domingo, 30 de abril de 2017

NIÑATO (Adrián Orr, 2017)

NIÑATO (Adrián Orr, 2017) 


David Ransanz es el «Niñato» del título, pero que eso no nos confunda, detrás de la palabra no hay tal, sino un pseudónimo de guerra como cantante de rap. Ampliación del campo de batalla que Orr ofreció con su corto «Buenos días, resistencia», el mundo de la no ficción en el cine español sigue ofreciendo pequeñas maravillas que gritan por encontrar su necesario hueco en los circuitos comerciales. «Niñato» es una crónica familiar, llena de cariño, de intimismo, de educación, de formación, es el lento transcurrir de los días en los que un padre educa a sus tres hijos, inculcándoles, poco a poco, esa necesaria autonomía para afrontar la vida de adulto. Orr no necesita remarcar las extremas dificultades con las que se encuentra un padre soltero, sin trabajo o sin trabajo fijo, como mucho a media jornada, joven en la treintena; para, al tiempo que se ocupa de sus hijos, mantener un mínimo de vida personal. El núcleo familiar se revela así, insustituible y necesario. David precisa de la ayuda de sus padres, hermana, para poder ocuparse de sus hijos y, al menos, intentar seguir adelante con su afición al rap, recuperar una vida sentimental tras el paréntesis, que no se nos revela, de esa relación de la que han nacido tres hijos y hay una madre ausente.

La vida de David son muchos momentos de tensión en las que contiene el grito, la orden, el castigo, para intentar convencer con la razón, a sus hijos, de cuáles son las necesarias consecuencias de los actos y el porqué hay que conducirse de determinada manera, invitarles a pensar por uno mismo y alcanzar conclusiones mediante la lógica y sin caprichos, con pequeños momentos de relajacion personal, tanto ante el ordenador en el que compone y escucha su música y sus rimas, como asomado a una ventana mientras apura los últimos tiros de un porro tras haber conseguido cerrar el círculo con el que se inicia el primer despertar de los chavales al principio de la película. No hay grandes encuadres ni aperturas de plano buscando aire para los personajes de esta familia luchadora, al revés, la mayor parte de la película se desarrolla en el interior de ese piso pequeño, de habitaciones aprovechadas al máximo, donde se ha respirado la libertad absoluta para permitir a los pequeños decorar las paredes a su gusto, con una cámara muy encima de todos ellos, delante o detrás, ya siguiendo nerviosamente a los personajes o manteniéndose fija en un lugar con independencia de que las personas entren o salgan del plano, pero siempre presente a la espera de captar el momento de rebeldía, que va a surgir, casi siempre del mismo, el más inquieto, el más perezoso, el más pequeño.

