lunes, 17 de abril de 2017

HILL OF FREEDOM (Hong Sang soo, 2014)

HILL OF FREEDOM (Ja-yu-eui eon-deok, Hong Sang soo, 2014)
Mori ha llegado a Corea desde Japón a la búsqueda de una mujer de nombre Kwon. Durante los días en que intenta localizar a este amor del pasado, escribe cartas que va mandando y dejando en la dirección en la que vivía la mujer cuando ambos fueron pareja, pero nadie responde, nadie acude a las citas que propone, ella parece haberse evaporado; aunque nosotros contamos con más información, en las primeras escenas de la película vemos que ella está leyendo las cartas, aunque no podemos situar el momento. En esos días de espera, entre borracheras y flirteos con la camarera de una cafetería donde pasaba las horas con Kwon, la «colina de la libertad» del título, Jiyugaoka, Mori lee un libro llamado «El tiempo», un libro que plantea ideas sobre la física cuántica, la posibilidad de que el tiempo sea irreal y que el pasado, presente y futuro no sean más que una construcción evolutiva de nuestro cerebro, en definitiva, que la continuidad temporal se mezcle como consecuencia del funcionamiento de nuestro pensamiento y el sentido de las cosas pueda distorsionarse sin ser capaz de discernir presente, pasado y futuro, mezclándolo todo sin orden ni concierto. La cronología pierde su orden lógico y el amor viene aquí a ser una experiencia de la discordancia temporal que se disfruta, o se rememora, o se sufre, de manera discontinua.


Sang soo ofrece, quizás, la película más divertida de su extensa y prolífica filmografía, y al tiempo demuestra lo injustos que somos los espectadores poniendo etiquetas. El cine de Sang soo es algo más, mucho más, que borracheras y diálogos sobre el amor perdido y la seducción pendiente, es algo más que la reprochable relación entre un profesor y sus alumnas. Sus variaciones con repetición cobran mayor sentido cuanto mayor es la posibilidad de acceder a más películas suyas, hasta hace poco vetadas en el mercado nacional. «Hill of freedom» es un endiablado ejercicio de juego con el tiempo que desconcertará a quien sólo aprecia el relato lineal y cronológico, porque avisados los espectadores de cuál es la lectura que está acometiendo Mori, la película se transforma precisamente en eso, en el reflejo en imágenes de una mezcla de situaciones del pasado y del futuro, mientras otro personaje, Kwon, vive en el presente de la lectura de esas cartas. Siempre el cine de Sang soo admite varias lecturas e interpretaciones diversas, siempre cabe la duda de si estamos ante lo soñado o lo real, lo deseado o lo aprehensible. Como si el director hubiera rodado cronológicamente todas las escenas pero después, como esos jurados que, cansados de pensar, lanzan al aire la moneda o muchos expedientes, parecería que hubiera lanzado al aire todas las escenas a excepción del inicio de la película y luego las hubiera ordenado aleatoriamente para que entráramos en el juego de discernir un orden lógico entre lo que se nos está contando y la realidad.


Tampoco en esta ocasión hay profesores, ni directores de cine, hay un parado japonés que reacciona mal cuando se le pregunta por su trabajo, hay caras marcadas por hechos que quedan en off entre tres escenas que, desordenadas bajo la estructura lógica de un relato decimonónico, marcan el después, el antes y el inmediato después de una pelea, o el agradecimiento por la pérdida y recuperación de un perro, cuyo momento exacto de encuentro se produce después de recibir el agradecimiento. En realidad Sang soo, con el juego del tiempo nos muestra la lectura desordenada de las cartas que ha recogido Kwon, una lectura que ella comienza en la escuela de idiomas (se habla preferentemente en inglés la mayor parte de la película) y que le produce una conmoción instatánea en la que trastabilla en unas escaleras, mientras las cartas se desparraman y son recogidas sin orden ni concierto por la mujer, que, incluso, olvida una, esa que deja los finales abiertos, y por eso, cuando hemos asistido al final del recorrido, con ese improbable reencuentro de la pareja que decide regresar juntos a Japón y formar una familia, Sang soo sigue riéndose con, y de nosotros, mostrándonos lo que puede ser el contenido de ese folio perdido en medio del caos de papeles revueltos y desordenados. Eso no significa que el reencuentro haya sido un sueño, ni que Kwon invente lo que ya no tiene remedio, o si, quizás Kwon se desespere al comprobar que su enfermedad impidió que ese hombre la encontrara y provocó que terminara pasando placenteramente sus días en Seúl en los brazos de otra mujer mientras iba perdiendo, poco a poco, las ganas de encontrar y recuperar a Kwon. Con las películas del director coreano nunca se sabe si hay que tomárselas en serio, o con un escepticismo lleno de sorna; el alcohol produce desvaríos y los personajes de Sang soo, masculinos y femeninos, beben en exceso, y a la mañana siguiente pueden no recordar parte de lo sucedido, si se acostaron con alguien o si no se estarán inventado cosas que no sucedieron; lo que si es cierto es que se reflejará el patetismo de las relaciones incipientes y de las relaciones fenecidas, la persistente voluntad del ser humano de permanecer en el pasado confundiéndolo con un presente que trata de repetir, conscientemente, los mismos errores con personas diferentes. El personaje de Mori se plantea que está cometiendo con la camarera del bar el mismo error que en su día cometió con Kwon, pero como decía el otro, mientras Kwon no aparezca, no lo puedo evitar, y mientras ello no ocurre, menos ganas me quedan de que aparezca la mujer del pasado.


Se repiten diálogos pronunciados por personas diferentes, incluso expresiones dichas por el mismo personaje, asistimos al resultado perturbador de ver escenas cuando ya sabemos cuál ha sido el resultado de las mismas porque previamente hemos oído el diálogo sobre lo que sucedió previamente. Sang soo remarca sus situaciones con ese zoom que nos acerca y nos aleja, evitando plano-contraplano para ofrecer a los dos interlocutores de cada escena dentro de la imagen, frente a frente normalmente, o conversando mientras caminan juntos. No es el cine de Sang soo un cine de primeros planos, sino de planos medios y manteniendo un espacio de confort entre personajes y público, incluso en los momentos de mayor intimidad la cámara no se echa sobre los actores, sino que mantiene un pudoroso apartamiento. Las notas musicales que puntúan el relato nos invitan a la ligereza, al tono de comedia pseudoromántica y poco exigente, al esbozo de una gracia interminable donde el tiempo se convierte en un juguete a manos del director, que sabe explotar las dificultades de todos nosotros para movernos por diferentes tiempos de manera simultánea, pero sin embargo la profundidad de lo que se quiere contar y la manera de contarlo sobrepasa muchas de nuestras limitaciones y coloca al director en un club muy selecto de creadores extraordinarios. Recuperada ahora,  de manera sorpresiva para quien escribe, y que no puede desperdiciarse, sirve, sobre todo, para reivindicar aún más que el cine de Hong Sang soo evoluciona y juega con nosotros más de lo que, a primera vista, somos capaces de apreciar, al quedarnos en la superficie del cliché crítico.


HILL OF FREEDOM. Título original: Ja-yu-eui eon-deok. Corea del Sur. 2014. Dirección: Hong Sang-soo. Guión: Hong Sang-soo. Fotografía: Park Hongyeol. Montaje: Hahm Sungwon. Sonido: Kim Mir. Música: Jeong Yongjin. Producción: Kim Kyounghee. Intérpretes: Ryô Kase, So-ri Moon, Young-hwa Seo, Eui-sung Kim, Yeo-jeong Yoon. Duración: 68 min.