domingo, 14 de mayo de 2017

BRUMAIRE (Joseph Gordillo, 2015)

BRUMAIRE (Joseph Gordillo, 2015)

El 18 de Brumario del VIII año de la República (nuestro 9 de noviembre de 1799), Napoleón Bonaparte acabó con el Directorio e instauró un régimen dictatorial en Francia con apariencia de legalidad impuesta por las armas. Los nuevos golpes de estado no necesitan armas, los muertos se transforman en zombies vivientes que reciclan las basuras del sistema mientras otros aumentan su lucro. El «Brumaire» del título mantiene esa resonancia histórica trasladándola a los efectos nocivos de la desindustrialización, lo que se va venido en llamar «deslocalización», que no es sino cerrar fábricas para abrirlas donde el rendimiento económico sea mayor y los derechos sociales de los obreros mucho menor, para, de paso, acabar con el concepto de clase obrera, instaurar el individualismo alienado como respuesta contemporánea a los desmanes del poder y ofrecer, de manera soberbia, el catálogo actual de nuestras ruinas. Una clase obrera que no sabe que lo es pero que sí sabe que no tiene ganas, fuerza ni argumentos para luchar, agotada con limitarse a sobrevivir, y otra ya jubilada, o prejubilada, que se lamenta de no haber continuado la lucha hasta el final, hasta haber conseguido mantener abiertas las factorías, las minas, la solidaridad obrera. Una clase obrera del pasado que se lamenta de la rendición porque los efectos han sido devastadores, y unos jóvenes condenados a trabajar para ser pobres toda su vida. Sobre esto deambula la película de Gordillo, y lo hace magistralmente para reflejar un pasado nada lejano y un presente totalmente demoledor.
«Brumaire» utiliza dos voces que van dándose paso alternativamente, estableciendo un diálogo muy marcado entre la voz del maduro minero que vivió el cierre de las instalaciones en Lorena, y la voz y la vida diaria de una joven limpiadora, harta, menospreciada, llena de amargura y con pocas esperanzas de vida, hija de minero pero que, en su crecimiento abrupto dentro del mercado laboral, en apenas diez años ha perdido cualquier afán reivindicativo, sintiendo colmada su felicidad con la posibilidad de haberse comprado un coche, ese coche que pasa a ser el símbolo de un éxito personal a falta de aspiraciones mejores o más realistas. El lenguaje del recuerdo de la lucha, de la resistencia, de la camaradería se opone, así, al lenguaje de alguien que carece de recuerdos laborales porque el trabajo, tan duro como aquél, no aporta ningún alimento espiritual, el trabajo de la joven es soledad absoluta, el del minero era grupo y apoyo, del conjunto al individualismo, divide y vencerás. Para remarcar la apuesta, Gordillo opta por diferenciar las imágenes, hay un mundo en blanco y negro para recordar ese pasado que se desmorona poco a poco, desmontando el recuerdo de los pozos mineros se desmonta, y se elimina, la mortecina semilla que pudiera hacer reverdecer cualquier espíritu de lucha, y hay otro mundo en color para demostrar que no hay vida en los recovecos de quien señala el trabajo como un impasse entre una jornada y otra carente de ambiciones o de inquietudes. El pasado se ofrece como una sucesión de fotografías montadas con dinamismo y a las que el montaje dota de vida mediante el recorrido de la cámara sobre las imágenes captadas durante dos años por el propio minero que nos habla, de 1999 a 2001, mientras el presente es una grabación de película normal siguiendo el día  a día de una limpiadora que al llegar a la mayoría de edad decidió dejar de formarse y convertirse en mano de obra barata.

