lunes, 15 de mayo de 2017

BAJO EL SOL (Zvizdan, Dalibor Matanic, 2015)

BAJO EL SOL  (Zvizdan, Dalibor Matanic, 2015)

Las guerras no acaban con  los altos el fuego ni con los tratados de paz, mucho menos las guerras civiles entre personas que, hasta poco antes, compartían ciudad, calle, restaurante. Las guerras dejan heridas que, por mucho que se empeñe el discurso oficial, siguen sangrando y reclamando deudas. Persianas a medio bajar, miradas de medio lado, caminar sintiendo el peso de los hombros como una carga imposible de perder para el resto de la vida. Padres, hermanos, maridos, la pérdida física en “Zvizdan” se centra en las muertes masculinas, y el sufrimiento restante para las mujeres. Ambientada en los inicios de la guerra entre las inexistentes entonces, repúblicas de Serbia y Croacia, el cauce narrativo se extiende en tres capítulos situados respectivamente en 1991, 2001 y 2011. Entendemos que nos encontramos probablemente en el mismo lugar en cada una de las tres ocasiones, que los personajes no son los mismos aunque muchos de ellos los interpreten los mismos actores, porque, en el fondo, la historia es tan personal y, a la vez, tan general para quienes vivieron aquel momento, que los nombres son irrelevantes, porque todos guardan un recuerdo doloroso del inicio, del fín y de la posguerra muchos años después del conflicto.



Las consecuencias del odio nacionalista afectan a las relaciones de pareja, a las consolidadas, a las incipientes, a las que por miedo no pueden seguir adelante. Parejas mixtas de serbia con croata, o escarceos que nunca podrán llegar a más como consecuencia de los horrores de una guerra que se extienden hasta a quienes no combatieron ni dispararon contra nadie aunque hayan nacido nuevas generaciones. No hay afán historicista en la propuesta de Matanic, no hay culpables señalados ni unos más inocentes que otros. Se trata de que la pulsión amorosa no entiende de lenguas, religiones o fronteras, pero si puede entender de venganzas, de miedos, de cobardías, de la misma manera que puede producir arranques suicidas de valentía, de coraje, de rebelión, como caer en la melancolía, la desesperación o el abatimiento. Tres historias de amores imposibles condicionadas por el comportamiento violento del entorno, un presente, un pasado y un futuro condicionados por la violencia y los odios enquistados en generaciones impedidas de borrar el recuerdo de tantos miles de muertos sin sentido. La película se sujeta sobre los mimbres de la tensión, de la incomodidad creciente o mantenida, del recuerdo que impide ser libre, o de la castración íntima que supone ser incapaz de eliminar las barreras de un apellido, un barrio o una bandera para vivir y amar a quien se quiera.


Bajo el sol de un verano ficticio, pues todas las historias se desarrollan en pleno estío, con un calor externo que no se corresponde con la temperatura real de esos personajes, congelados por el recuerdo de los años de barbarie, tan solo la inmersión bajo el agua de un mar que parece un lago interior, permite un momento de olvido, de relajación, de ensimismamiento reparador que concluye tan pronto como el oxígeno empieza a faltar y la circulación se hace más lenta y asfixiante. Frente al poder de las armas y la irracionalidad humana no valen músicas, alegatos amorosos o invocaciones a la libertad individual, en ese escenario tan preocupante puede ser no darse media vuelta como hacerlo, mirar de frente como agachar la mirada, tocar una trompeta como señal de reclamo o tocarla como un grito desesperado carente de armonía y equilibrio. Los personajes de «Zvizdan» no recuperarán jamás una vida alejada del recuerdo doloroso, sus cicatrices se abrirán en cualquier momento y ante cualquier persona, su dolor íntimo será tan grande que abrir una puerta y permitir el paso de un pasado hiriente no significará perdón ni olvido, sino una marcha hacia delante plagada de rencores e imposibilidad de reconciliación plena. Matanic puede que se haya excedido en la propuesta por reiteración, y que se haya contenido en el reflejo de la brutalidad o en la omisión de búsqueda de culpables directos, pero para eso ya existen más obras y más recuerdos de la historia sobre el papel de los serbios y croatas en cada conflicto armado. Aquí se ha decidido enfrentar a los personajes con una realidad reavivada en 1991 pero que permanecía larvada y llena de odios desde la segunda guerra mundial, y antes de ésta en múltiples episodios de choques étnicos salvajemente manifestados, pero el estilo marca la propuesta, y el estilo de Matanec me convence con su cámara nerviosa, sus encuadres parciales, sus rostros incompletos, sus respiraciones entrecortadas, los interiores silenciosos y en penumbra de las casas. El elemento circular que relaciona todos los segmentos de la película, la imposible, por muchas razones, historia de amor entre esa mujer serbia y ese hombre croata, que son tres pero pueden ser millones, las referencias visuales, espaciales y festivas que se repiten a lo largo de los tres relatos para demostrar que, el tiempo pasa, pero las heridas continúan, como las señales de la destrucción en los edificios abandonados, hacen de esta película serboeslovenacroata un necesario recordatorio de eso que se ha dado en llamar «memoria histórica» y de la que somos especialmente renuentes en este país.



Croacia, Serbia, Eslovenia, 2015. Título original: Zvizdan. Dirección: Dalibor Matanic. Guión: Dalibor Matanic. Fotografía: Marko Brdar. Música: Alen Sinkauz, Nenad Sinkauz. Duración: 123 minutos. Productora: Kinorama / Gustavfilm / See Film Pro. Montaje: Tomislav Pavlic. Dirección artística: Mladen Ozbolt. Diseño de vestuario: Ana Savic-Gecan. Intérpretes: Tihana Lazovic, Goran Markovic, Nives Ivankovic, Dado Cosic, Stipe Radoja, Tripimir Jurkik, Mira Banjac, Slavko Sobin. 

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