lunes, 8 de mayo de 2017

ONE MORE TIME WITH FEELING (Andrew Dominik, 2016)

ONE MORE TIME WITH FEELING (Andrew Dominik, 2016)

Atractiva como sólo la creación artística puede ser, y dolorosa como sólo la muerte de un hijo puede suponer, el documental de Andrew Dominik muta obligadamente como consecuencia de una tragedia. Pensado como material promocional para el último disco de Nick Cave and the Bad Sees, una muerte cambia el sentido de película y canciones. Soberano documento sobre el dolor y la inexistencia de respuestas y salidas a una edad en la que ya no te encuentras con fuerzas para empezar de nuevo.

Hay películas que se construyen por el personaje y donde el director asiste como convidado apenas necesario a la explosión desbordante de una personalidad incontrolable, hay otras ocasiones en las que el director sabe acompañar la singularidad del personaje con una minuciosa y delicada puesta en escena que facilita que la persona ofrezca todo su potencial al espectador (recuerdo sin ir más lejos la excelente simbiosis en «Oleg y las raras artes» entre el propio Oleg y el director, Andrés Duque, que supo vislumbrar en el músico la potencialidad de su manifestación como persona para construir una película alrededor suya) y ocurre que hay veces donde la casualidad proporciona un giro decisivo al relato y lo proyecta más allá de su propósito inicial, como fue el caso de «O futebol» de Sergio Oksman o como es el caso de esta última aventura fílmica de Andrew Dominik en el campo del documental, películas en las que la muerte, sorprendente e inesperada, cambia por completo el significado de lo rodado y de lo que queda por rodar, donde las imágenes y la palabra alcanzan una trascendencia desconocida simplemente por saber lo que hay detrás de esos rostros doloridos y ensimismados.

Lo que Dominik (hasta ahora director conocido por sus películas de género) planificó, desaparece por arte de magia depresiva cuando uno de los hijos del cantante y compositor australiano Nick Cave y su esposa Susie Bick, se despeña por un acantilado de Brighton en pleno proceso creativo de su último album y muere. Construida sobre un dolorido recuerdo que va a convertirse en imborrable porque nadie va a volver a ser el mismo que fue previamente, rodada en un necesario, ajustado y acertado blanco y negro que se rompe, a mi juicio innecesariamente, una sola vez, y contenida en un discurso impecable del propio cantante y su esposa, recordando no lo perdido sino los efectos de la pérdida, afrontando ese periodo de duelo personal e intransferible desde la soledad compartida de sus propias experiencias, las letras de las canciones de su disco «Jesus alone» se convierten, de manera inconsciente, pero clara, en preámbulos de lo que sucedió, como si el músico hubiera previsto la llegada de tan luctuoso suceso a su vida, lo que fue creado con un fín remite, inexorablemente, al recuerdo de la pérdida reciente aunque ese no era el propósito. Estamos ante la película que es pero que puede que no hubiera sido nunca, un objeto artístico que se transmuta como consecuencia de algo no previsto, no guionizado. Una película-entrevista que se planificó como material publicitario para la obra musical y que se transmuta de manera imprevista, donde el matrimonio parece, en muchas de las tomas, sobre todo cuando ambos están juntos, y juntos recuerdan al hijo ausente, a ese par de granjeros del cuadro gótico americano del pintor Grant Wood, más expresiva ella, más hierático y consumido él, pero conscientes de que hasta su relación de pareja puede estallar como consecuencia de la tragedia.


“Es el cambio entre un mundo conocido y un mundo desconocido que deviene una prisión... Y cuando sales fuera, ese mundo es el mismo pero tú has cambiado... Encuentras a un amigo en la calle que te dice algo amable y te echas a llorar en sus brazos... y entonces te das cuenta de que en realidad no es tan amigo tuyo... Te descubres rodeado de ojos amables y te preguntas: ¿cuándo me he convertido en un objeto de lástima y compasión?”, dice Cave ante la pantalla, frases elocuentes, profundas, pensadas, pero frases llenas de interrogantes sin respuesta, a una edad en la que cualquiera se siente ya con gran parte del camino recorrido, sin esperanzas, ni deseos, de cambios profundos, precisando la tranquilidad del bienestar conseguido por los años, este mazazo supone empezar de nuevo cuando ya no se quiere asumir esa responsabilidad, pero que, no queda otra, ha de afrontarse para poder continuar. Las canciones tenían una narrativa consciente, todo estaba coordinado y todo parecía agradable, pero ahora, la grabación de ese disco no sólo es una pesada carga para el protagonista, sino para todo su entorno, desde el grupo hasta su pareja y el propio equipo de la película, que sienten la necesidad de hablar de aquello que se convierte en un tabú social pero que se encuentra sobrevolando todo lo que se haga porque resulta inevitable. Para Cave el reto se asoma como un esfuerzo de magnitud insuperable, acostumbrado a una linealidad confortable, la vida le sorprende con una falla sísmica que no esperaba, la vida deja de ser como uno desearía para convertirse en algo muy diferente del relato lineal clásico, la vida te cambia cuando no lo habías planificado, y cuando tu cuerpo empieza a menguar, resulta que sufres un colapso añadido, cuando todo cuesta mucho más esfuerzo y más tiempo te enfrentas a algo desconocido y para lo que nadie se encuentra preparado sabedor de que tus fuerzas hace tiempo que llegaron a su límite y ahora van decayendo.

