domingo, 16 de abril de 2017

ASCENT (Fiona Tan, 2016)


ASCENT (Fiona Tan, 2016)


Se ha dado a conocer recientemente parte de la programación del festival DOCUMENTA MADRID, y este festival, que ha podido ser mejor o peor según la edición, nunca ha resultado indiferente, y para este año, con el cambio en el equipo de dirección, varias de sus películas, a falta de poder ver el resto, prometen emociones fuertes y experiencias diferentes para el espectador necesitado de nuevas narrativas y nuevos retos. «Ascent» es uno de esos platos fuertes de la programación, un viaje que, como define su directora, se convierte en un «photofilm», pues a través de alrededor de 4000 fotografías recogidas a lo largo de más de 150 años, asistimos a la evocación simbólica de una imagen icónica que, con el paso de los minutos, la voz en off de dos personajes que van haciendo de la narración un verdadero viaje existencial, y la historia como tiempo que se constituye en gran escultor, afinan sobre manera la imagen del pasado y presente de un país como Japón. «Ascent» es una ascensión a una cumbre mítica como la del Fuji-san, pero también es una ascensión por la historia de un país desde su aislamiento casi completo a su apertura brutal tras ser derrotado en la segunda guerra mundial. Un país para el que el volcán perfecto, simétrico, aislado, imponente en su altura es algo más que un simple volcán dormido, es símbolo y mito, es pasión y creencia religiosa, es la imagen que encierra el pasado, el presente y el futuro de generaciones y generaciones que ansían ascender a la cima para contemplar el primer rayo de sol del día, en armonía celestial consigo mismos y con su propio universo, y gritar «banzai» antes de emprender el retorno.

Tan arriesga mucho y sale más que airosa del reto, la sucesión ininterrumpida de imágenes del monte y su entorno no ocultan que, tras la figura majestuosa, muchas veces nevada en la cumbre, hay un rastro empeñado en humanizar y hacer tangible lo que no deja de ser un resultado de la fuerza de la naturaleza, un volcán al que el paso de los siglos añadió muescas que rompieron esas proporciones del cono perfecto mediante la apertura de un segundo cráter lateral en 1707. Imperfección menor y riesgo latente que no ha impedido asentarse a la población en los alrededores del lago Hakone o en la vecina ciudad de Yokohama desde tiempos inmemoriales, buscando inmortalizar de manera persistente e impenitente, la imagen del volcán integrada en la naturaleza que le rodea. Primero fueron los dibujos del ukiyo-e, después la fotografía, y finalmente el cine. El respeto por retratarse con el Fuji al fondo es la manera de integrarse en una comunidad nacional con un símbolo común, sean campesinos, turistas, occidentales, militares o emperadores, acercarse al Fuji es acercarse a un país hermético en el que la simetría y el orden forman parte de su sensibilidad artística y emocional. No es de extrañar entonces, que la figura del volcán sea reproducida miles y miles de veces y para miles y miles de artículos. Respetado como lugar sagrado, morada de dioses, lugar de eremitas y monjes solitarios, a su alrededor puede instalarse el mercadeo típico de la atracción turística, su subida puede convertirse en una romería interminable de personas cuyo resuello va desapareciendo conforme los metros de altura y los porcentajes de pendiente se transforman en un reto sobrehumano para muchos que han de conformarse con intentarlo y desistir, pero para quienes consiguen el anhelado ascenso, la experiencia se tiñe de misticismo y sensibilidad.


Mary e Hitoshi, como personajes de ficción que sólo prestan sus voces (la de la propia directora y la del actor japonés Hiroki Hasewaga) incorporan a la sucesión de imágenes fijas (aunque en ocasiones la directora aporta movimiento simplemente mediante el giro de la cámara, el acercamiento o alejamiento de un detalle, o por el uso ejemplar de la banda sonora que integra los sonidos que pueden rodear a la mole volcánica) el relato popular de las leyendas alrededor del Fuji, el relato histórico de las décadas y décadas de opresión, pobreza, guerras, dictadura, muerte, que han ido formando el país que ahora es Japón, un país que adoptó rápidamente las libertades occidentales tras la derrota en 1945, pero que, paradójicamente, con las fuerzas estadounidenses de ocupación, vió restringido el uso de la imagen del volcán para no exacerbar los ánimos nacionalistas de un pueblo ocupado cuya simbología podía provocar un estallido patriótico incontrolable. También Tan utiliza la fotografía para mostrar la evolución al cine, «la fotografía es como los ojos, el cine como el fuego, luz y sombra como llamas, mientras la fotografía es el tiempo petrificado», sin olvidar la llegada de los occidentales como introductores del arte de fotografiar, un arte en el que el occidental ridiculiza al nativo intentando copiar su vestimenta y tradiciones, donde las fotografías de esa época señalan ese racismo inexplicable de quien se cree mejor y superior por proceder de otra cultura. A ese relato histórico y conformador de la esencia de un país, se añade la experiencia física de la ascensión, de la ascensión y de la ausencia provocada por la muerte, experiencias todas ellas que quedan fuera de todo campo visual porque el único protagonista del documental es el Fuji y su imagen, el monte que atesora la historia pasada como un atlas del tiempo, que todo lo ha visto y conserva, al que a su longevidad de siglos hay que oponer la nula importancia de nuestras vidas, que una vez consumidas, resultarán irrelevantes para el volcán, pero que mientras ocurren, se transforman en lo único que nos importa. Esa banda sonora nos ayudará a comprender el esfuerzo y la fatiga que supone ascender la montaña, el reto asumido para superar barreras que parecerían imposibles de lograr. El Fuji está ahí para recordarnos nuestras propias limitaciones, pero también para demostrarnos que somos capaces de superarnos y llegar más allá de nuestras fuerzas.



El documental de Tan se transforma, mediante la combinación de imágenes y palabra, en mezcla de realidad y ficción, conjunción que permite al espectador imbuirse de aspectos propios de una cultura extraña y diferente, acceder a mecanismos de filosofía budista desde la plena occidentalización del perceptor, apreciar la integración del paisaje respetando la inevitable presencia del monte, que influye, a su vez, en la creación de nuevos paisajes artificiales para embellecer lo que, de por si, parece imposible de superarse. Si una película se suele componer de imágenes en movimiento que no son sino una innumerable conjunción de fotografías instatáneas pegadas una detrás de otra, y emitidas a una velocidad tal que el ojo humano no advierte interrupciones, «Ascent» es el ejemplo de cómo componer una película en la que el ojo queda paralizado en la contemplación de un ente material pero inanimado hasta el punto de que esa ausencia de movimiento pasa a ser irrelevante porque es nuestra mente la que aporta el movimiento alrededor de la base del protagonista de la historia, la fotografía como inspiración absoluta y permanente a la hora de hacer películas.




ASCENT. 2016. Holanda-Japón. Dirección: Fiona Tan. Voces: Hiroki Hasegawa, Fiona Tan. Guión: Fiona Tan. Sonido: Hugo Dijkstal. Montaje: Nathalie Alonso Casale. Música: Leo Anemaet

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