domingo, 21 de mayo de 2017

DÉJAME SALIR (Get out, Jordan Peele, 2017)



DÉJAME SALIR (Get out, Jordan Peele, 2017)


Ha llegado la hora de la revancha, finalizada la era Obama es hora de saldar cuentas con la comunidad negra, los nuevos mercados de esclavos no son públicos, pertenecen a las élites y es tiempo de sentar las bases de una nueva supremacía orientada a mejorar las condiciones de vida de los blancos a costa de los negros. Sin terminar de romper barreras, un presidente negro en la Casa Blanca es material incendiario para que las larvadas ideas de predominio racial resurjan en quien cree haber visto peligrar su posición y amenazada su voluntad de hacer con las personas de otra raza lo que le venga en gana. Cotos de exclusividad social, aislamientos conseguidos a base de dinero, para mantener nuevas esclavitudes ahora que la ley no ampara al amo; nuevos métodos para anular voluntades y conseguir lo que, ni la naturaleza, ni el dinero, te pueden proporcionar sin abusar de tu posición dominante. Secuestros del mundo moderno facilitados por modos de vida individualistas y sin relaciones sociales. La película de Peele puede juzgarse de manera literal por la historia que ofrecen las imágenes, o metafílmicamente como retrato de una sociedad capaz de escoger a un presidente como el actual, digno líder de una familia blanca como la coprotagonista de “Get out”, los Armitage, suaves y acogedores por fuera y muy oscuros y siniestros por dentro. Dos escollos lastran la película, muy prometedora y de conseguida ambientación, olvidar el innecesario preámbulo porque condiciona demasiado el desarrollo posterior de lo que vamos a ver, que hubiera funcionado con mayor solvencia en los terrenos del thriller de terror de no plantearnos tan a las claras lo que va a ocurrir al despejarnos en su primera escena el verdadero macguffin de su trama, y su final, mezcla de elogio de la amistad y triunfo del superhombre, que echa por tierra gran parte de sus hallazgos visuales y de argumento porque es lo que queda impreso en la retina dada su inmediatez con la conclusión y hace empequeñecer, quizás inmerecidamente, todo el tramo intermedio.

Puede que necesitados de cine de género que aporte algún atisbo de novedad y calidad, películas pequeñas que jueguen a la simple creación de un clima de tensión con calidad y alternativas poco vistas en la ficción se ganen al público y a parte de la crítica, pero tampoco hay que dejarse engañar, en “Get out” no hay tanta novedad, no hay tanta originalidad. De hecho ese clima, eliminado el componente racial, no es tan distinto ni distante que el de “La invitación” de Karyn Kusama, o el de “Coherence” de James Ward, películas que juegan a la creación de un clima progresivo de incomodidad hasta que se produce el desenlace, con la variante de que en este caso no es el invitado el peligro, sino el objeto de la caza. Acostumbrados a ver en el cine cómo muere el indio, el porteador, el negro…..colocar al protagonista afroamericano en el centro de la tensión, amenazado, o subconscientemente amenazado por una jauría de blancos todo cortesía exterior; y visiblemente incómodo y vigilado con la presencia de dos sirvientes negros que recuerdan en la lejanía de la memoria a aquellos zombies de Tourneur, el personaje de Chris (un exagerado y plagado de tics Daniel Kaluuya) produce la empatía emocional del contrincante más débil que ha de intentar sobrevivir usando armas para las que está minusvalorado por sus oponentes.


En el mensaje político de la película, aspecto del máximo interés frente a ese previsible y poco sorprendente final,y  obviando sus logros en cuanto a la recreación moderna y silenciosa de un mercado de esclavos con subasta incluída, o las escenas en las que el protagonista cae víctima de una hipnosis tenebrosa a manos de la psiquiatra Catherine Keener; el mundo de la negritud reivindica su derecho a no volver a dejarse manipular, a no dejarse someter, a no creer en falsas conversiones de las élites blancas; se reivindica su derecho a luchar y mantener un status de igualdad sin diferencias raciales, aunque para ello la lucha se termine estableciendo a muerte. Aunque esa igualdad Peele no oculta que se va a conseguir mediante compartimentos estancos, pues desde un primer momento los personajes negros de la película sienten el recelo, inicialmente injustificado, de mezclarse en un mundo de blancos por muy enamorados que estén de la joven blanca, antiracista y sin prejuicios. Alcanzada la presidencia del país más poderoso del planeta, los “hermanos” no pueden admitir una nueva sumisión si no es mediante métodos que anulen su voluntad; la lucha de clases termina mutando en lucha de razas donde no vale ni el discurso filosófico ni el argumento político porque, como en toda historia de la humanidad, vence el más fuerte, o, por lo menos, el que puede unir a la fuerza, una inteligencia superior. Ese buen regusto que va dejando la forma de plantear el horror que se avecina y del que Chris empieza a ser consciente desde el primer momento en que aterriza en la casa de los padres de su novia blanca, pierde gran parte de fuelle y fuste en su apresurado, convencional y edulcorado final; si pueden olvidarse de su primera escena y ser benevolentes con su final, es muy posible que consigan disfrutar mucho más la interesante, aunque irregular, primera película del director  Jordan Peele.


Estados Unidos. 2017. Título original: Get Out. Director: Jordan Peele. Guion: Jordan Peele. Productores: Jason Blum, Edward H. Hamm Jr., Sean Mckittrick, Jordan Peele. Productoras: Blumhouse Productions / QC Entertainment. Fotografía: Toby Oliver. Música: Michael Abels. Montaje: Gregory Plotkin. Dirección artística: Chris Craine. Reparto: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener, Bradley Whitford, Caleb Landry Jones, Marcus Hendserson, Betty Gabriel, LilRel Howery, Lakeith Stanfield, Stephen Root.