viernes, 17 de marzo de 2017

MAX Y LOS CHATARREROS (Max et les ferrailleurs, Claude Sautet, 1971)






MAX Y LOS CHATARREROS (Max et les ferrailleurs, Claude Sautet, 1971)
La vida de Max es inexistente, objeto de burla en el trabajo, tanto por los compañeros como por los delincuentes a los que quiere encerrar, ajeno a casi toda relación familiar, alejado de su padre, de quien recibe, como única noticia, los cheques periódicos con los beneficios que proporcionan los viñedos familiares en Maçon, sin amigos, sin relaciones. Su vida es un continuo acto de renuncia por insatisfacción, juez, policía, matrimonio, familia………todo ha naufragado o todo ha sido insuficientemente atractivo como para que Max lo quiera mantener, renunció a juez por no poder condenar a los culpables, perdió matrimonio por no relacionarse con su esposa, perdió amigos porque nunca los tuvo. Por eso su obsesión de culminar con éxito una operación policial se ha convertido en la quebradiza línea a superar para que haya algo con sentido en una vida de monotonía absoluta, como la de su vestuario, impenitente traje negro y sombrero. Si la banda de Carmona es lo suficientemente profesional como para convertirse en un objetivo inalcanzable para un solo policía, hay que conseguir el mismo resultado con elementos más frágiles, más desesperados, absolutamente amateurs y sugestionables, con gente cuyos horizontes vitales son muy limitados y perfectamente manipulables. Esa rebaja en la aspiración del tipo de criminal a detener la proporciona el azar, (ah, el azar y el cine francés) el reencuentro ocasional por las calles de París, el encuentro de Max (Michel Piccoli) con  Abel (Bernard Fresson), viejos compañeros de juventud, consigue que Max se acerque a un núcleo de marginalidad de pocos vuelos a los que ir tendiendo el anzuelo para que, sin ellos haberlo planeado, planeen atracar un banco que no deja de ser un plan del propio policía, propiciando que éste tenga éxito en algo de lo que se proponga.



Como en la precedente “Les choses de la vie”, Sautet deja claro desde el primer instante de la película que algo ha salido mal para Max, el qué o el cómo corresponde a la evolución de la historia, pero un aura de fatalidad se percibe en todos los movimientos e iniciativas del policía donde se nos cuenta lo ocurrido como un largo flashback. Reconcomido por un fracaso que le invita a ser violento aunque controle la ira de su respuesta, rodeado de canallas en el lado a perseguir y de imbéciles en el lado de los que colaboran con él; el anuncio inicial de que al final de la historia, el propósito de Max no será recompensando, dota a la historia de un melancólico pesimismo al que la presencia, y sobre todo la mirada, de Michel Piccoli proporciona el tono justo de simpatía y rechazo. Vamos a participar en el plan manipulador de Max desde el principio, vamos a seguir su milimetrado intento sin sorpresas, pasamos a ser cómplices de Max y comprobamos la fragilidad del ser humano cuando la ambición entra por la puerta. A falta de ladrones de bancos hay que crearlos, hay que encontrar un enemigo sencillo y dirigible, la ocasión le llega con un par de copas de Pernod, una charla y la revelación de que Abel se dedica al trapicheo, a los pequeños robos, a sobrevivir arriesgándose a cumplir 18 meses de prisión si es descubierto desguazando coches robados. Ya en ese primer encuentro, Piccoli lanza el anzuelo aunque no enganche profundamente a la pieza, aunque la semilla ya está sembrada, no hay posibilidad de mejorar sin grandes proyectos le dirá a su viejo conocido, lo que traducido a ese mundo de hampa de medio pelo es que sin un gran golpe no puede pensarse en abandonar una vida de persecuciones, angustias, necesidades y poco dinero.




