miércoles, 15 de marzo de 2017

UNA VEZ ENTRÉ EN UN JARDÍN (Avi Mograbi, 2012)



UNA VEZ ENTRÉ EN UN JARDÍN (Avi Mograbi, 2012)


Rodar cómo se va a hacer una película, presentar como una conversación de trabajo lo que realmente es la película que se dice que se va a hacer. Convencernos de que no estamos viendo la película, sino el boceto sobre el que se va a armar la película, aunque realmente hemos entrado en el jardín prohibido. Mograbí utiliza el subterfugio de preparar una película con su amigo Alí, para enseñarnos la película de verdad, la creíble y real posibilidad de convivencia entre árabes y judíos, entre palestinos y israelíes, abandonando dogmas, exclusiones, compartiendo una base cultural común que se ha ido erosionando y socavando por el interés de ir dividiendo a dos comunidades hasta convertirlas en enemigas irreconciliables. Un israelí de origen judío y un israelí árabe, palestino para más señas, el propio Avi y su amigo Ali, más dos acompañantes que interactúan ocasionalmente pero que proporcionan sustento para que la película avance, el director de fotografía Philippe y la hija del propio Ali, Yasmin, quien desde su inocencia es capaz de transmitir el odio reinante en la sociedad israelí, el fanatismo, el racismo y el miedo, el miedo que produce ese jardín del título, son los hilos conductores de una historia que abarca prácticamente un siglo de historia, desde 1920 hasta la actualidad de la película.

Viaje múltiple el que propone Mograbi, un viaje en el que los caminos se cruzan múltiples ocasiones, de Siria al Líbano, de Italia a Palestina, de Palestina a Israel, de Palestina a Líbano, de Líbano a Tel Aviv, un camino en el que van desapareciendo países, relaciones, culturas. La conversación, amistosa, incluso llena de humor y sarcasmo entre dos amigos, el cineasta y el profesor universitario, consigue lo que seguramente ambos se proponían con el rodaje. Mostrar la historia de ese siglo de desesperada supervivencia, de éxodos forzosos buscando un lugar más tranquilo, más seguro para unos, y un lugar desde el que no dejar de soñar en el regreso y la reparación para otros. Ajenos a religiones, políticos y fronteras, Mograbi y Ali Al-Azhari dialogan sobre el sinsentido de la disgregación partiendo de la búsqueda de unos antepasados que podrían haber sido amigos, o vecinos, en ese deambular de Damasco a Beirut, de Beirut a Tel Aviv y, finalmente, el éxodo derivado de la creación del estado de Israel en 1948, momento en el que los palestinos fueron obligados a abandonar tierras, casas, propiedades.........un recuerdo doloroso que se mantiene latente porque las distancias son muy cortas y las historias muy cercanas.


Las capas de la película se superponen de manera sencilla pero revelando una gran complejidad en sus propósitos, viejas fotografías familiares del director en busca de sus orígenes, recuerdos materiales del profesor que muestran la mezcla de culturas amistosa en un mismo lugar (la hoja del calendario en el Damasco de 1936 confluyendo el calendario hebreo, el musulmán y el copto), filmaciones en súper 8 acompañadas por cartas que una amante abandonada sigue enviando a su amado Elie una vez que éste deja Beirut para irse a vivir a Tel Aviv, cartas en las que, tras el recorrido sentimental personal, a lo largo de los años se recogen los acontecimientos que terminaron desembocando en una guerra como la del Líbano, imprevisible cuando el país fue conocido como la Suiza del Oriente Medio; las referencias constantes a lo que el año 1948 supuso de fin forzoso de una relación que durante siglos fue mucho más armónica y tranquila de lo que se nos quiere hacer creer, y que refuerza la necesaria idea de la “reparación” a quien fue usurpado, la sensación de huída permanente que un árabe israelí de origen palestino que no quiere ser un nacionalista religioso tiene que mantener para no ser arrastrado por una corriente que ahora es imparable, una carrera que continúa desde hace 50 años; el éxodo judío desde Europa, el origen del apellido Mograbi para ocultar que procedían de Italia en los años 20 y se apellidaban Moravia, un apellido que era sospechoso en la Siria dominada por Francia………..todo un entramado de historias personales y familiares para justificar un viaje que centrado en dos personas, condensa la historia de una región y el cúmulo de problemas sin resolver que persisten.

