jueves, 6 de abril de 2017

CREEPY (KURÎPÎ, Kiyoshi Kurosawa, 2016)

CREEPY (KURÎPÎ, Kiyoshi Kurosawa, 2016)

Un grito concluye la historia, un grito creciente y que se retroalimenta, que aumenta cuanto más se quiere dejar de hacerlo, un grito que sirve de estertor final para volver a la vida, es el llanto del recién nacido trasladado a un adulto que despierta de una pesadilla pero no sabe si le queda camino por recorrer. Vuelta atrás, que no paso atrás, en la filmografía de Kurosawa, regreso a los territorios más cercanos a su cine, al espacio del terror psicológico y el thriller policial cercano a lo sobrenatural. Tras "“Tokyo sonata” y “Journey to the shore”, que aun manteniendo aspectos del fantástico se situaban a medio camino del melodrama y el relato sentimental, “Creepy” retoma psicopatías y persecuciones propias de un “noir” con acoso vecinal donde la puesta en escena supera, con creces, ciertas carencias de guión o credibilidad de la narración. Volvemos a los territorios de «Cure», «Pulse», «Loft».....sin efectismos, con una permanente sensación de incomodidad nada oculta y creciente, ausente de sobresaltos y sustos innecesarios y más próximo a la creación de ambientes, no hace falta el golpe de efecto para tapar grietas estructurales en lo que suelen ser artefactos llenos de efectos especiales, no es éste el caso ni el cine de Kurosawa, quien se mueve muy cómodo en la construcción de personajes al límite, sean o no enfermos mentales. Estamos, y es verdad, ante policías bastante incompetentes y ante un psicópata catalogado como de “características varias” que impide conocer su patrón de comportamiento precisamente por su forma de escoger víctimas, una forma, digamos, geométrica y urbanística.


El plano inicial de la película es sintomático y premonitorio, una estancia que parece vacía, una ventana enrejada, paredes desnudas y poco cuidadas, mobiliario espartano, apenas una mesa y un par de sillas. Podemos dudar si el interior se protege del exterior o es ese interior quien se protege de lo que alberga y trata de evitar su salida. Institución mental o comisaría, el dilema se resuelve pronto y de manera violenta, pero la impronta de esas primeras imágenes, de esos pasillos iniciales medio iluminados, paredes de hormigón desnudo que recuerdan a un búnker subterráneo que enlazaran con otra fase posterior de la película, sirven para situar a los personajes en su verdadera estructura interna. Personajes encerrados y que no abren su mente ni a las personas más cercanas, obsesiones internas que ocultan cierta deficiencia o desafección afectiva. El psicópata inicial es el reflejo de aquello que no funciona en la vida diaria del detective Takakura, psicólogo criminal que falla en su pronóstico y decide abandonar la policía y volver a la universidad para explicar aquello que en la teoría se puede contar en los libros, pero que en una sala policial ha demostrado ser imprevisible. Si el comienzo significa la salida al exterior desde las profundas simas de un edificio que encierra en lo más profundo lo peor de lo humano, el desarrollo posterior nos irá hundiendo poco a poco en esa sima de horror a la que nadie descendería voluntariamente.


Kurosawa construye los espacios poco a poco, escenarios en los que nos va sumergiendo al ritmo en el que aumenta la sospecha del exdetective hacia su extraño vecino y el comportamiento de su propia esposa se hace incomprensible, pero compatible, con las verdaderas razones de ese cambio de vida radical y nuevo vecindario. Si el matrimonio Takakura asume una mudanza y un cambio de trabajo como una última oportunidad para salvar una relación que, internamente saben que naufraga, ello determina que su vida se desarrolle en la superficie, como dos personas que se conocen pero que apenas si se miran de frente, siempre separados por algo, un perro, una mesa, una habitación, un vecino, sin  entrar en profundidades, justo lo contrario que encierra la casa de Nogami, el misterioso y ciclotímico vecino, un mundo donde no se puede penetrar, un espacio reservado en el que acceder significa, quizás, no volver a salir, o permanecer en lo más profundo de un laberinto que se parece a los canales cerebrales más ocultos de la persona, un mundo en el que no cabe sino preguntarse sobre uno mismo y sobre el por qué de las reacciones humanas de los más cercanos se convierten en auténticos peligros de muerte.


La sima se profundiza, la excavación del escenario ahonda en lo psicológico cuanto más el personaje de Takakura abandona la posición neutral del profesor y retoma su abandonada faceta de policía, algo que, al tiempo, aleja definitivamente a la pareja. El personaje de Nogami aprovecha las debilidades ajenas para convertirse en un demiurgo malvado y manipulador. No es necesaria la violencia física cuando puedes convencer a terceros para que la ejerzan por tí. Este «serial killer» se convierte en el ser menos peligroso aislado y sin sus marionetas programadas, y en el más letal cuando su mente controla tus actos. El duelo entre Takakura y Nogami es un combate mental entre dos cerebros privilegiados, son los dos personajes fuertes de la historia aunque su evolución y desarrollo depende, absolutamente, de la influencia de dos mujeres sometidas a un control impalpable pero permanente y creciente. Nogami viene a reivindicar la creación de nuevos modelos familiares donde sus miembros son sustituibles si traicionan el objetivo marcado por él, frente a las familias con vínculo de sangre, este personaje asume la posibilidad de tener hijos, esposas, primos......surgidos de su propia voluntad. Kurosawa sabe crear esas atmósferas inquietantes donde la sangre y la viscera se vuelve secundaria y prescindible, la muerte llega casi como necesidad vital y justificación de nuevas identidades, la creciente opresión que reduce los espacios en la narración anuncia el desenlace definitivo; en los terrenos dominados por la mente el control se hace más fácil si el campo de juego es limitado y conocido, cuando salimos a cielo abierto el poder de Nogami se evapora y crece la figura del policía. Guiño incluído a su filmografía anterior, incluso en la conclusión definitiva de una historia que parece condenada a repetirse una y otra vez para desgracia de los que sean elegidos nuevamente siguiendo el patrón revelado del psicópata, ése que parecía no existir al principio; los cielos ennegrecidos y amenazantes de una tormenta que arrase con todo sirven para poner punto y final con un arsenal de preguntas por responder. Kurosawa ha vuelto a su territorio favorito y no caben decepciones, quizás tampoco quede mucho espacio para la sorpresa.



Creepy (Kurîpî),  Japón, 2016. Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Chihiro Ikeda, Kiyoshi Kurosawa (Novela: Yutaka Maekawa). Producción: Asmik Ace Entertainment / Shochiku Company. Música: Yuri Habuka. Reparto: Yûko Takeuchi, Teruyuki Kagawa, Masahiro Higashide, Haruna Kawaguchi, Hidetoshi Nishijima, Takashi Sasano, Ryôko Fujino. 130 minutos.