lunes, 10 de abril de 2017

LA DEUXIÉME NUIT (Eric Pauwels, 2016)

LA DEUXIÉME NUIT (Eric Pauwels, 2016)

La segunda noche es un término pediátrico que hace referencia al primer momento en el que el recién nacido toma conciencia de no encontrarse ya en el seno materno, se enfrenta por primera vez en su vida a la soledad, a ruidos extraños, echa de menos el latido del corazón de su madre, en definitiva, asume cierta realidad que le hace saber que ahora pasa a ser un ente independiente, que su refugio ha desaparecido, que está expuesto, que ya no hay un entorno cálido y acogedor que le protege del exterior. Es el momento del miedo, del terror, del llanto angustiado al enfrentarse a lo desconocido. Con el paso del tiempo la mayoría tendremos que vivir una segunda segunda noche, aquélla primera en la que, finalmente, resulte imposible volver a compartir nada con nuestra madre porque, quien nos ha dado la vida también nos trae la muerte, pues llegar a este mundo significa, día tras día, ir abandonándolo poco a poco.

Siendo éste el punto de partida un tanto convencional del documental, apenas sus primeros minutos, y que pretende dar un sentido científico a una sensación de abandono que suele reconocerse sólo en el síndrome de la mujer, no atendiendo al shock que supone el mismo acto de nacer para el recién nacido, Pauwels transforma radicalmente su obra a partir del fin del preámbulo situado entre dos golpes de claqueta en el interior de una unidad pediátrica, componiendo, mezclas interculturales incluídas, un recuerdo emocionante, sensible, nada cursi, nada pomposo, como homenaje a su madre una vez que ésta ha conseguido en él el efecto de esa temida segunda segunda noche, es decir, es el recuerdo de una mujer, la impronta dejada en el cineasta, y los efectos inevitables que la pérdida provoca en cualquiera que haya mantenido una relación mínimamente normal con sus progenitores, aunque en este caso la pérdida y el recuerdo se centran de manera admirable en la figura materna.
Pauwels construye el dispositivo sobre una base de realidad a la que no duda de alimentar con el mito, como ese relato familiar que sitúa el origen de su madre en un barco lleno de bananas procedente del Congo en el que su abuelo la habría encontrado al descargar y a la que, a fuerza de frotar, habría transformado de negra en blanca, o como se resolvían en silencio las disputas familiares haciendo el símbolo de unas tijeras y demostrando que la palabra, no siempre es necesaria para mantener los argumentos, aunque en ocasiones es imprescindible para consolar, como cuando rememora  el que a la vuelta de unas largas vacaciones de verano con la familia materna, su madre se sienta en una silla a la entrada del apartamento y se derrumba por la tristeza, por la distancia que la separa de su entorno en un París que se alza amenazante y deshumanizado, un derrumbe emocionado contemplado por el niño Eric a quien no le salen las palabras para consolar a la madre, y quien, ahora, una vez muerta ésta, filma esa silla vacía, la misma (u otra parecida) para la que, ahora en poder de la palabra, falta el sujeto que la reciba e interactúe con él. Es una película sobre la pérdida, pero también sobre la alegría que supone conseguir separarse de una madre para poder ser uno mismo, es una historia que tiene que tener un final triste siempre, aunque en ese final se encierra la realidad de que gracias a esa segunda noche y las que sucesivamente continúan, uno se va transformando en la única medida de su propio universo, un hombre sólo y libre formado a partir del dolor de una separación permanente.
Si Chantal Ackerman filmaba en su excelente “No home movie” el progresivo avance hacia la soledad absoluta de una hija tras la muerte de una madre, ausencia para la que se nos iba preparando a lo largo de su metraje, Pauwels acelera en el principio para frenar bruscamente y sumergirnos en la evocación. La película nace cuando su madre ya no existe más que en los recuerdos, en las postales enviadas desde sus viajes y que “todas serán para tí después”, en los recuerdos de esos rituales familiares recreados en los que un niño se acomoda sentado al lado de una madre que plancha en una tarde de verano en la que la tormenta golpea contra la cristalera del jardín familiar, o como cuando su madre le cortaba el pelo, o