Este preámbulo es largo y hasta lento, hasta que Max no empieza a tejer la tela de araña que va enredando al grupo de chatarreros dirigiéndolos por el camino de un crimen que nunca hubieran pensado cometer por exceder de sus capacidades. La película parece un monótono relato “noir”, gris y poco luminoso como el cielo veraniego de un París más otoñal que caluroso que se transmuta en un drama personal para el propio Max y para el cebo perfecto que consigue el efecto deseado. El traje negro que viste Piccoli es un luto anticipado por una vida vacía y absurda que ha dejado de tener aliciente para Max. Para conseguir que Abel caiga en la red por sí solo hace falta otro eslabón que no relacione directamente al policía con los planes del grupo; Lily (Romy Schneider), prostituta alemana que convive con Abel y a la que Piccoli utilizará para conseguir extender su influencia sobre el grupo de ladrones, consiguiendo que estos asuman como propia la idea del robo de un banco al que les conduce el policía encubierto. Lily es otra perdedora, es una hija de la guerra, un producto de un mundo en ruinas que busca un asidero de cualquier tipo para mantenerse a flote. Esta es la ocasión de Max para crear una nueva vida, un paréntesis ficticio en el que Max pasa a ser Félix, abandonando el rol de policía se convierte en banquero (bancario diríamos aquí, director de sucursal bancaria), adinerado, paciente, hogareño. Un hombre que paga a la puta no para acostarse con ella, sino para comprar su tiempo, el tiempo que necesita Max-Félix para ganarse su confianza, revelar recaudaciones y depósitos de la entidad que presuntamente dirige, dar la información que sabe que la mujer transmitirá a su amante, secuenciando y racionando las revelaciones para que parezcan espontáneas y no una trampa, y con la seguridad de que llegan a sus destinatarios finales para señalarles la fecha en la que tienen que cometer el atraco; enredarles en un callejón sin salida sin que sean capaces de comprender que todo es consecuencia de una trampa desde su comienzo. 




La vida que Max va inventando para convencer a Lily, una vida que termina desequilibrando a la mujer desestabilizando sus emociones, hace que también Max termine confuso; en su creación de un personaje descubre que le gustaría ser Félix más que Max, que tiene todo lo necesario para poder ser el tipo de hombre capaz de seducir a una mujer, de llevar una vida burguesa y cómoda, de no tener que trabajar para vivir. Sautet consigue, así, diluir lo policiaco y hacerlo secundario, su trama oscura entre dos mundos que viven aislados, el del policía exjuez y el de los chatarreros que se han inventado un mundo particular y anarcoide en el barrio de Nanterre, va confluyendo hacia la insatisfacción de un presente inadecuado y un futuro deseado que no puede concretarse. Que el discurso motivador es claramente capitalista no es obstáculo para que terminen predominando los sentimientos, Max compra el tiempo de Lily, Abel y su banda sueñan con retirarse tras un gran golpe y abandonar un trabajo arriesgado, sucio y fatigoso, Lily misma comprueba que hay otra vida y, pese a su profesión, puede conseguir respeto por parte de un hombre. Todo son espejismos de una simulación que, sin embargo, terminan convirtiendo a Max en Félix, concluyendo en una escena digna de un melodrama absoluto cuando Lily se enfrenta al verdadero Max en un café de Paris, en un simultáneo plano-contraplano excelente producto de un espejo, ojos tapados y grito desgarrado de Lily mientras vemos la cara de Max reflejada en el espejo, demudado, pálido, vacilante, bloqueado. Es una escena que recuerda a otra muy posterior, cuando Emmanuelle Béart descubre en público la incapacidad de amar de Daniel Auteil en “Un corazón en invierno”, parálisis masculina y decepción femenina, recurso que Sautet vuelve a emplear al final de la película cuando Félix ha suplantado la personalidad de Max y se produce el aplazado duelo con el comisario Rosinsky. Distintos entramados y diferentes épocas en un gran cineasta que mantiene vigente su modernidad, seguramente mucho más efectiva que cuando su cine se estrenó, sepultado bajo los ecos de los grandes nombres de la cinematografía francesa de su contemporaneidad.


Título : Max et les ferrailleurs (Max y los chatarreros). Francia. 1971. Dirección : Claude Sautet . Guión : Claude Sautet, Claude Néron, Jean-Loup Dabadie (de la novela de Claude Néron). Producción : Lira Films (Paris), Sonocam SA, Fida Cinematografica (Roma) . Intérpretes: Michel Piccoli, Romy Schneider, Georges Wilson, Bernard Fresson, François Perier. Música : Philippe Sarde. Fotografía : René Mathelin. Montaje : Jacqueline Thiédot, Myriam Baum. 110 minutos. 

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