jueves, 18 de mayo de 2017

ALIEN COVENANT (Ridley Scott, 2017)



ALIEN COVENANT (Ridley Scott, 2017) PURA (PUTA) NOSTALGIA

Un primer plano de una pupila azul, casi transparente, espacios diáfanos, superficies blancas, un hombre y una máquina antropomórfica conversan, “¿eres mi creador?”, “yo soy tu padre”. En medio minuto puede destrozarse cualquier esbozo de interés comprobando la nula originalidad de la propuesta. “Blade Runner” y “El imperio contraataca” mezclados como “summum” de la profundidad filosófica de la continuación de una saga que, cuanto más crece en el número de películas, más hace crecer las iniciales del propio Scott, incluso la frenética de Cameron, o la, quizás, más profunda en lo existencial, de Fincher. Todo lo que ha venido después se mueve por un único patrón, el del dinero a recaudar, escupiendo sobre el recuerdo de una de esas películas de culto magnificada por el recuerdo intergeneracional, y que funciona como reclamo ineludible para seguir atrayendo a los espectadores de entonces y a los de ahora, que, seguramente, no han visto nunca “Alien” en pantalla grande pero han oído hablar de ella. Scott es incapaz de plantear preguntas complicadas y mucho menos de proporcionar respuestas, su modelo narrativo falleció hace mucho y sus películas, “Covenant” incluida, navegan a la deriva movidas por arquetipos y lugares comunes. Su filosofía del bien contra el mal justificaría la eliminación de la filosofía de los institutos ante su discurso banal e infantil. Si esto es filosófico dediquémonos a otra cosa.




“Covenant” multiplica la tripulación para conseguir, únicamente, que los personajes se diluyan en escasos momentos de presencia insuficientes para dotarles de la más mínima profundidad o empatía, obligados a ser presentados todos como esperanzadas parejas de nuevos colonizadores (pocas veces se ha visto una presencia tan fugaz de un actor en una película como la de James Franco, de dormido a muerto sin solución de continuidad, manteniendo el bigote del capitán Dallas de la película seminal), algo que, además, provoca una tardía puesta en escena de la tensión que la historia necesita para cautivar al espectador y que apenas se consigue más que en el primer alumbramiento del monstruo. Un larguísimo doble preámbulo, tras el inicial de corte pseudofilosófico (aunque la conversación se acerque más al libro de autoayuda que a una charla de cátedra), convierte “Covenant” en una minirréplica de la igualmente frustrante “Gravity” en su inicio, como excusa para cambiar el rumbo de la nave olvidando ese planeta compatible con la tierra llamado Origae-6, y decidiendo un nuevo destino injustificado que no hace sino poner en peligro a la expedición colonial. Elimina Scott en su nueva precuela cualquier referencia a las condiciones laborales, a la explotación industrial de la empresa que fletó el “Nostromo”; “Covenant” se transforma así en un vuelo chárter que, ante la perspectiva de seguir navegando 7 años más, hibernación incluída, decide acortar el viaje ante un canto de sirena que les conduce hacia los acantilados destructores.



Si en el duelo David/Walter (Michael Fassbender) podría haberse explotado lo más atractivo de la película, tampoco se consigue hacer trascendente ese duelo entre el derecho a respetar una vida o a destruirla si se ha creado, haciendo parecer la disputa entre ser creado y ser creador una fábula infantil entre el ángel bueno y el ángel caído; cuando comienza la sangría Scott y los guionistas no dudan en plagiarse cada vez que sea necesario. El espectador lo verá y sabrá reconocer la autorreferencia, que para algunos será homenaje pero en ocasiones queda en parodia, cuando no en astracanada como el lamento amoroso del soldado tras la muerte de su pareja, intentando reivindicar la homosexualidad y amplitud de miras de los nuevos episodios justo en un momento absolutamente equivocado. El personaje del androide en la serie Alien siempre ha resultado atractivo, calculador, demiúrgico, pero cualquier espectador que haya visto la serie completa sabrá preguntarse la enorme cantidad de incoherencias entre lo relatado en “Alien , el 8º pasajero” y este “Covenant” (androides más evolucionados, naves más modernas, en la película que cronológicamente va antes de la que dio lugar al mito), y sobre todo, e imagino que se intentará dar una explicación en la anunciada siguiente secuela, cómo en Alien el afán del androide era conseguir transportar a la tierra a la criatura, y en esta última, hasta ahora, película de la serie, el origen de estos “seres perfectos” se encuentra precisamente en la propia tierra, lo que no deja de ser un contrasentido metafísico de primer orden querer recuperar lo que, en teoría, ya se tiene.




Camiseta de tirantes incluída (no sea que no nos acordemos de la teniente Ripley), la tripulante Daniels (Katherine Waterston) queda diluída en medio del maremágnum, como el integrista Oram (Billy Cudrup) al mando de la nave tras la muerte del capitán se muestra como un ser incapaz de mantener un orden y un control necesitado del apoyo mayoritario de su tripulación, aunque suponga poner en peligro una expedición colonizadora con más de 2000 personas a su cargo y más de 1000 embriones congelados para repoblar un planeta. No hay más personajes, el resto son relleno y meros bocetos sin sustancia, desconociendo, eso sí, las razones de ese éxodo con viaje de ida pero no de vuelta para todos los civiles, que permanecerán como murciélagos colgados en ataúdes criogénicos a la espera de la llegada a un destino cambiado sobre la marcha. Porque las virtudes visuales de la película, tampoco exuberantes, como esa necrópolis pompeyana a los pies de una pirámide igualmente mortuoria, creación consciente del “sintético” o el recorrido a través de corredores de piedra oscuros por los que David se mueve sin peligro, no son suficientes para dar empaque o interés a una historia vacilante, nada arriesgada, colgada del brazo de su referente original y sin capacidad para relacionarse con el espectador proponiendo o abriendo nuevas expectativas en un camino agotado y baldío. “Alien Covenant” es un bluf, mercadería caducada y maloliente incapaz de generar tensión, incapaz de provocarnos otra empatía que la que genera el mal ante tanta estupidez reunida. Madre no hay más que una, por eso las luchas entre Ripley y la criatura eran luchas reivindicativas no exentas de atracción sexual, pero ahora se ha tratado de dar protagonismo en exceso al padre, sea éste real o putativo. En casi 40 años, el modelo familiar de “Alien” se ha trastocado, el matriarcado de las criaturas vuelve a estar sojuzgado en manos de un  varón sintético que juega a ser dios aunque sea despedazando a la mujer que dice haber amado. Mala evolución y peor resultado, ¿quién me mandaría seguir mancillando el recuerdo de una gran película viendo otra secuela? Puta nostalgia.


Estados Unidos. 2017. Título original: Alien: Covenant. Director: Ridley Scott. Guion: John Logan, Dante Harper (Historia: Jack Paglen, Michael Green). Productores: David Giler, Walter Hill, Mark Huffam, Michael Schaefer, Ridley Scott. Productoras: Twentieth Century Fox Film Corporation / Scott Free Productions / Brandywine Productions. Música: Jed Kurzel. Fotografía: Dariusz Wolski. Montaje: Pietro Scalia. Diseño de producción: Chris Seagers. Reparto: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Demián Bichir, Carmen Ejogo, Callie Hernandez, Jussie Smollett, Amy Seimetz, Nathaniel Dean, Tess Haubrich, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco.