miércoles, 31 de mayo de 2017

MAKALA (Emmanuel Gras, 2017)




MAKALA (Emmanuel Gras, 2017)

 
La ruta se llena de caminantes que van de un lugar a otro con su vida a cuestas, los arcenes de las rutas africanas, en este caso el Congo, se convierten en autopistas de mercaderías donde muchas veces es el esfuerzo físico el que transporta, y no un vehículo que constantemente amenaza como un peligro a los peatones. Kawbita es uno de tantos que deciden probar fortuna y sobrevivir caminando jornadas y jornadas para conseguir lo más básico que permita durante unas semanas cambiar una dieta miserable hasta el siguiente cargamento transportado con un esfuerzo sobrehumano. Las imágenes se comportan de manera injusta con la historia, en la belleza del plano, en el juego de la luz nocturna, en el reflejo de la iluminación de las llamas por la noche hay un componente de tradición y atracción hacia la historia que, en el fondo, ocultaría parcialmente la indignidad de este trabajo y las misérrimas condiciones de vida en que se desarrolla.


Imaginen una bicicleta en la que no puedan montar, una bicicleta que hace las funciones de un carro, ataduras infinitas para conseguir colocar la mayor carga posible, y 50 kilómetros por delante hasta la ciudad donde conseguirás, o no, vender el cargamento que, previamente has elaborado. 50 kilómetros a pie, empujando un centenar de kilos por pistas de arena, asfalto, piedra, cuestas, bajadas, un camino a lo largo de una parte de un país que puede ser cualquiera del África central. Rodada como documental su historia es tan simple como demoledora, la preparación del viaje, el viaje y la ciudad son sus tres partes diferenciadas, un camino de ida y vuelta permanente que demuestra, al tiempo que seguimos la andadura de este carbonero congoleño, la realidad más cruda de un país sin administración. Premiada en la recientemente terminada edición de Cannes dentro de la sección Semana de la Crítica, la cámara se transforma en testigo de un esfuerzo sobrehumano en medio de la pobreza para conseguir unos mínimos recursos que no impiden que el protagonista sueñe con su particular enriquecimiento. Kabwita y Lidia viven en una pequeña aldea, en una choza sin agua corriente y sin luz, su menú diario es rata frita, tienen tres hijos que necesitan medicinas asediados por el  problema de la diarrea. El trabajo de Kabwita empieza talando un árbol, cortando la madera, haciendo una pira, recubriéndola con capas de tierra que sellen la salida de aire y pegando fuego al interior para que la madera se transforme en carbón, el carbón que hay que llevar a la ciudad para vender.
El viaje se transforma en una reposición del mito de Sísifo que, culminado, no produce el efecto esperado, si acaso provoca el incremento de la desesperación al comprobar cómo con un saco de ese carbón apenas se puede comprar un bote de medicinas para los hijos, y mucho menos las 15 planchas metálicas que quería para empezar a construir su nueva casa, ese sueño dibujado una noche a la luz del fuego mientras le cuenta a su esposa la distribución de las habitaciones y qué tipo de árboles frutales van a plantar. Estamos, y es cierto, ante una cámara que termina retratando la pornomiseria que decían los directores sudamericanos de los 70-80, reflejar una realidad sin posibilidad de cambio, hacernos sentir culpables desde la comodidad de nuestros salones, por eso no es de extrañar que el director, posiblemente consciente de la impudicia social a la que somete a nuestro protagonista, cuya vida no es muy diferente a la que deja filmar, decida dar un giro final a su relato demostrando que, en las peores circunstancias aún podemos recurrir a salvaciones peores, como las de una iglesia del santo Job que funciona como catarsis colectiva y donde, influidos por un ritmo musical que termina provocando un efecto hipnótico, Kabwita y todos los fieles se sumergen en un intento de vana esperanza dejando su futuro en manos de dioses, sabiendo que ya no pueden esperar gran cosa del reino de los hombres. Hay mucha resistencia en personas como Kabwita, pero también mucha desesperación, mucha imposibilidad, mucha ruindad. Es un documental que estéticamente funciona con belleza absoluta, pero su ruido de fondo es el de una miseria desoladora y nada optimista, mucho menos si creemos que la solución llegará de lo inmaterial.



MAKALA. Francia. 2017. DIRECCIÓN: Emmanuel Gras. PRODUCCIÓN: Nicolas Anthomé. GUIÓN: Emmanuel Gras. FOTOGRAFÍA: Emmanuel Gras. MONTAJE: Karen Benainous. SONIDO: Manuel Vidal, Simon Apostolou. MUSICA: Gaspar Claus. Con: Kabwita Kasongo, Lydie Kasongo. 97 minutos.