jueves, 2 de marzo de 2017

SANTA Y ANDRÉS (Carlos Lechuga, 2016)



SANTA Y ANDRÉS (Carlos Lechuga, 2016)

“Santa y Andrés” prefiere transitar en los pequeños espacios íntimos de dos personajes anónimos, solitarios y golpeados por la vida, antes que entrar a fondo en la ignominia generalizada creada por un régimen dictatorial que impone una línea de comportamiento; confundiendo lo “revolucionario” con lo “moralmente aceptable” por las élites dominantes. La palabra “maricón” se escupe varias veces en la película, presuntos revolucionarios de izquierdas la utilizan como sinónimo de disidente, de desviado de la revolución, confundiendo opción sexual con ideología, se transforma al diferente en desafecto atacando su propia condición sexual. Resulta paradójico que dictaduras autoproclamadas de izquierdas y populares se hayan comportado, y continúen, en la práctica, con represiones idénticas a las dictaduras de derechas. Tan “moralista” con el sexo ha sido el marxismo como el fascismo, tan crueles siguen siendo ambos con las opciones sexuales que se saltan la norma oficial. Cuba no es ningún ejemplo de libertad, y mucho menos en la libertad de sus homosexuales, lesbianas, transexuales……..ha sido una dictadura feroz que pretende lavarse la cara. Si ya en “Fresa y chocolate” el tema pasaba a ser el eje central de la película, ahora en “Santa y Andrés”, película menor en comparación con aquélla, pasa a ser el tema único, la realidad de los confinamientos, las reeducaciones, los destierros, el ostracismo. Si además de homosexual eres artista, el peligro se convierte en doble para la manida revolución.


La película parte de una premisa de escasa credibilidad para facilitar la narración, la improbable, por no decir imposible, relación de amistad que en tres días se produce entre una “revolucionaria castrista”, huraña, misántropa, parca en palabras, y un escritor homosexual represaliado en Cuba en el año 1983 al que tiene que vigilar durante la celebración de un congreso internacional por la paz para que no abandone su residencia y hable con la prensa extranjera. Los “tratamientos” para “curarle” la homosexualidad no han servido, la reeducación ideológica tampoco, “no se ha dejado ayudar”, “es un escritor gusano”, al grito de Viva Fidel responde con un desesperado Viva Mart;, en suma la película pierde importancia en lo cinematográfico por su complacencia a la hora de reflejar los mundos opuestos, con remarcados musicales que no ayudan a sentir el horror de una vida durante años en esta semilibertad tras pasar 8 en prisión. No hay acierto en el tono general, por más que si llegue  a existir cierta química en la pareja protagonista si hacemos caso omiso a la forma en que llegan a congeniar, pero si hay buenos momentos y, sobre todo, hay un interesante intento de poner imágenes a una realidad dolorosa, la que discrimina por la orientación sexual o ideológica, la que impide vivir y desarrollar libremente la personalidad de cada uno. Discutible es esa relación que surge entre dos seres marginados por diferentes razones, una incapacitada de relacionarse con las personas y que obtiene consuelo en el cuidado de los animales de la granja colectiva en la que trabaja y reside, y otro que sobrevive entre alcohol, sexo furtivo y escribiendo a escondidas lo que puede ser su siguiente novela o su siguiente condena a presidio. Son personas llenas de ausencias, sustituidas por fotografías que no impiden sentir el abandono cuando llega la noche, la desesperación y el llanto que se oculta de las miradas ajenas. Tan absurdo, pero más creíble, es la incomunicación inicial de la vigilante como el rápido reblandecimiento y curiosidad que se despierta hacia quien ha creado “contrapropaganda antirevolucionaria y ha fomentado el diversionismo ideológico”, cuando ella misma puede ser culpada de cooperar con el enemigo y termina sintiendo una extraña empatía por el diferente, entre iguales se entienden pero no siempre la identidad puede ser explicada de manera tan ligera para resultar convincente en lo cinematográfico.



“Santa y Andrés” es de ese tipo de cine que se ve venir, que asumes que nada sorprende y cuyo desenlace resulta hasta vergonzante en su forma de desarrollarse y el contexto en el que se produce, pero es necesario, y resulta importante que participe en su realización el propio país que ha generado estas desigualdades innecesarias, que ha confundido la revolución con una uniformidad no sólo de pensamiento, sino de comportamiento sexual. No hay “mea culpa” excesiva cuando la acción se sitúa en 1983, a más de 30 años vista, con “la gente más talentosa de la isla” abandonándola y buscando espacios de mayor libertad para, por lo menos, vivir la intimidad como uno quiere; pero es posible que sea una forma más de ir abriendo grietas en un régimen que, sin duda, se desmoronará, aunque lo que venga después no tiene que ser necesariamente mejor ni lo querido por los propios cubanos. Si por lo menos se deja de perseguir al diferente por su opinión, creencia, sexo o raza, de algo habrá servido la crítica y el cambio, aunque la censura cubana siga siendo tan ciega como cualquier otra y vuelva a perseguir el cine del director como su anterior "Melaza", hay cosas que las dictaduras siguen empeñadas en mantener, y Cuba sigue empeñada en ser una dictadura.

Título Original: Santa y Andrés. Cuba, Francia, Colombia. 2016. Dirección y Guión: Carlos Lechuga. Productores: Claudia Calviño, Carlos Lechuga. Coproductores: Samuel Chauvin, Gustavo Pazmín. Productora Ejecutiva: Claudia Calviño. Fotografía: Javier Labrador. Argumento: Carlos Lechuga, Eliseo Altunaga. Montaje: Joanna Montero.Música: Santiago Barbosa Cañón. Diseño de Sonido: Daniel “Gato” Garcés Najar. Sonido Directo: Raymel Casamayor. Dirección de Producción: Alejandro Tovar. Intérpretes: Lola Amores, Eduardo Martínez, George Abreu, Luna Tinoco, Cesar Domínguez. Empresas Productoras: Producciones de la 5ta Avenida (Cuba), Igolai Producciones (Colombia), Promenades Films (Francia) 

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