Cuando Oro le dice a su padre «¿tienes que leerlo en voz alta»? refiriéndose a su boletín de notas, el chico es consciente de que su día a día se está grabando, con complicidad y confianza, pero también necesita que aquello que le avergüenza permanezca necesariamente velado por el silencio aunque el contenido se intuye. El padre lo respeta, se ha roto momentáneamente la cuarta pared, y en ese sencillo gesto cotidiano se revela cómo la relación de este padre con sus hijos se basa en la confianza y en convencer mediante la palabra. La cámara deja de ser un elemento inquisitivo para transformarse en un instrumento interno de la familia, cómoda con su presencia pese a invadir espacios de tanta intimidad como el dormitorio infantil o el interior de un coche donde David y su pareja intentan aferrarse a un presente que se escapa por culpa de un futuro incierto. No necesita Orr cargar las tintas sobre el estado actual de la sociedad española, sobre estas clases medias y bajas depauperadas, supervivientes a fuerza de hacer cuentas que, de miserables, duelen al reflejar el tipo de país en el que vivimos; relaciones personales que sienten la amenaza de su fín por la distancia que va a poner la crisis obligando a uno de ellos a irse a cientos de kilómetros de distancia, padres que sacan a sus hijos de los comedores escolares porque con los 100 € que cuesta al mes hacen la compra de toda la familia, cien euros, una cantidad que avergüenza a la vista de cómo el sistema se ha encargado en ahondar la brecha entre ricos, privilegiados y la inmensa mayoría sometida a la esclavitud moderna de trabajar para seguir siendo pobres. No necesita mostrarnos la realidad porque ésta surge en cada rincón, está ahí, con la familia protagonista, no hay que recalcar lo que resulta evidente.
La película, que amenaza en su comienzo, con ser una especie de «vivir cada día» en un barrio cualquiera de Madrid, se transforma, gracias a la sencillez de su propuesta, en toda una explosión de vida cotidiana ante nuestros ojos. No puede haber mayor mérito en un documental que creernos lo que vemos, sentirlo cercano, próximo, emocionante. Es una historia de crecimiento personal de un padre y unos hijos, quizás para los adultos las expectativas y posibilidades de mejora sean limitadas llegados a ese punto, pero para los niños no se podrá decir que el ambiente en el que se están criando suponga un freno para su desarrollo como personas. La escena final demuestra que David ha conseguido su propósito y nosotros nos alegramos porque una pequeña resistencia permita un mínimo rayo de esperanza.
NIÑATO. España. 2017. Productoras: ADRIÁN ORR PC & NEW FOLDER. Intérpretes: DAVID, ORO, MÍA Y LUNA RANSANZ. Edición: ANA PFAFF. Edición de sonido: EDUARDO CASTRO. Etalonaje: CAYETANO MARTÍN. Producción ejecutiva: HUGO HERRERA, Guión, fotografía y dirección: ADRIÁN ORR. Duración: 72

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viernes, 28 de abril de 2017

ENTREVISTA A ARANTXA AGUIRRE

ENTREVISTA A ARANTXA AGUIRRE CON OCASIÓN DEL ESTRENO DE "DANCING BEETHOVEN"

ENLACE A ÚLTIMO CERO


Ya conocéis mi interés por hablar de cine español, pero de ese cine español alejado del modelo televisivo y de comedia de situación costumbrista que se encuentra en las antípodas del deseo de la distribución y exhibición mayoritaria. La película tiene un enorme interés, no sólo por lo que cuenta, por reflejar el duro sacrificio de uno de los conjuntos de ballet de mayor calidad del mundo, sino por conseguir hablar de grandes temas y de la vida sin perder de vista la novena sinfonía de Beethoven y el legado de Maurice Béjart al frente del ballet de Lausana. Hay que ir a verla para que los exhibidores pierdan el miedo a programar cine diferente lleno de calidad y riesgo.

Corred a verla y luego me contáis si mereció la pena la experiencia o no. 

jueves, 27 de abril de 2017

PAISAXES DE CAPELADA (Alberto Lobelle, 2017)

PAISAXES DE CAPELADA (Alberto Lobelle, 2017)

