miércoles, 12 de abril de 2017

TOWER (Keith Maitland, 2016)

TOWER (Keith Maitland, 2016)

1 de agosto de 1966, un francotirador, desde la torre de la Universidad de Austin (Texas), comienza, durante una eterna hora y media, a disparar indiscriminadamente sobre la gente que camina por el campus y las calles aledañas. Al finalizar el suceso y pasadas unas horas, el recuento oficial de víctimas es de 19 personas, incluído el asesino, fallecidas y alrededor de 30 heridas, en el primer episodio conocido de estas características en EEUU y que no ha hecho variar un ápice la permisividad del país con las armas de fuego pese a la repetición sucesiva y constante de episodios similares. 50 años después del suceso, y como una forma macabra de recordarlo, el estado de Texas permitía, por primera vez en su historia, que los estudiantes entraran armados en el mismo campus donde en 1966 ocurrió la tragedia. Whitman, el hombre que cometió los crímenes y fue abatido por la policía ayudada por los propios habitantes de la ciudad (véase cómo el país no estaba preparado para asumir un suceso así y acabó con él mediante la figura del héroe solitario), había estudiado en la propia universidad, y como una macabra coincidencia, instantes antes de que el reloj de la torre diera sus 12 campanadas, adelantó el macabro sonido con el procedente de una de las muchas armas con las que se atrincheró en el corredor al aire libre que circunda la parte más alta de la torre.


Whitman, exmarine, con experiencia en Vietnam, que la noche anterior asesinó a su madre y su esposa, dejando una nota en la que reconocía no saber por qué lo había hecho queriendo como quería a ambas mujeres, y solicitando que le hicieran la autopsia cuando fuera encontrado al día siguiente por si se encontraba una explicación médica a su cambio de comportamiento, y que reveló un tumor cerebral, la misma mañana del ataque en la universidad compró cuatro rifles y se dirigió al recinto estudiantil portando cuatro armas largas y tres armas cortas con las que empezó a disparar sin oposición y sin que nadie en la ciudad supiera muy bien qué hacer para contrarrestar un ataque que exigía exponerse a campo abierto para acceder a la torre. Resumidos los hechos, en apariencia lo que podría ser un mero documental testimonial sobre un hecho concreto, alcanza su significado cinematográfico consiguiendo superar el mero valor de testimonio por el de denuncia utilizando mecanismos efectivos, y muy logrados, al mezclar la animación con las imágenes reales de aquel día, y la recreación con actores mediante el mecanismo simulador de dibujar por encima de ellos como hizo ya Linklater, por ejemplo, en “Scanner darkly”.


De esta forma el director reivindica su creatividad, no recrea lo que existe en imágenes y nos ofrece las extraídas de los noticiarios y reporteros de la época tal y cuál, optando por la recreación  para aquellas situaciones acaecidas que nadie pudo grabar, como los primeros disparos y los primeros caídos, los interiores de los edificios, las sensaciones interiores de los que se encontraron en medio de la línea e fuego, pero en vez de hacer una ficción con personajes de carne y hueso, utiliza a actores para recrearlos como seres de animación. Mientras el relato de lo sucedido discurre, alternativamente nos cuentan sus sensaciones en tramos intercalados de entrevistas donde el primer plano se centra sobre esos actores dibujados contando lo que vivieron en ese tiempo hasta que todo terminó, víctimas, periodistas, policías, van sumando sus historias con el rostro y el cuerpo que debían tener en 1966 para concluir, sin ficción ni animación alguna, con los verdaderos rostros y cuerpos de los que han conseguido llegar vivos a 2015-2016. Maitland logra así, hacer imprevisible y atractivo el mero relato cronológico de una larga hora y media, no da ningún protagonismo al asesino y se centra en las víctimas, pero no sólo en las de 1966, sino en todas aquéllas que, desde ese año, han ido sucumbiendo como consecuencia de una permisividad absoluta y un descontrol institucional en el acceso a las armas de fuego, incluso en épocas en las que, del asesino sorpresivo en centros comerciales o estudiantales, se ha pasado al terrorismo indiscriminado, por eso a las imágenes de ese día se le añaden sucesos igualmente espantosos posteriores como la propia Columbine.


Maitland utiliza así el documental como fuente para la crítica de una realidad incuestionable, denuncia de un status quo que no beneficia a nadie más que a las industrias de armamento y de su venta al por menor, un engranaje sostenido bajo un concepto ultraliberal de la seguridad y una interpretación extensiva de mandatos y permisividades bíblicas que hacen primar un derecho individual, más que cuestionable, sobre el beneficio social del mantenimiento de esa libertad de compra, y lo hace sin caer en el espectáculo de la sangre, ni mostrándonos el lado más morboso y exhibicionista de la violencia. Fue la primera vez que el país se enfrentaba a un suceso parecido y el espectador toma parte de la experiencia como si también para nosotros fuera algo desconocido; la parálisis compartida del momento era comprensible, la posterior de toda una sociedad anclada en el derecho a ser violenta lo es mucho menos.


TOWER. ESTADOS UNIDOS. 2016. Dirección: Keith Maitland. Producción: Keith Maitland, Susan Thomson, Megan Gilbride. Fotografía: Keith Maitland, Sarah Wilson. Efectos visuales: Gary Walker. Intérpretes: Neal Spelce, Claire Wilson James, Violet Wilson, Josephine Mc Adam. 92 minutos.

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