Cerrada la última mina de Lorena en 2004 para dar paso al carbón de países como Colombia y Polonia, más barato porque su extracción cuesta mucho menos donde los derechos laborales son menores o inexistentes, los efectos sobre la región son iguales a los de una posguerra sin poribilidad de recuperación. Un territorio de Europa que fue objeto de sucesivas guerras, precisamente por la posesión de esa riqeuza natural, ahora es el paisaje de otra batalla no menos cruenta ni despiadada, la que ha provocado que miles y miles de personas deambulen en busca de trabajos ruinosos sin contar con ningún apoyo y sin saber buscarlo. Las huelgas se han convertido en más controlables desde que los mineros no ayudan porque ya no existen, la violencia de las manifestaciones ha quedado en manos del poder policial, sin organizaciones combativas que se les enfrenten con la misma determinación o aún mayor, «alguien tenía que empezar a repartir ostias para animar los compañeros y ése era yo, nunca nos doblaron el espinazo, si acaso alguna vez empatamos», «éramos un ejército que iba a la guerra», pero siempre con un objetivo y unas reivindicaciones, primero mejorar las condiciones laborales y sociales, después luchar por mantener lo poco que quedaba. Frente a ellos y su determinación, las frases de ahora suenan a derrota, «nos han robado la cólera y la indignación, hacen de todo para callarnos», que sonando mientras una joven pareja cena sentada en un sofa devorando lo que vomita una televisión no resulta nada alentador. La Lorena de ahora ha olvidado lo que hicieron los mineros, y hasta es probable que los mineros hayan olvidado lo que fueron y lo que hicieron, tanto como para que en las últimas elecciones municipales el candidato más votado fuera el de la extrema derecha, o que las nuevas generaciones hayan asumido que la política sólo intenta ahogarlos, tomar decisiones en contra de la mayoría y decidir no votar porque no cambia nada.
Un ejército que cantaba antes de enfrentarse a la policía frente a una banda desarmada y desorganizada que sólo clama en el interior de su mente contra las injusticias diarias; frente al «primero combatíamos y después negociábamos», ahora no hay ninguna contestación ni capacidad de organizarse en grupos de resistencia. La banda sonora repleta de ruidos metálicos e industriales va calando en el cerebro del espectador para conseguir eliminar cualquier sospecha o duda, no hay camino posible salvo el del agotamiento del poder, que la ambición sea tan desmedida como para que, llegada a tal extremo de pobreza la masa, decida reverdecer episodios anteriores al 18 de Brumario, pero como se puede advertir, en apenas 8 años el espíritu revolucionario fue barrido y sometido al poder de las armas, como ahora puede estar sometido y aniquilado al poder del dinero. El cierre de la mina conlleva el desmantelamiento de las instalaciones, la supervivencia de un par de torres como reflejo turístico de lo que fue una realidad, un museo para celebrar lo que ha muerto, el arrasamiento de las barriadas obreras para levantar bloques que sustituyan las pequeñas casas individuales donde la comunidad se hacía más fuerte conociéndose todos entre sí y compartiendo las necesidades y las injusticias. No dejar piedra sobre piedra. Frente a nosotros desfilan rostros llenos de dignidad, de vida detrás de esas máscaras negras del polvo de carbón donde unos ojos orgullosos nos interrogan desde su silencio para echarnos en cara que nadie ha luchado por mantener y mejorar las condiciones de la moderna esclavitud. Fotografías de obreros orgullosos de serlos frente a nuevos obreros que caminan siempre con la cabeza agachada. ¿Por qué en 2004 estos mineros se lanzaron a luchar a las calles y ahora nadie lo hace en peores condiciones laborales? La película nos lo explica de manera sobrada con solo dos personas, una de las cuáles resume a la perfección el estado de ánimo actual, «no tenemos agallas», mientras suena el himno minero, los sansculottes de 2015 han olvidado todo himno y toda reivindicación, de hecho, si consiguieran pagarse una semana de vacaciones al año puede que ni se consideraran infelices.

BRUMAIRE. 2015. Francia. Documental. 65 min. Guión: Joseph Gordillo y Laetitia Giroux. Director: Joseph Gordillo. En coproducción Veo Productions et La Fabrika con France 3 Lorraine. Coproducida por CNC, de la Region Lorraine, de la Region Aquitania / agencia ECLA, de la Region Midi-Pyrénées y PROCIREP ANGOA.

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