Mantener fija la mirada en un punto concreto termina distorsionando lo que vemos. Como ese cielo nocturno donde las estrellas que se elevan sobre nosotros parecen empezar a bailar y oscilar cuando sabemos que es imposible. Toda la película de Alberto Lobelle se basa sobre la mirada de un punto fijo en el paisaje natural y humano de la sierra de Capelada en Galicia. Esa mirada fija por la que transcurren personas o animales o en la que permanecen inamovibles las masas graniticas sobre las que han ido pasando generaciones y generaciones, acumulando derrotas y olvidos, una mirada que, al permanecer inmóvil, permite apreciar un algo más que la inmediatez a primera vista. En el ritmo sosegado y contemplativo, Lobelle busca el retrato exacto del presente de una zona sobre la que se han acumulado eras que, de una manera u otra, han influido sobre los que ahora habitan la región, nuestra mirada que, a fuerza de tiempo y mantener el plano se confunde con la de lo que se retrata, y que, cuando esto tiene vida, sean caballos o vacas, parecen ser ellos los que nos miran a nosotros.
Hay películas fundacionales, películas que sin ser las primeras, porque nunca vamos a ser capaces de saber quién fue antes, ni quién  permanece desconocido habiendo mantenido ideas semejantes antes que nadie, marcan un camino estético e ideológico sobre los demás. En «Paisaxes de Capelada», sin que suponga desmerecimiento para la obra de Lobelle, valiente y arriesgada, encaminada al sacrificio propiciatorio de los festivales y los centros culturales de titularidad pública, se respira el aliento seminal del «Finisterre» de Lois Patiño, un aliento que, en este caso, se eleva a un cielo nada protector, pero cuya fisicidad geológica se emparenta con aquella otra maravillosa propuesta procedente del cine gallego. «Paisaxes de Capelada» bebe así de esas fuentes, pero también del cine de Ramón Lluis Bande, o de las «Cenizas» de Carlos Balbuena como referentes más cercanos y reconocibles en un mundo sin palabra, donde la imagen toma el control absoluto de una historia de tradición y destrucción a partes iguales.
En un fantasmagórico blanco y negro, ayudado por la presencia de una niebla tan propicia como efectiva, Lobelle coloca la cámara alejada del objeto del retrato, presente sí, pero  en un segundo plano. Recogiendo lo que entra ante la cámara y olvidando lo que sale o queda fuera del plano, encontramos el mantenimiento de viejos trabajos condenados a una progresiva desaparición, vaqueros, agricultores, enfrentados a quienes utilizan el espacio en provecho de grandes empresas; carreteras, deforestación, parques eólicos que se yerguen como estacas que penetran en el corazón de la tierra para herirla en lo que más duele, en el paisaje modificado por la codicia y el desenfreno constructor. No en vano son pequeñas heridas que van agrandando la sima que separa campo y ciudad, el mal llamado progreso con el continuo abandono del campo, construcciones venidas abajo donde los que antes vivían dejaron sueños e ilusiones para cambiar la sierra por el cementerio o por la ciudad áspera e inhóspita. El paisaje de la película se convierte, casi, en un paisaje sin figuras, un paisaje en el que, por segundos, nos transfiguramos en el animal que corre y trata de salvar su vida ante una hilera de cazadores cuya satisfacción no alcanzamos a entender ,pero de cuyo fracaso nos alegramos porque la vida consigue eludir la llamada de la muerte gratuita. Paisajes que el hombre se empeña en destruir y empequeñecer pero que la majestuosa presencia de la roca nos indica que, por mucho que destruyamos, siempre quedará algo de lo que la sierra fue, incluída la fuerza del oleaje contra la mole sin desbastar, y de las personas que lo habitaron. Podrán ver esta película en la sección a concurso de documentales nacionales en la próxima, e inminente, edición de Documenta Madrid, no creo que se sientan defraudados.
PAISAXES DE CAPELADA. España. 2017. Producción:Alberto Lobelle. Dirección: Alberto Lobelle. Guión: Alberto Lobelle. Montaje: Alberto Lobelle. Sonido: Oskar López y Alberto Lobelle. Postproducción de vídeo: Chema García-Lastra. Diseño gráfico: Raquel Castro.Duración: 61'

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miércoles, 26 de abril de 2017

ALL THE CITIES OF THE NORTH (Dane Kolmjen, 2016)

