martes, 28 de marzo de 2017

NUEVO ALTAR (Velasco Broca, 2017)

NUEVO ALTAR (Velasco Broca, 2017)


«Sin el mar, el hombre no tendría donde reflejarse, ni dios sin el hombre tendría aspecto, el mar sin el cielo sería puro abismo, igual que el homb..........».
El cortometraje tiende a ser menospreciado como equivalente de imperfección, de quedarse a medio camino de una propuesta narrativa completa, como si no fuera “cine de verdad”, y en un país donde el cine y la cultura son despreciados por sistema, el acceso al cortometraje se acerca al culto secreto de una secta de iniciados, un grupúsculo de jóvenes y no tan jóvenes creadores que, no siempre por carencia de financiación para proyectos mayores, apuestan por la brevedad para contar sus historias. Velasco Broca es uno de esos directores cuyo cine se encuentra cómodo en este formato reducido en tiempo, pero denso en propuestas, no es cine para mayorías ni falta que nos hace, es cine lisérgico mezclado con lo espiritual, lo terrenal y lo celestial (sea lo que sea esto), donde se juntan propuestas que ofrecen resultados tan apetecibles como este Nuevo Altar en el que no hay palabra que revelar ni fieles que adoctrinar. Hay curas, iglesias, muertes, medio muertes, resurrecciones, demonios y surrealismo a raudales, todo ello mezclado con el sabor castizo promovido por ir creando una congregación  de adeptos dispuestos a adoptar a un personaje como representante de un nuevo culto, bienvenido sea el Padre Julián a esta nueva confesión medio atea medio creyente.
“Nuevo altar” empieza a circular mientras la anterior obra del director, “Nuestra amiga la luna”, sigue recogiendo reconocimientos y premios (el último en el festival de Málaga, dato que sirve para ir eliminando el mal concepto ganado a pulso en el pasado por este festival, que poco a poco se ha ido abriendo a las nuevas narrativas del cine español, siguiendo la estela de otros muchos más modestas y adelantándose a formatos esclerotizados de los grandes dinsaurios). Formalmente puede ser el corto más convencional de su director, aunque también hay juegos puntuales con texturas e imágenes interrumpidas o deformadas; visualmente es el menos arriesgado por optar por no ser rupturista, aunque su historia y su trama si que resulta endiablada. Broca se acerca al color y nos tiñe de rojo, de blanco, de negro y de verde, se instala en el cine de género para divagar. No podría ser de otra forma diferente cuando el hilo conductor de la historia es el propio demonio; desnudo, barrigón, con la piel de color rojo, que se dedica a deambular por los espacios del bosque a la busca de almas que reclutar, sembrando de trampas el interior de la iglesia de la que ha desaparecido su párroco, el padre Daniel, y en la que termina recalando el padre Julián (Julián Genisson) acudiendo a una llamada de auxilio a un accidentado, y que asume la rectoría ante la inexistencia de sacerdote, un diablo que hace trampas para firmar contratos con la sangre de los moribundos.
A medio camino entre el padre Karras y el padre Berriartúa, la consolidación del padre Julián (tercera película del director en la que aparece el personaje) asume el protagonismo del corto mano a mano con el diablo, convirtiendo la película en misterio, lucha por la fe, desapariciones, muerte, pesadillas demasiado reales, confesiones a cámara de un personaje cansado de hacer el bobo en medio del bosque.........Divertimento puro y duro donde el relato entra en bucle, lo iluminado se vuelve a ver en la oscuridad apenas rota por el halo de una linterna, los feligreses desaparecen y se transforman, el bosque va y vuelve mientras el acantilado rocoso hace las veces de trampolín hacia el infierno. Para el padre Julián las preguntas del estudiante de religión siguen sin respuesta, la duda sobre la muerte permanece repiqueteando su cerebro una vez ordenado, ofreciendo una imagen estética de cura preconciliar en permanente lucha con el antiguo y el nuevo testamento al que el miedo ante un auditorio vacío paraliza como al deportista el silencio en medio de un partido. 
El nuevo altar está lleno de viejos protagonistas, al diablo el peso de los años se le hace cada vez más duro, su vista cansada le impide ver bien de cerca, y más que maldad, su actuación se parece a travesuras infantiles, hacer trampas en medio de un paisaje en el que la lluvia, el frío, la nieve, aconsejan olvidarse de los ausentes que han decidido empezar una nueva vida sin que nadie lo sepa, abandonar la sotana cansados de luchar contra feligreses inconstantes y herejías nada peligrosas. «Nuevo altar» es un revuelto de ideas que funcionan como funciona el cine de Velasco Broca, en este caso como una comedia satánica definida por el personaje del sacristán, que al abrir un armario dice «así estoy yo por dentro», donde lo mismo aparecen decenas de cachivaches tirados, como un muerto, donde los cables parecen pelados y los chispazos están a punto de reventar el resultado pero en el que siempre se termina saliendo a flote. Genisson y Broca se divierten y, de paso, nos divierten, siempre fue más interesante el personaje del diablo que el del santo, aunque todas las iglesias se empeñen en intentar convencernos de lo contrario, más atractiva una iglesia con un cura sin auditorio que otra llena de fieles fervorosos, más surrealista y enternecedor un demonio que confiesa no querer entrar en territorio sagrado porque ya está cansado de hacer el paripé que el personaje histórico que aterraba a doncellas y fulminaba a los valientes. El trino del diablo ha sido siempre más subyugante que las armonías de un órgano eclesiástico, salvo que por medio apareciera Johann Sebastian Bach.