domingo, 26 de marzo de 2017

OSTATNIA RODZINA (The last family, Jan Matuszynski, 2016)

OSTATNIA RODZINA (The last family, Jan P. Matuszynski, 2016)


Reconozco no haber oído en mi vida mencionar el apellido Beksinski, ni el de Zdzislaw padre ,ni Tomasz el hijo, ni la madre, Zofía. Son personajes, por tanto, que bien pueden ser de ficción o reales, aunque de hecho, terminada la visión de la película compruebo el arsenal de webs que enlazan, sobre todo, con dos hechos reales, la obra pictórica de Zdzislaw Beksinski y  su absurda y horrible muerte. Matuszynski rueda este biopic sin desgranar una sucesión temporal de anécdotas, sin explicativas transiciones que traten de recoger con exhaustiva profusión la vida de esta familia que, desde el principio, se antoja insufrible, inaguantable, mentalmente enferma y encerrada entre las paredes de su piso en un barrio inhóspito de Varsovia. Enormes bloques de ladrillo y descampados sin urbanizar; como mecanismo de autoprotección ese matrimonio emancipa al hijo y le manda a vivir cerca, en el mismo barrio, en un piso recién construido que parece arrasado por una plaga. Un hijo enfermo, neurótico, misántropo, con miedo y asco al contacto físico con las mujeres, cruel y sin sentimientos más que para su madre, sin empatía emocional por persona alguna, presa de raptos de ira que aconsejan una separación, aunque sea mínima, del domicilio paterno. Las visitas a ese piso del hijo se antojan antesala de la muerte, un ascensor como un cajón de madera, una estructura inestable y envejecida en su misma concepción, un espacio reducido y angosto que recuerda un ataúd. El desarrollo de la primera película larga de Matuszynski es una larga marcha fúnebre en la que los miembros de la familia van desapareciendo por efecto del paso del tiempo, de la enfermedad, del suicidio, del homicidio.......cualquier forma es posible en medio de una familia dotada de genialidad en la misma proporción que son incapaces de vivir hacia fuera.


Matuszynski ha gozado, para elaborar la historia, con un material de primera mano inagotable. Entusiasmado por la tecnología, el pintor surrealista-postapocalíptico (así compruebo que se le define) polaco grababa horas y horas de experiencias familiares, sin rubor, sin miedo a revelar su intimidad. Da lo mismo que se trate de una enfermedad mortal, de un fallecimiento, de un intento de suicidio. Cargado con su cámara recoge la vida diaria, incluso sus momentos de creación. La vida familiar se transforma en arte perdurable de la mano de su compulsiva necesidad de filmar, incluso en medio de un ataque paranoico. Necesariamente el ego del artista empequeñece todo aquello que le rodea, las virtudes o méritos de los demás parecen menores en medio de la obra del pintor, ni los estudios lingüísticos de la esposa, reducida a ama de casa que funciona como argamasa que mantiene unido el núcleo familiar entre la despreocupación paterna y la enfermedad filial, ni las dotes musicales y artísticas de éste, locutor de radio, traductor de guiones, entre ellos los Monty Python para la televisión polaca, introductor de nuevas músicas en los finales de los 80 polacos, cuando la dictadura toca a su fín, pueden rivalizar con la figura de Zdzislaw, que emerge enorme en medio de cualquier habitación, nada arrogante, con un fino sentido del humor, pero anulando a su paso cualquier otra existencia relevante a su alrededor. Estar juntos sin apenas hablar de nada relevante, pasar los días y las horas sumidos en la espera de una nueva obra mientras el mundo parece girar alrededor de sólo una persona, transforma a esa familia en un grupo totalmente inestable, mecido y cuidado por un sentido de entrega femenino frente a la despreocupación galopante de lo masculino.