ALL THE CITIES OF THE NORTH (Dane Kolmjen, 2016)
La primera pregunta que provoca  «All the cities of the north» es, ¿qué estoy viendo?. Dos personas que viven en una urbanización abandonada, que duermen en una tienda de campaña dentro de un piso vacío, sin comodidad alguna, que acarrean el agua para sus necesidades, que comen patatas asadas en hogueras o frutas recogidas directamente de los árboles. Dos personas que no hacen nada día tras día hasta que, sorpresivamente aparece una tercera que rompe el equilibrio silencioso entre los dos, que no sabemos si son amigos, amantes, compañeros, ocasionales convivientes que solo se dan calor humano en medio de la soledad más absoluta. «All the cities of the north» pertenece a esa categoría de cine tan estimulante que permite a cada espectador creerse, y crearse, su propia película. Desde el drama sociopolítico al retazo geográfico de un expaís fragmentado y lleno de odios en el que solo se puede subsistir desde el individualismo y el aislamiento, desde el absurdo de la cooperación internacional al mero relato personalizado en tres personas a la espera de un impulso, de una puerta que se abra en medio del frío de la Europa insolidaria.

Es la película de Kolmjen un conglomerado donde nada es aluvión improvisado, donde la ausencia de diálogo entre los protagonistas se suple por el calor de un abrazo, el tiempo que pasa lento al sol del invierno, o la contemplación de una pareja de animales. Como anclados en terreno de nadie, en un limbo personal y jurídico donde ese edificio, en una urbanización dejada al deterioro del abandono, simboliza la progresiva fragmentación personal hasta llegar a un callejón sin salida, el director bosnio mezcla sus imágenes con otras realidades conexas, o menos, al diario discurrir de sus protagonistas. De Godard a Simone Weill, de un centro de exposiciones fantasma de Lagos, financiado por organismos internacionales a barrios fantasmas de Brasilia, utilizados en uno y otro caso por quienes nada tienen en este mundo, una nueva capital desmontada por sus constructores para, aprovechando los restos de la opulencia megalómana, construirse una ciudad paralela con los restos de la original donde asentarse con sus familias. Kolmjen se ríe, es un decir, de la estupidez humana en la composición de espacios absolutamente inservibles y de espaldas a la naturaleza, y, cómo no,al propio ser humano. Espacios en todas las ciudades del norte que pueden extenderse a las del sur, faraónicas construcciones sin finalidad alguna mientras los ciudadanos de esos países sufren privaciones y auténtica necesidad. ¿Qué sería, y cómo serían, esas ciudades si llegara a todas ellas la primavera para instalarse permanentemente?


Ciudades que surgen de la nada y para la nada mientras los desplazados se calientan con bombonas de gas, se lavan en improvisados desagües que humedecen las estructuras abandonadas, y sueñan con mundos de libertad entre ríos y cañizos, esperando una barca que les ayude a cruzar a un otro lado imaginario que tiene mucho de laguna Estigia. Mezcla el director bosnio realidad con onirismo, su filmación de un día a día sin ningun objetivo más que pasar las horas, con trabajos manuales que mantienen ocupados los cuerpos pero no las mentes, imágenes nítidas y primeros planos cerrados sobre el rostro de estos seres en espera, generadores de absoluto desasiego, con espacios abiertos en medio de la nada abandonada, imágenes subacuáticas de baños en espacios insospechados que no invitan al juego sino al sueño de la pesadilla, difuminadas realidades de cámaras como si fueran infrarrojos retratando las situaciones no vistas mientras nos encontramos a la luz del día. El viaje concluye donde empezó, pero con más agonía y más desamparo. Una tienda de campaña en medio de una habitación con dos cuerpos que se calientan entre si apenas indica el frío de un invierno occidental en medio de una opulencia al servicio de élites acomodadas a la falta de desafíos. En la Europa de las muchas velocidades olvidamos las guerras que pasaron hace mucho, pero también las que se cerraron en falso apenas hace dos décadas. Ahora mismo vivimos una guerra económica frente a la que casi nadie parece inquietarse desde el poder, será porque mientras mueran los de siempre, las tiendas de campaña no aturden el sueño de quien puede cambiar las cosas.

