jueves, 20 de abril de 2017

EL CUARTO DESNUDO (Nuria Ibáñez, 2013)



EL CUARTO DESNUDO (Naked room, Nuria Ibáñez, 2013)

Una mirada perdida en el suelo que no es sino una mirada al vacío, como quien se asoma a un precipicio antes de lanzarse y calcula el tiempo de la caída y la dureza del impacto. Una mirada ausente mientras una mano juega con el pelo con intención de ir arrancando poco a poco esa melena. Así empieza la película de la directora madrileña Nuria Ibáñez, y, podemos decir, que así continúa por esa senda de marginación y autodestrucción ambientada en la unidad de psiquiatría infantil de un hospital mexicano. El armazón de la película es muy sencillo y efectivo, la palabra con una imagen muy cerrada sobre el rostro de estos niños, jóvenes, muchachas, primeros planos que asfixian por su proximidad pero que representan esa angustia, ese encierro interior de personas que sufren sin tener, la mayoría de ellos, grandes heridas sangrantes, frente a otros que sí, efectivamente, tienen razones objetivas para sentirse abrumados por el día a día marcados por su pasado pese a su corta edad. El cuarto desnudo es el que acoge un cuerpo que no es capaz de sentir nada más que lo que oye en su interior, y todo ello negativo. Da lo mismo lo que haya en ese cuarto porque la mirada de los pacientes no ve nada, está nublada por el dolor.

La figura del médico queda siempre fuera de plano, oímos su voz, su persistencia cariñosa y comprensiva en intentar hacer hablar a sus pacientes, alguno extrovertido, otros silenciosos, algunos huraños y elusivos. Como también quedan fuera de plano muchas de las madres, porque sí, fundamentalmente son las madres, o mujeres de sus familias, las que acompañan a estos pacientes buscando ayuda, superadas por los comportamientos violentos, autolíticos o depresivos de sus hijos. Ibáñez presenta a sus personajes reales en una serie de escenas sin interrupción, 13 pacientes, 8 chicas y 5 chicos, que aparecen sucesivamente ante la pantalla con sus patologías, sin nombre científico, sino con la exposición de cuál ha sido el hecho que les ha llevado a esa unidad específica, que cuenten lo que sienten o que oigan lo que los padres reprochan de su comportamiento. La película se divide así en una especie de tripartita historia donde se nos enseña a los sujetos pasivos y su pasado reciente, después se les escucha sobre las causas que ellos creen han desencadenado su reacción última (muchos de ellos hablan de sucesos de días anteriores, como si ya fueran pacientes conocidos que están bajo supervisión y control y necesitan un apoyo constante), y finalmente se llega a la conclusión de un final abierto donde todos ellos asisten, privados de la facultad de decisión, a la solución que los terapeutas y los progenitores recomiendan y consienten, sin necesidad de palabra, basta el plano de un cuerpo conducido en silla de ruedas hacia el internamiento. Segunda y tercera parte donde ya los personajes se mezclan, no hay esa sucesión continua y ordenada de personas, sino que el relato se intercala, se repiten pacientes, se les oye varias veces alternando a otros, como si estos médicos atendieran simultáneamente varias consultas y fueran pasando de un chico a otro, de una joven  a otra de manera contínua.


La dureza de la película proviene tanto de su contenido como de la forma inclemente de evitarnos cualquier distracción, pongamos la mirada donde la pongamos será imposible que no veamos la lágrima, el desahogo, la angustia, el miedo de todos estos chavales, o el reconocimiento expreso de que son incapaces de someter su agresividad aunque sean conscientes de que tienen que hacerlo porque no hay razones para comportarse así. El catálogo de supuestos es tan amplio como el de pacientes, una chica secuestrada y violada a la que su padre culpa por tener el demonio metido dentro del cuerpo, el niño que rompe los objetos de la casa o llena de excrementos el frigorífico, la joven anoréxica descontenta con su cuerpo, la que se autolesiona porque nadie la hace caso, el niño de padres separados cuya frustración por la ausencia de la madre le lleva a agredir a sus compañeros, la joven que se escapa de casa, la que ha intentado suicidarse, la que oye voces, la que no puede garantizar que si sale del hospital no vaya a intentar matarse por un mal de amores………acongoja la capacidad de la mente humana para dañarse, se antoja sobrehumano el reto de estos médicos para conseguir que estos niños sean capaces de mejorar y aceptarse como son y ser capaces de ver la realidad como un conjunto de éxitos y frustraciones. No hay respuesta final y no la debe haber, es el retrato de un momento concreto de cada uno de estos protagonistas involuntarios de un comportamiento que sobrepasa lo socialmente aceptado como válido. Un problema a reconducir, un largo camino lleno de soledad y tristeza. Un camino en el que se vierten muchas lágrimas en cuanto se intenta contar lo que pasa y lo que se siente.
EL CUARTO DESNUDO (Naked room). México. 2013. Dirección: Nuria Ibáñez Castañeda. Guión: Nuria Ibáñez Castañeda. Producción Cristina Velasco Lozano, Nuria Ibáñez Castañeda. Imagen: Ernesto Pardo. Sonido: Federico González Jordán. Montaje: Lucrecia Gutiérrez Maupomé. 68 minutos.

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