Porque a la grandeza del testimonio por las palabras que desglosa el cantante y las que aporta su esposa, más tímida, menos participativa, más reservada, la linealidad narrativa que Dominik se exige para presentar las nuevas canciones queda superada por el contenido de las letras y las músicas. Por más que Dominik intente aportar a los momentos en que escuchamos las canciones un toque visual personal, un punto de qualité que, quizás, nadie ha pedido pero que forman parte de su creatividad visual, todo resulta innecesario, sobre todo la persistencia en rodar las canciones en planos circulares inacabables porque el espectador se siente más atraído por lo que se canta y se toca que por lo que se ve cantando y tocando; poco importa la imagen cuando es la palabra la que dota de sentido todo lo que vemos. Por eso esta película se construye desde la generosidad del cantante no interrumpiendo lo que hubiera sido natural hacer; él mismo no se lo explica al considerar ilógico estar ahí, hablando de su disco, o de su hijo, o de cómo las canciones son diferentes ahora que hace unos meses, cuando lo que le pide el cuerpo es apagar la cámara y dedicarse a su dolor y su pena sin desnudarse públicamente, porque nadie quiere cambiar, quieres pequeñas modificaciones para ir a mejor (normalmente en lo material), pero cuando ocurre una desgracia como ésta, resulta que el mundo que te rodea sigue siendo el mismo pero tu te has convertido en otra persona y hay que volver a renegociar todo desde el principio, empezando por la propia posición en el mundo, porque como dice su amigo y miembro del grupo Warren Ellis, alguien debe cantar el dolor.


El propio Cave se considera un monumento en ruinas, interrogándose ante el espejo apenas se reconoce a como era unos meses atrás, sus ojeras, su piel flácida, en definitiva, sus años, han salido a la luz de golpe y ante un accidente fortuito que muchas cosas familiares impiden olvidar, porque incluso la familia guarda cuadros de sus hijos donde aparece pintado el mismo acantilado por el que se despeñó el joven. De nuevo la premonición, de nuevo las cosas que han ocurrido de manera muy diferente a lo esperado, las consecuencias terribles en el proceso creativo porque las palabras, y la vida, han dejado de tener el mismo significado que antes enfrentado el matrimonio ante una foto de cuando eran jóvenes y se sentía la individualidad de cada uno pero también la íntima conexión que, incluso ahora, temen perder pese a que se nota de manera evidente que persiste. El tiempo se ha convertido en algo elástico y traumático para el cantante, siente que ha perdido el control sobre todo, que le ha afectado de manera desconocida y, por lo tanto, aterradora, que las palabras huecas y estereotipadas de consuelo no producen ningún efecto benéfico, sino al revés, porque sabe que lleva a su hijo en su corazón, pero su hijo ya «no está» en el corazón de Nick Cave ni volverá a estar. Nick Cave ha perdido la esperanza en lo bueno del mundo, como ha perdido la fe en si mismo. Todo lo que oímos y vemos destila una trágica belleza comprensible, pese al cambio de rumbo obligado en la película, ésta se convierte en un auténtico monumento de autenticidad y credibilidad, un esfuerzo sobrehumano de dos personas para seguir haciendo cosas que les impidan pararse a pensar demasiado en su desgracia hasta colapsarse. Ha desaparecido la socarronería y buen humor de «20000 days at earth», estamos en el mundo oscuro de los dos mismos personajes y, cinematográficamente, la experiencia es sublime.



Título original: Nick Cave: One More Time with Feeling. Australia. Año: 2016. Duración: 112 minutos. Dirección: Andrew Dominik. Guión: Andrew Dominik. Participación: Nick Cave & The Bad Seeds. Montaje: Gareth Bishop. Dirección de arte: Stuart Renfrew. Sonido: Joakim Sundström. Música: Nick Cave & The Bad Seeds. Fotografía: Benoît Debie, Alwin H. Küchler. Productora: Pulse Films (Reino Unido), Iconoclast (Francia)