El humanismo de personas dedicadas a sobrevivir en medio de la absoluta carencia de todo, menos uno mismo, también puede desembocar en el nihilismo más radical. De la solidaridad al individualismo extremo, cualquier opción es posible en el género humano, como el silencio y el mutismo puede mitigarse con la palabra de otros mientras asistimos a una ficciòn en la que no existe cuarta pared, donde la cámara, el micrófono, el equipo, se hacen visibles y participan de la imagen, aunque no de la narración. Todo es intercambiable, como el propio director reproduciendo diálogos de películas de Godard mientras las imágenes se acomodan a realidades más prosaicas. Kolmjen avanza hacia un desenlace demoledor que, en tiempos de exterminio económico y sojuzgamiento del más débil, remite precisamente a aquello que Godard manifestaba resultar irreproducible en el cine, haciéndolo de manera metafórica y terrible. «All the cities of the north» es una película compleja, dificil de seguir, abierta a cauces navegables y otros insondables. Como las obras arriesgadas, quien no juega no gana.



ALL THE CITIES OF THE NORTH. Bosnia-Herzegovina, Montenegro. 2016. Director: Dane Komljen. 2016.Productora: Nataša Damnjanović. Producción: CompanyDart. Guión: Dane Komljen. Fotografía: Ivan Markovic. Montaje: Dane Komljen, Nataša Damnjanović. Diseño de Producción: Magdalena Vlajic. Sonido: Igor Čamo. Música: Boris Isakovic. Intérpretes: Dane Komljen, Boban Kaludjer, Boris Isakovic.

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jueves, 20 de abril de 2017

EL CUARTO DESNUDO (Nuria Ibáñez, 2013)



EL CUARTO DESNUDO (Naked room, Nuria Ibáñez, 2013)

Una mirada perdida en el suelo que no es sino una mirada al vacío, como quien se asoma a un precipicio antes de lanzarse y calcula el tiempo de la caída y la dureza del impacto. Una mirada ausente mientras una mano juega con el pelo con intención de ir arrancando poco a poco esa melena. Así empieza la película de la directora madrileña Nuria Ibáñez, y, podemos decir, que así continúa por esa senda de marginación y autodestrucción ambientada en la unidad de psiquiatría infantil de un hospital mexicano. El armazón de la película es muy sencillo y efectivo, la palabra con una imagen muy cerrada sobre el rostro de estos niños, jóvenes, muchachas, primeros planos que asfixian por su proximidad pero que representan esa angustia, ese encierro interior de personas que sufren sin tener, la mayoría de ellos, grandes heridas sangrantes, frente a otros que sí, efectivamente, tienen razones objetivas para sentirse abrumados por el día a día marcados por su pasado pese a su corta edad. El cuarto desnudo es el que acoge un cuerpo que no es capaz de sentir nada más que lo que oye en su interior, y todo ello negativo. Da lo mismo lo que haya en ese cuarto porque la mirada de los pacientes no ve nada, está nublada por el dolor.

La figura del médico queda siempre fuera de plano, oímos su voz, su persistencia cariñosa y comprensiva en intentar hacer hablar a sus pacientes, alguno extrovertido, otros silenciosos, algunos huraños y elusivos. Como también quedan fuera de plano muchas de las madres, porque sí, fundamentalmente son las madres, o mujeres de sus familias, las que acompañan a estos pacientes buscando ayuda, superadas por los comportamientos violentos, autolíticos o depresivos de sus hijos. Ibáñez presenta a sus personajes reales en una serie de escenas sin interrupción, 13 pacientes, 8 chicas y 5 chicos, que aparecen sucesivamente ante la pantalla con sus patologías, sin nombre científico, sino con la exposición de cuál ha sido el hecho que les ha llevado a esa unidad específica, que cuenten lo que sienten o que oigan lo que los padres reprochan de su comportamiento. La película se divide así en una especie de tripartita historia donde se nos enseña a los sujetos pasivos y su pasado reciente, después se les escucha sobre las causas que ellos creen han desencadenado su reacción última (muchos de ellos hablan de sucesos de días anteriores, como si ya fueran pacientes conocidos que están bajo supervisión y control y necesitan un apoyo constante), y finalmente se llega a la conclusión de un final abierto donde todos ellos asisten, privados de la facultad de decisión, a la solución que los terapeutas y los progenitores recomiendan y consienten, sin necesidad de palabra, basta el plano de un cuerpo conducido en silla de ruedas hacia el internamiento. Segunda y tercera parte donde ya los personajes se mezclan, no hay esa sucesión continua y ordenada de personas, sino que el relato se intercala, se repiten pacientes, se les oye varias veces alternando a otros, como si estos médicos atendieran simultáneamente varias consultas y fueran pasando de un chico a otro, de una joven  a otra de manera contínua.