Apenas hay planos que salgan del interior de los domicilios de estos personajes aislados de su mundo. Lo que pasa fuera de las paredes del domicilio del matrimonio apenas si influye en su vida diaria, en el tránsito entre la década de los 80 hasta 2005, nada del mundo exterior hace cambiar formas de vida, modos de pensar, anhelos de libertad. La dictadura traerá una bocanada de esperanza en el nuevo mundo pero en el domicilio de los Beksinski nada cambia, no es noticia el fín de Jaruzelwski, ni la llegada de un papa polaco, ni unas elecciones democráticas, ni la incorporación a la UE....nada ocurre fuera que valga más que la propia vida interior, salvo la posibilidad de acceder a nuevo material cultural que, de otra forma, se obtenía mediante costosos y alambicados recorridos clandestinos. Sólo un abogado que regularmente compra los cuadros del pintor por orden de un coleccionista francés tiene acceso a ese santuario de manera regular, no son visitas desinteresadas sino que buscan recoger material para contar en un libro la vida de esta familia tan atípica. En esas conversaciones entre el abogado y el pintor, éste desvela sus fantasías, sus perversiones, todo aquello que le hubiera gustado hacer pero que, su cultura, le impide llevar a cabo. Rodada en tonos apagados, el cine polaco se mueve con soltura en medio de la familia, personajes encerrados y oprimidos por un ambiente creado de manera consciente para aislarse del resto, como esa ampliación de la entrada de la vivienda a costa de reducir el descansillo comunitario, ganar espacio para de manera simultánea crear mayor sensación de ahogo y falta de aire al tiempo que te aleja un poco más del resto de vecinos. Los planos, salvo aquellos que recrean las filmaciones caseras, son estáticos, como cuadros expresionistas de personajes rodeados de objetos de uso cotidiano, espacios reducidos por la acumulación, de cuadros, de discos, de libros, pasillos reducidos al mínimo para aprovechar un lugar en el que colocar más y más colecciones. En su entorno familiar, la cámara trata de observar a las personas desde cierta distancia, para eso, inevitablemente, la cámara rueda desde una habitación diferente o desde un pasillo, así los cuerpos quedan encajonados entre puertas, entre paredes, aprisionados por espacios que parecen achicar aire y reducir sus posibilidades de movimiento, constreñidos, impedidos de moverse con soltura, dejando apenas unos centímetros libres para pasar sin rozar un mueble, una mesa, un sillón, una estantería. 


Matuszynski logra una obra de madurez huyendo del tópico que tiende a homenajear y a sentir empatía excesiva por personas que han existido realmente, no utiliza la creación artística de sus personajes como excusa para alimentar el metraje de la película, es capaz, incluso, de ofrecer momentos de excelencia dramática intensos como el desenlace brutal en la vida del pintor, digno del Kieslowski de «No matarás», o la escena del accidente aéreo previamente anunciada como un chiste macabro por Tomasz, hechos unidos con momentos descorazonadores sobre las reacciones humanas ante hechos ineludibles, despedidas anunciadas como inevitables en las que los personajes masculinos se comportan con absoluta frialdad. Un lacónico «enhorabuena» macabro cierra otro de esos momentos terribles en la vida de una persona, un enhorabuena que lacera nuestras conciencias asumiendo lo terrible del momento, pero comprendiendo la liberación añadida para quien queda en pie. A pesar de la soledad, el desamparo, el miedo a lo desconocido, nadie renuncia sin luchar antes de morir salvo que se tenga la valentía suficiente como para rendirse y poner fín a lo que parece inaguantable.


Título internacional: The Last Family.Título original: Ostatnia rodzina. Polonia. 2016.Dirección: Jan P. Matuszyński. Duración: 124'. Guión: Robert Bolesto. Intérpretes: Andrzej Seweryn, Dawid Ogrodnik, Aleksandra Konieczna, Andrzej Chyra.Fotografía: Kacper Fertacz. Montaje: Przemysław Chruscielewski. Escenografía: Jagna Janicka. Producción:Aurum Film, HBO Poland, Lightcraft, Universal Music Polska.

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