jueves, 16 de marzo de 2017

TWO LOVERS AND A BEAR (Dos amantes y un oso, Kim Nguyen, 2016)



TWO LOVERS AND A BEAR (Dos amantes y un oso, Kim Nguyen, 2016)

Tu vida se refleja en un lago helado en el que han caído, uno tras otro, un rebaño de renos. Antes ya nos has demostrado que no hay nada más que un agujero que conecta tu vacío interior con un agua tan helada como los sentimientos que se congelan dentro de ti. Equivocado el camino por quien dirige la manada, la muerte del primero supone la de todos los demás, congelados o ahogados da lo mismo, pero el reguero de cuerpos semienterrados en el hielo recoge el estado vital de la pareja protagonista, dos jóvenes amantes incapaces de huir de su pasado, para los que la distancia puesta de por medio refugiándose en una remota localidad minúscula cercana al polo norte canadiense no ha resuelto sus problemas de culpa y miedo. Personajes conectados por la desgracia cuyo presente es tan inestable como indefinido su futuro; si no se puede regresar al sur sólo queda avanzar hacia el norte, pero en ese viaje al norte llegará un momento en que no habrá espacio para seguir avanzando. ¿Nos va  a bastar la inmensa llanura helada, el camino de aventura, o es una simple huida sin sentido? ¿Serán Lucy y Roman otra manada de renos encaminados a quedar atrapados en el hielo en un abrazo eterno pero sin vida?



El regreso de Nguyen, tras su notable “Rebelle”, representa un patinazo notable respecto a su anterior película. El cambio de tono y temática, de ética y de estética, no ha sentado nada bien a este relato de perdedores enamorados, unos Bonnie & Clyde de los sentimientos para los que no hay escape, aunque no sean perseguidos por nadie más que sus fantasmas. Nguyen pretende mantener un suspense improbable ocultando la información que permita al espectador empatizar con los dos personajes principales, y casi únicos, de la trama, y cuando se decide a revelarnos esas carencias y heridas internas de ambos, es ya demasiado tarde porque en el camino se ha reducido el interés por conocer sus traumas adolescentes. Un hombre y una mujer maltratados por sus respectivos padres que optan por la huida al frío, al eterno invierno, al calor mutuo que pueden darse dos heridos de muerte que se abrazan desesperadamente en busca de un remedio que no termina de llegar. La revelación de sus secretos aún nos separa más de su camino absurdo.



No ayuda tampoco el planteamiento derrotista de la historia, ni el pretendido toque “fantastique” que va progresando hasta tomar demasiado peso en el desarrollo de la acción; un oso polar que habla con Roman, unas apariciones fantasmales de ese adulto que aterroriza a Lucy, las fotografías nocturnas de la joven fijando la belleza en el objetivo de su cámara mientras es incapaz de alejar la maldad de su mente enferma, el largo y nada convincente episodio en el refugio militar al que se pretende dar un tono enigmático y misterioso sin necesidad, esa resolución final que puede imaginarse mucho antes cuando la pareja decide enfrentarse a la tormenta polar sin una justificación mínimamente convincente; van acumulando una información desestructurada que termina desfigurando un inicio que ya prometía poco, y concluye ofreciendo mucho menos. En “Two lovers and a bear” se hubiera agradecido que el oso, en vez de dar consejos y beber whisky, se hubiera comido a los protagonistas abortando la película. Quizás así no hubiera perdido hora y media sin sentido ni provecho.

Título original: Two Lovers and a Bear. 2016. Canadá. Director: Kim Nguyen. Guión: Kim Nguyen. Fotografía: Nicolas Bolduc. Intérpretes: Tatiana Maslany, Dane DeHaan. Productora: Max Films / Scythia Films / Société de Développement des Entreprises Culturelles (SODEC) / Téléfilm Canada. 95 minutos. Música: Jesse Zubot. Montaje: Richard Comeau. 

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