La dureza de la película proviene tanto de su contenido como de la forma inclemente de evitarnos cualquier distracción, pongamos la mirada donde la pongamos será imposible que no veamos la lágrima, el desahogo, la angustia, el miedo de todos estos chavales, o el reconocimiento expreso de que son incapaces de someter su agresividad aunque sean conscientes de que tienen que hacerlo porque no hay razones para comportarse así. El catálogo de supuestos es tan amplio como el de pacientes, una chica secuestrada y violada a la que su padre culpa por tener el demonio metido dentro del cuerpo, el niño que rompe los objetos de la casa o llena de excrementos el frigorífico, la joven anoréxica descontenta con su cuerpo, la que se autolesiona porque nadie la hace caso, el niño de padres separados cuya frustración por la ausencia de la madre le lleva a agredir a sus compañeros, la joven que se escapa de casa, la que ha intentado suicidarse, la que oye voces, la que no puede garantizar que si sale del hospital no vaya a intentar matarse por un mal de amores………acongoja la capacidad de la mente humana para dañarse, se antoja sobrehumano el reto de estos médicos para conseguir que estos niños sean capaces de mejorar y aceptarse como son y ser capaces de ver la realidad como un conjunto de éxitos y frustraciones. No hay respuesta final y no la debe haber, es el retrato de un momento concreto de cada uno de estos protagonistas involuntarios de un comportamiento que sobrepasa lo socialmente aceptado como válido. Un problema a reconducir, un largo camino lleno de soledad y tristeza. Un camino en el que se vierten muchas lágrimas en cuanto se intenta contar lo que pasa y lo que se siente.
EL CUARTO DESNUDO (Naked room). México. 2013. Dirección: Nuria Ibáñez Castañeda. Guión: Nuria Ibáñez Castañeda. Producción Cristina Velasco Lozano, Nuria Ibáñez Castañeda. Imagen: Ernesto Pardo. Sonido: Federico González Jordán. Montaje: Lucrecia Gutiérrez Maupomé. 68 minutos.

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miércoles, 19 de abril de 2017

EL PACTO DE ADRIANA (Lissette Orozco, 2017)



EL PACTO DE ADRIANA (Lissette Orozco, 2017)

 
En la infancia mitificas fácilmente, las personas adultas que te rodean son susceptibles de convertirse en pequeños héroes inalcanzables. Para la directora del documental, la figura de su tía Adriana era ese ejemplo modelo; joven, guapa, viajera, libre, decidida, llegando a casa cargada de regalos para ella, sus primos, sus padres, sus abuelos. Y sin embargo, Adriana Rivas guardaba un secreto, y con ella, toda su familia. Un secreto de esos que no se quieren ver aunque clame al cielo su presencia, oculto bajo un manto de orgullo porque la hija trabajaba para las fuerzas armadas. El problema es que Adriana no sólo era empleada del ministerio de Defensa, sino que entró a trabajar en ese ministerio en el Chile de 1975, dentro de la D.I.N.A., la policía política de Pinochet al mando del criminal general Contreras y en la brigada Lautaro, una de las más sanguinarias entre las brigadas de la represión a la oposición, inquilina de Villa Grimaldi, el centro de torturas, secuestros, desapariciones y ejecuciones más conocido de la reciente historia de Chile. Ese era el verdadero puesto de trabajo de la admirada tía de Lissette, y ese es el terremoto que sacude a la familia cuando la justicia chilena abre un procedimiento contra ella y muchas más personas de las que “trabajaban” en el exterminio del opositor político, la memoria del pasado de un país se instala en el epicentro de una familia mientras la generación mayor va perdiendo la suya propia, un ejercicio de investigación íntima para abrir los ojos más allá de lo que estos ven al tiempo que la abuela descompone su cerebro y su existencia.