Porque es el viaje lo que justifica plenamente el objetivo de una de tantas realidades que se marcan a fuego en la conciencia de nuestra historia, la historia de países con mayor o menor nivel de civilidad en su vida cotidiana, que, en un momento dado, descargan su odio racial e ideológico contra las minorías (con esta palabra el profesor también usa el humor negro ante la existencia en Israel, en los años 40, de un ministerio de policía y minorías, cuando las minorías eran mayoría frente a los israelitas) provocando, como fue en el caso de Palestina, desplazamientos forzados de millones de personas que se vieron privados de su propia identidad, de sus recuerdos, de sus raíces. Víctimas y victimarios en los que resulta más sencillo convivir con uno mismo considerándose víctima en vez de verdugo o descendiente de verdugos. El viaje que Mograbí emprende hacia los territorios ocupados acompañado por su cámara Philippe, por su amigo Ali, por la hija de éste Yasmin y por el hermano de Ali, es un viaje de retorno al lugar de nacimiento de Ali, un lugar que se llamaba Safuriyya para los palestinos y se llama Tsippori para los israelíes judíos. Es el viaje a un lugar que permanece pero ya no es el mismo, ya no están las construcciones, ni hay mezquita, ni personas vestidas como árabes; es un asentamiento con control a la entrada y donde el visitante se siente vigilado y como un sospechoso. Pensar en una compensación, en un derecho al retorno al lugar del que se fue expulsado suena a utopía en la actualidad, permitir que los palestinos retornaran a su hogar supondría otro éxodo y, al tiempo, un desequilibrio en la relación cultural dentro de Israel que este estado no va a permitir, aunque el sueño de Ali sería poder volver al entorno donde nació.

Es el viaje el que revela, con la inocencia de una niña como detonante, lo que realmente puede provocar una simple advertencia en un cartel a la entrada del jardín, un parque como el del título del documental y al que se prohíbe la entrada a los extraños, un espacio reservado a los residentes. ¿Un israelí árabe es un extraño, lo es un palestino de visita? Ali no hace caso de la advertencia, pero Yasmin, que sufre el racismo en el colegio desde que se ha sabido que su padre es de origen palestino, es quien siente miedo y, a la vez, atracción por ese cartel amenazante. Son las nuevas generaciones las emplazadas a mejorar la realidad, pero ya desde sus comienzos sienten la amenaza contra el minoritario, contra el diferente. No todos pueden ser Ali, una persona que no ha dejado de correr para huir de los dogmas, que se ha casado con una judía israelí sin miedo a represalias, algo que ni el propio Mograbí se atreve a consumar manteniendo una relación clandestina con una libanesa musulmana que supondría la muerte para su compañera de saberse que se acuesta con un judío. Imaginar esa zona sin conflicto, que desapareciera de la noche a la mañana fuera cual fuera el resultado y compartir libremente ese café que lleva esperando desde 1948, que las madres palestinas dejen de amenazar a sus hijos con que “vendrá el judío y se te llevará” como aviso ante el mal comportamiento, o que el gobierno de Israel deje de considerar a sus nacionales musulmanes como potenciales terroristas a vigilar permanentemente no parece muy fácil de conseguir, pero la película demuestra cuál ha sido el devenir del último siglo, desde compartir una cultura común manteniendo la propia identidad religiosa hasta la separación absoluta y radical del presente, rota por pequeños resistentes que mantienen esos lazos personales tan gratificantes en un país que ha creado el nuevo ghetto racial moderno con el paraguas de una democracia.


Título original:  Nichnasti pa'am lagan. Director: Avi  Mograbi. Año: 2012 . Israel, Francia, Suiza. Duración: 97’ . Productores: Serge Lalou, Avi Mograbi, Samir. Guión: Avi Mograbi, Noam Enbar. Dirección de Fotografía: Philippe Bellaïche. Música: Noam Enbar, Dakhalt Marra Geneyna, Asmahan.

TRAILER