miércoles, 19 de abril de 2017

EL PACTO DE ADRIANA (Lissette Orozco, 2017)



EL PACTO DE ADRIANA (Lissette Orozco, 2017)

 
En la infancia mitificas fácilmente, las personas adultas que te rodean son susceptibles de convertirse en pequeños héroes inalcanzables. Para la directora del documental, la figura de su tía Adriana era ese ejemplo modelo; joven, guapa, viajera, libre, decidida, llegando a casa cargada de regalos para ella, sus primos, sus padres, sus abuelos. Y sin embargo, Adriana Rivas guardaba un secreto, y con ella, toda su familia. Un secreto de esos que no se quieren ver aunque clame al cielo su presencia, oculto bajo un manto de orgullo porque la hija trabajaba para las fuerzas armadas. El problema es que Adriana no sólo era empleada del ministerio de Defensa, sino que entró a trabajar en ese ministerio en el Chile de 1975, dentro de la D.I.N.A., la policía política de Pinochet al mando del criminal general Contreras y en la brigada Lautaro, una de las más sanguinarias entre las brigadas de la represión a la oposición, inquilina de Villa Grimaldi, el centro de torturas, secuestros, desapariciones y ejecuciones más conocido de la reciente historia de Chile. Ese era el verdadero puesto de trabajo de la admirada tía de Lissette, y ese es el terremoto que sacude a la familia cuando la justicia chilena abre un procedimiento contra ella y muchas más personas de las que “trabajaban” en el exterminio del opositor político, la memoria del pasado de un país se instala en el epicentro de una familia mientras la generación mayor va perdiendo la suya propia, un ejercicio de investigación íntima para abrir los ojos más allá de lo que estos ven al tiempo que la abuela descompone su cerebro y su existencia.



Un ambiente femenino y familiar en el que el documental comienza como una especie de retrato de una persona con independencia de su actuar externo y va transformándose en el creciente rechazo a la imagen oculta de alguien que, hasta entonces, estaba idealizado. Es cierto que la fórmula tiene algo de exhibicionista, la propia directora pasa a cobrar mayor protagonismo que el retratado conforme las evidencias parecen acumularse contra su tía aunque ésta niegue con mayor virulencia su participación y conocimiento en esos crímenes, admitiendo solamente su trabajo como administrativa. Pero su discurso apunta información que, en el fondo, justifica lo sucedido, quizás no las muertes, pero si el uso de la tortura, o el “si los militares no mataban ellos morían”. Directora y personaje a filmar entran en proceso de destrucción progresiva, una porque ha de enfrentarse, a lo largo de los años de rodaje, a esa dualidad del chantaje emocional frente a la contundencia de los testimonios contra Adriana, y ésta porque en su huida hacia delante no hace sino confirmar las sospechas, personaje que va desquiciándose hasta convertir a su sobrina, mientras filma, en una subordinada de un plan destinado a influir en otras acusadas y testigos para que confirmen una versión que nadie recuerda o puede transmitir, la de la exculpación de quien estaba situada en las palizas y torturas a los detenidos aunque otras y otros llevaran a cabo la ejecución final.


“El pacto de Adriana” es el pacto del silencio que rige cualquier grupo criminal, la solidaridad forzada por la coparticipación en hechos innobles y que no pueden divulgarse, la imposibilidad de culpar sin autoinculparse, por eso cuando alguien rompe el pacto por beneficio propio, el andamiaje se viene abajo y muchos cuentan lo que saben buscando salvar los muebles. Por voluntad de la propia Adriana, “La Chani”, su participación se va convirtiendo en una videoentrevista al aprovechar la dilación del procedimiento para huir de Chile. Las conversaciones por Skype van horadando lo que era una fluída relación familiar para convertirse en un monólogo exculpatorio y rabioso de la prófuga. Es más que probable que en ese proceso la obra se transforme más en un exorcismo familiar que en una obra cinematográfica, que el pulso narrativo se encasquille en un momento en el que sólo queda una solución. Apenas hay líneas de fuga en el relato y ello termina pesando en su final pese a que la última conversación entre tía y sobrina nos aproxime a la verdadera naturaleza de una y otra, pero es cuando se producen esos elementos de fuga con la realidad del Chile actual, en relación con su pasado, cuando la película alcanza sus mejores momentos cinematográficos, la realidad de los supervivientes, los torturadores, los propinochetistas, las víctimas y las nuevas generaciones que no olvidan aquel gobierno de la Unidad Popular, pero si entre todos los momentos por los que va pasando la directora, hay que destacar uno muy logrado, de esos que se producen en los documentales por el hecho de estar ahí en el momento justo, se produce en el exterior del Museo de la Memoria un 11 de septiembre recordando el golpe de estado, y escuchando por altavoces la retransmisión radiofónica del momento del bombardeo del Palacio de la Moneda. Hay películas sobresalientes, notables, mediocres, intrascendentes. Ésta ronda el notable aunque su esfuerzo final decaiga, pero esta escena, por sí misma, justifica cualquier película y merece el calificativo de superlativa.



 TRAILER