martes, 16 de mayo de 2017

BORIS SANS BEATRICE (Boris sin Beatrice, Denis Coté, 2016)

BORIS SANS BEATRICE (Denis Coté, 2016)

Inteligente y atractiva película para el próximo fin de semana. No  tengo nada contra el  estrellato y las películas que se venden primero por el nombre de una actriz o director que por su contenido, pero prefiero historias que me hagan relfexionar más allá de sus imágenes, que no jueguen a lo verosímil ni al mensaje fácil. Salvando las distancias con la última de James Gray no puedo dejar de ver en esta Boris sans Beatrice al cine de Carax, de Denis, de Green, de Cronenberg, de Egoyan, de Arcand......cine catártico sobre ser o tener. Ácida reflexión sobre el mundo individualista en el que nos desenvolvemos, nos falta un Mr. Lewis que acabe con la fortaleza mental de los poderosos y nos devuelva el humanismo ilustrado.

Sólo en medio del campo, Boris espera la llegada de un helicóptero, negro y brillante, queda suspendido a escasos metros del suelo sin tocar tierra, en un impasse de tozudez, hombre y máquina se enfrentan a ver quién aguanta más sin tomar una decisión. Boris Malinovski no va a ceder, queda clara la personalidad del personaje, sacudido por el movimiento del aire permanece anclado en el suelo, retador, potente, determinado, una escena que concluye abruptamente para seguir desnudando el comportamiento del hombre mediante su forma de relacionarse con gente de escala social más humilde. Dos breves escenas que esbozan  a la perfección ante quién nos enfrentamos. El duelo hombre-helicóptero se retomará más adelante pero es en el inicio de la película cuando permite conocer la fuerza motriz de un hombre que todo lo valora en función de lo que se posee. Cuando la bella durmiente de esta historia se despertó se dio cuenta de que el príncipe era una rana y volvió a caer en el estado de catatonia necesario para soportar a un hombre prepotente, airado, orgulloso, vanidoso, avasallador, descortés, impaciente, infiel, déspota. Un príncipe que reúne todas las características del monarca absoluto pero al que las circunstancias obligan a replantearse sus relaciones sociales. El éxito social y económico no tiene nada que ver con el personal, la abundancia de dinero ni le hace más querido ni más respetado, sólo incrementa la atracción del sexo opuesto hacia un macho alfa poderoso y caprichoso. 


Como la arquitectura en la que se desenvuelve el personaje principal, en la vida de Boris no hay obstáculos, todo son líneas rectas, espacios diáfanos, luz permanente en los espacios comunes, oscuridades en la intimidad clandestina; las dos casas de Boris están presididas por el lujo sin ostentación que marca la diferencia entre tener dinero de verdad y no tenerlo, grandes habitaciones, arquitectos y diseñadores a su disposición, jardines infinitos entre el modelo francés y el inglés (Canadá), líneas rectas sin nada que impida moverse en la dirección escogida. La película de Coté se emparenta, en su tratamiento del espacio con «Le regne de la beauté» del también canadiense Denys Arcand donde no sólo la arquitectura importa en la película sino que la arquitectura en si misma se convierte en persoaje, no estamos, tampoco, muy lejos del análisis sobre la culpa del cine de Egoyan (del mejor cine de Egoyan diría yo, ése que hace tiempo ha desaparecido), no podemos olvidar el morbo enfermizo de Cronenberg, y todo ello sin dejar de lado  referencias francófonas tan válidas como visibles procedentes de cineastas como Claire Denis (la banda sonora recuerda a los Tinderstick,s) o Léo Carax, con la presencia demiúrgica de Denis Lavant. Usa Coté un humor ácido que se congela en la mueca imposible de eliminar ante la mirada glacial de Boris, nada es broma ni juego en la vida del protagonista, salvo cuando se dedica a enamorar a otras mujeres, es ése el único momento en que el éxito del empresario se traduce en alegría momentánea que concluye cuando el orgasmo muta, de placer, en culpa.