fregaban juntos los platos mientras ella le recuerda cómo cuando se casó no lo hizo por ella, sino por su padre, y cuando se dió cuenta de que no quería casarse ya era tarde, argumento usado para reforzar la idea del joven Eric de abandonar la medicina y dedicarse al cine si eso es lo que de verdad quería, “haz lo que quieras si es lo que quieres”, porque el relato de Pauwels es una película sobre la libertad, hacer una película sobre su madre es hacer una película sobre la libertad de si mismo, sobre la querencia de realizar una película usando los ojos de la infancia, como cuando se sentaba en un banco de un parque al lado de ella y dejaba pasar la tarde simplemente en su compañía, mirando como cree que lo haría ella, mientras sus hermanos jugaban y corrían,  mirar el mundo como si su madre permaneciera a su lado y con ojos de niño es lo que le gustaría hacer al cineasta, pero eso ya no es posible porque la mirada, de principio ya no puede compartirse ante la ausencia de esa madre que, como el carguero en el horizonte de la noche, va desapareciendo como un punto lejano.
Película donde la palabra asume tanto protagonismo como la imagen, película que se compone de la amalgama de poemas visuales fruto de la contemplación del paisaje, del pasado evocado mediante el recuerdo de una minicámara de rodaje que no es sino un juguete porque la memoria de la cámara es la memoria del cameraman, o la melancolía residente en un viejo oso de peluche, más poemas de la palabra, no necesariamente rimas o composiciones con métrica sino con la musicalidad de la declamada por el director contando sus recuerdos, sus angustias o sus experiencias con su madre, palabra en ocasiones propia y otras usurpada reconociendo su origen, como cuando utiliza la palabra de Robert Walser, “la muerte carece de importancia, es como esquiar, como beber un café”, o captada a través de la representación pictórica y su explicación, como las postales de madonnas nunca envejecidas que su madre coleccionaba y él le mandaba desde cualquier museo del mundo, madres que permanecían inalterables con el paso del tiempo pese a que su madre iba envejeciendo, o ante ese cuadro de Díaz de la Peña en el que se ve a una madre y a un hijo en la actitud previa a una despedida que se antoja permanente, enlazada con una historia personal de una tormenta en Fontainebleau donde el pánico le atenazó pero que, cuando en su madurez se repiten, basta el olor de la hierba mojada para recordarle no solo el temor de la tormenta, sino la existencia y presencia de una madre cuyo fantasma no parece abandonar los espacios de su cotidianeidad, pensar en los muertos para que sigan vivos, y cuando dejes de pensar en ellos haber aprendido a mirar con los ojos de a quien no veremos nunca más.
Excelente ensayo sobre la filiación más que sobre la maternidad, documental en el sentido amplio que se sostiene sobre la enorme capacidad de ficcionar y fabular alrededor de los hechos de una vida, desde cuando la madre sintió el primer e irrecuperable sentimiento de separación hasta el recuerdo imborrable de un simple corte de pelo o el nudo en la garganta mientras se filma una silla vacía en la que se sobreimpresiona una foto de esa madre superados los 80 años. Un recorrido sentimental donde pensar en una madre es pensar en un viaje en el tiempo, recorrer hacia atrás la propia vida, volver a la primera vez de todo, recordar las más bellas y largas tardes de una vida mientras se es consciente de haber recibido la vida, pero haber sido, igualmente, puesto frente a  la muerte. Asistimos a un largo poema donde estamos ante un árbol lleno de ramas desnudas  que la memoria tiene que completar, ejercicio de catarsis emocional y personal que ha de concluir con una fiesta, porque el director ha dicho que no debe vencer la tristeza en un final que es consustancial a la vida; por eso nada mejor que una fanfarria festiva de resonancias balcánicas para poner punto y seguido a una experiencia espléndida.

LA DEUXIÉME NUIT. Bélgica. 2016. Director-Guión: Éric Pauwels. Fotografía: Éric Pauwels, Rémon Fromont, Paul Pauwels, Aurélian Pechmeja, Nicolas François. Sonido: Jeanne Debarsy, Ricardo Castro. MONTAJE: Rudy Maerten. PRODUCTORAS: Stenola Productions, CBA (Centre Bruxellois de l'Audiovisuel), Associate Directors, Umedia, RTBF. 75 minutos

TRAILER