no se conforme con lo que tiene y se instaure el nacionalismo más excluyente, el de las fronteras cerradas. La que llaman invasión volcánica de rascacielos en medio de las grandes urbes no amenaza erupción, sino más bien sacrificios de masas que siguen soñando en un mínimo confort antes de rebelarse ante tanta injusticia. «Nuit debout, Valls de genoux», «que nadie entre si no está en revolución, que nadie salga si no está convencido», Paris fue muy buena para las consignas, incluso para las revoluciones, aunque todas terminaron como ya sabemos, menos la de 1789, pero ésta, con el paso del tiempo, dió origen a más palabras y discursos filosóficos que hechos. Ahora el epílogo a tanta protesta se encuentra entre cubos de basura mientras los jóvenes se encuentran en los bares de moda de los muelles del Sena, la democracia sigue ausente y cada uno pasa el tiempo como puede o le dejan. Hay tanto círculo que, al final, la gente se marea dando vueltas. Apenas nos queda égalité ni fraternité, ahora ya van a por la liberté, y cada vez queda menos.



Título original: Paris est une Fête - Un film en 18 vagues. Francia. 2017.Dirección: Sylvain George. Duración: 95'. Fotografía: Sylvain George. Montaje: Sylvain George. Producción:Noir Production

TRAILER