Un ambiente femenino y familiar en el que el documental comienza como una especie de retrato de una persona con independencia de su actuar externo y va transformándose en el creciente rechazo a la imagen oculta de alguien que, hasta entonces, estaba idealizado. Es cierto que la fórmula tiene algo de exhibicionista, la propia directora pasa a cobrar mayor protagonismo que el retratado conforme las evidencias parecen acumularse contra su tía aunque ésta niegue con mayor virulencia su participación y conocimiento en esos crímenes, admitiendo solamente su trabajo como administrativa. Pero su discurso apunta información que, en el fondo, justifica lo sucedido, quizás no las muertes, pero si el uso de la tortura, o el “si los militares no mataban ellos morían”. Directora y personaje a filmar entran en proceso de destrucción progresiva, una porque ha de enfrentarse, a lo largo de los años de rodaje, a esa dualidad del chantaje emocional frente a la contundencia de los testimonios contra Adriana, y ésta porque en su huida hacia delante no hace sino confirmar las sospechas, personaje que va desquiciándose hasta convertir a su sobrina, mientras filma, en una subordinada de un plan destinado a influir en otras acusadas y testigos para que confirmen una versión que nadie recuerda o puede transmitir, la de la exculpación de quien estaba situada en las palizas y torturas a los detenidos aunque otras y otros llevaran a cabo la ejecución final.


“El pacto de Adriana” es el pacto del silencio que rige cualquier grupo criminal, la solidaridad forzada por la coparticipación en hechos innobles y que no pueden divulgarse, la imposibilidad de culpar sin autoinculparse, por eso cuando alguien rompe el pacto por beneficio propio, el andamiaje se viene abajo y muchos cuentan lo que saben buscando salvar los muebles. Por voluntad de la propia Adriana, “La Chani”, su participación se va convirtiendo en una videoentrevista al aprovechar la dilación del procedimiento para huir de Chile. Las conversaciones por Skype van horadando lo que era una fluída relación familiar para convertirse en un monólogo exculpatorio y rabioso de la prófuga. Es más que probable que en ese proceso la obra se transforme más en un exorcismo familiar que en una obra cinematográfica, que el pulso narrativo se encasquille en un momento en el que sólo queda una solución. Apenas hay líneas de fuga en el relato y ello termina pesando en su final pese a que la última conversación entre tía y sobrina nos aproxime a la verdadera naturaleza de una y otra, pero es cuando se producen esos elementos de fuga con la realidad del Chile actual, en relación con su pasado, cuando la película alcanza sus mejores momentos cinematográficos, la realidad de los supervivientes, los torturadores, los propinochetistas, las víctimas y las nuevas generaciones que no olvidan aquel gobierno de la Unidad Popular, pero si entre todos los momentos por los que va pasando la directora, hay que destacar uno muy logrado, de esos que se producen en los documentales por el hecho de estar ahí en el momento justo, se produce en el exterior del Museo de la Memoria un 11 de septiembre recordando el golpe de estado, y escuchando por altavoces la retransmisión radiofónica del momento del bombardeo del Palacio de la Moneda. Hay películas sobresalientes, notables, mediocres, intrascendentes. Ésta ronda el notable aunque su esfuerzo final decaiga, pero esta escena, por sí misma, justifica cualquier película y merece el calificativo de superlativa.



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