domingo, 2 de abril de 2017

BRÛLE LA MER (Nathalie Nambot, Maki Berchache, 2014)

BRÛLE LA MER (Nathalie Nambot, Maki Berchache, 2014)
Las primeras imágenes de esta película que forma parte del ciclo organizado en el Museo Reina Sofía de Madrid sobre cine documental y refugiados, «Sin refugio. Imágenes del exilio contemporáneo», reflejan perfectamente la sensación física que puede sufrir una de tantas miles de personas que se atreven a cruzar el mediterráneo a la búsqueda de un hipotético futuro en Europa. Una masa informe de volúmenes oscilantes, un mar oscuro, ruidoso, furioso, un magma líquido y helado a punto de explotar y lanzar cadáveres a las costas del primer mundo. Ese volcán es África y, ahora, tras la mal llamada «primavera árabe», también una gran parte de Oriente Medio, una parte del mundo cuyos habitantes, para sobrevivir de alguna manera, tienen la necesidad de abandonar su país, su familia, a la busca de un mínimo de libertad y de bienestar. Camino erróneo en la mayoría de casos, tumbas precipitadas en el tiempo, cuerpos sin recuperar, mano de obra muy barata para quien consigue poner pie en tierra extraña y extranjera, arrepentimiento las más de las ocasiones, vueltas más o menos rápidas a sus orígenes, miedo a represalias, vidas clandestinas. A la necesidad no le corresponde la misma comprensión, ante el miedo al diferente y el miedo a un terrorismo casi desconocido en la vieja Europa hasta ahora, la respuesta es más seguridad, más control, menos libertad, más rechazo, más xenofobia, más desamparo.

Nambot y Berchache, éste también como referente visual de tantos miles de tunecinos que abandonaron su país con la caída del régimen tiránico de Ben Ali, nos muestran ese largo itinerario desde el país africano hasta el destino final en París. Un éxodo preservando la propia vida más allá de la esperanza de un bienestar económico, una creencia en que, huidos del terror, van a ser mejor tratados que los huídos solamente por hambre. Con las revueltas, los muertos iniciales no calmaron a la gente, su número aumentó hasta que el régimen colapsó y las fronteras desaparecieron. De la costa a Djerba, de allí a Lampedusa, Sicilia, abandono institucional en Agrigento, buscarse la vida para llegar a Roma, Milán, Ventimiglia, Marsella y, finalmente, Paris. Por el camino puede morir gente, puedes sentir la acuciante necesidad de abrigo, de comida. Varados en territorios intermedios esperando la ayuda económica de un amigo, de un familiar; un giro que te permita sobrevivir unos días más hasta que llegues al destino. Lo que ocurre es que cuando llegas a las calles de París, sus noches son inhabitables, vacías, oscuras como las de la playa en que da inicio el largo periplo de ida, que, muchas veces, también es de vuelta. Todo va demasiado rápido en Europa, tanto tiempo para conseguir salir de Túnez y llegar a Francia, y luego todo se desarrolla a un velocidad que te impide asimilar, que te impide comprender, que te abruma y te desorienta más de lo que ya estabas.

La experiencia de los tunecinos de esta película, rodada como ejemplo de «real politik» europea hacia el drama de los refugiados, crea un doble desarraigo, el producido por abandonar el propio país y el que genera el rechazo percibido donde no son acogidos. «Sin papeles no hay trabajo, sin trabajo no hay papeles. Odio a Francia, incluso con papeles no quiero volver», pero la vuelta no deja de ser traumática, trabajos de 50 horas semanales por 200 € al mes, servir en el sector turístico a los mismos occidentales a los que debes poner buena cara cuando sabes que hace poco despreciaban tu presencia en Francia, Holanda, España.......pero tampoco es mucho mejor para quien consigue quedarse en Europa. Los mismos salarios miserables con gastos mucho mayores, sin posibilidad de reunir a la familia, compartiendo piso a costa de tu intimidad, encerrándote en comunidades cada vez más reconcentradas en su insatisfacción, caldo de cultivo para recalentar ese magma inicial o para ofrecer una residencia a cambio de convertirse en delatores. Magrebíes de los que se desconfía y a los que se confina a fuerza de relevarles y concederles lo peor de los restos de nuestra sociedad de consumo, utilizados como combustible de nuevas políticas que suenan a muy viejas. El turista llega a Túnez y no admite más visión que la de su resort más o menos lujoso, los directores se encargan de mostrarnos otra realidad con simples videos y grabaciones caseras de super 8, un país de subsistencia del que no nos extraña que se quiera huir, aunque el acicate de esa huida sea una deformada presentación de la realidad que les espera, la de la amenaza continua de la expulsión, el confinamiento, el regreso forzoso, descontar días con la ambición de demostrar ante la autoridad que se lleva residiendo en el país el tiempo exigido para conseguir la residencia. Unos papeles que otorgan la tranquilidad.

Esos papeles que separan la clandestinidad de los derechos, la posibilidad de abandonar la comisaría donde los entregas con la tranquilidad de pasear sin riesgo a ser detenido y expulsado. Los papeles que, después de 4 largos años, te permiten regresar a Túnez, al paisaje guardado en la memoria, a tu familia, tus costumbres, tu playa. Esa playa  y ese mar sin el que resulta tan complicado, y dificil, vivir y levantarte cada mañana, coger la barca y salir a pescar para vender en el mercado, tan diferente pero tan comunitario frente a los de París. Pero no todos los papeles dan los mismos derechos, a unos les permite regresar y viajar libremente, a otros sólo les garantiza el refugio en Europa, pero no la vuelta a un país que no se termina de reconocer internacionalmente, entre los desplazados también hay categorías, no es lo mismo ser tunecino que palestino, vives con la esperanza que te otorga la idea de haberte convertido en un prisionero sin trabajo, ya no puedes salir del país, no puedes soñar con volver. Ese Mediterráneo se ha convertido en un camino imposible de desandar, las aguas hierven, el mar bulle, las olas estallan a punto de hacer emerger un volcán de su interior......."Brûle la mer», pero las fronteras no se queman, cada vez son mayores y más altas.
País: Francia. Año: 2014. Duración: 75 min. Idioma: Francés / Árabe. Productora: Les Films du Bilboquet. Producción: Alix Didrich, Eugénie Michel-Villette. Guión: Nathalie Nambot, Maki Berchache. Fotografía: Nicolas Rey. Montaje: Gilda Fine. Sonido: Nathalie Nambot.Reparto: Maki Berchache, Shaharedin Saidi, Badredin Nobig, Shadi Al Fawaghara, Selim Sohbani, Mahmoud El Saleh

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