Béatrice actúa en compensación al exceso de Boris, ante su absoluta falta de valores su persona se ha apagado, vive pero no se manifiesta. Una depresión que la ha apartado de su cargo de ministra, una inexplicable caída a las simas de la tristeza que sólo puede tratarse con medicación cuando todo es mucho más sencillo, más humano. Resulta obvio que una persona como Boris no acepta consejos, ni su falta de humildad es capaz de reconocer que el problema de Béatrice es él mismo, no sólo sus amores extraconyugales, sino su falta de empatía hacia el género humano, su frialdad economicista que sólo valora lo que produce o renta y desprecia lo sentimental y lo incorpóreo, aunque sea su propia hija, algo que obliga al cineasta a buscar un sustituto alejado de lo real para provocar el cambio en el personaje, aunque éste pueda no ser definitivo sino un simple cálculo provisional de intereses. Aquí surge el elemento fantástico, el personaje de cuento, el Mr.Lewis interpretado en dos escenas llenas de exceso y sin contención por Denis Lavant, una histriónica aparición que sabe dónde hacer daño y evidenciar en Boris sus defectos y las consecuencias que pueden ocurrir si no cambia. No acostumbrado a perder, Boris no puede aceptar la idea de no recuperar a Béatrice, y mucho menos que la enfermedad de la mujer sea consecuencia de su exclusivo egoismo existencial. A fuerza de reveses, pero también de cambios en el estado de Béatrice, comprenderá que la mejora de su mujer realmente depende sólo de un cambio real de aptitud en la vida.


Aquí la película se acerca más a la sencilla composición de personajes y escenarios de, por ejemplo, Eugéne Green, uniendo acidez y humor, paradojas cotidianas que reconducen a Boris a un lado humanista que tenía abandonado. Cuanto más empático se muestra Boris menos dormida aparece Béatrice. No habría en la conclusión de la película mucha diferencia entre la propuesta de Coté y la «Belle dormant» de Arrieta; falta la ingenuidad y el onirismo de esta última, sustituidos por lo pragmático pero sin olvidar lo mitológico. Para ello Coté introduce una justicia divina que también puede interpretarse como poética, el destino es como un todo donde se mezcla lo bueno y lo malo, la riqueza y la pobreza, lo abundante y lo escaso, a Boris le ha tocado descubrir que se ha excedido, que, como la «hybris» de los griegos ha tomado más de lo que le correspondía, sin que ello tenga que ser poco. Por eso va a permanecer el resto de su vida bajo observación, inquietado porque alguien demuestre más poder que él sin necesidad de alardes monetarios. Sólo de Boris depende haber aprendido la lección para que esas imágenes que bombardean su mente con los recuerdos de los buenos tiempos con Béatrice se repitan y se mantengan. La personalidad de Boris le hace dudar de cualquier ayuda que provenga de quien no pida nada a cambio y sólo quiere que sea mejor persona, por eso en la despedida de Lewis insistirá en preguntar quién es él, contestando éste, «un aliado», «¿y quien tiene necesidad de un aliado como usted?», «nadie, todo el mundo, quien sabe» frases que suenan más poéticas y concluyentes en el francés de la película pero que resumen a la perfección la idea de que nadie es capaz de soportar la vida con la simple soledad del triunfador, y que regresar a los orígenes siempre es un buen camino para reencontrase y reencontrar lo importante.



BORIS SANS BÉATRICE. Canadá. 2016. 93´  Première  Festival de Berlin Director: Denis Côté.Guión: Denis Côté. Produccion: Sylvain Corbeil, Nancy Grant. Producción ejecutiva: Michel Merkt. Prodcutoras: metafilms,Téléfilm Canada, SODEC. Vestuario: Caroline Bodson. Direccion artistica: Louisa Schabas. Montaje: Nicolas Roy. Música: Ghislain Poirier. Fotografía: Jessica Lee-Gagné. Sonido: Frédéric Cloutier, Bernard Gariépy-Strobl.Intérpretes: James Hyndman, Denis Lavant, Isolda Dychauk, Simone El Girard, Dounia Sichov.