lunes, 13 de marzo de 2017

LES CHOSES DE LA VIE (Las cosas de la vida, Claude Sautet, 1970)

LES CHOSES DE LA VIE (Claude Sautet, 1970)


Si se pudiera dar marcha atrás, recuperar las cartas enviadas por correo, anular las llamadas de teléfono, las frases desafortunadas, los comportamientos que hacen daño gratuito. Si se pudiera accionar una palanca marcha atrás y borrar lo que ha ocurrido, para empezar en un punto en el que pudiéramos escoger una solución diferente, sin duda lo haríamos. Algo así desearía Pierre (Michel Piccoli) para evitar el malentendido, la desolación de un daño irreparable anunciado desde la primera escena, la del accidente. Producido el accidente y su fantástico tratamiento visual, unido al desenlace final evocador de lo que no va a ser nunca más, Sautet escoge accionar la marcha atrás, contarnos lo sucedido en apenas un día desde que Pierre y Hélène despiertan juntos y desnudos en un ático de Paris, hasta que, camino de Rennes, Pierre sufre el accidente como una de esas “cosas de la vida”, pero cuando la pareja despierta ya sabemos qué va a terminar ocurriendo, esa palanca de marcha atrás no deja de ser un trampantojo.


Tratándose de una estética formalmente muy reconocible en la cinematografía de los años 70, completamente alejada del modelo de la Nouvelle Vague, que ya empezaba a quedar superado por sus propios integrantes, grupo del que nunca se sintió partícipe y que tampoco le acogió, «siempre bastante poco “nouvelle vague”, siempre muy burgués», Sautet fue mirado por encima del hombro durante mucho tiempo por colegas y crítica; pero su cine demuestra que aquellas percepciones, aquellas críticas ideológicas, aquellos reparos estéticos, eran excesivos y malévolos; no respondían a la realidad, sino que despreciaban lo que no se plegó a la moda del momento; acercando a Sautet a la figura del apestado (estuvo una década sin rodar, justo hasta esta “Les choses de la vie”) pero sin que por ello renunciara nunca a su forma de concebir su propio arte, «hagas lo que hagas no traiciones tu propia conciencia», como diría Buñuel. Sautet, con el personaje de Pierre, retrata la incapacidad masculina para expresar sentimientos, es más, crea un personaje en completa contradicción interna, un hombre que dialoga consigo mismo y se lleva la contraria, discute, con sus propios pensamientos, pero que, a la hora de la verdad, interpelado por Hélène (Romy Schneider) en pleno momento de crisis, a la pregunta “tu n,as pas á dire?”, contesta con un lacónico “No”, y ello aunque su mente sea un hervidero constante a punto de explotar, como se demuestra en la escena en la que da rienda suelta a su ira cuando la empresa constructora para la que trabaja como arquitecto no respeta su proyecto y elimina los jardines de una promoción por unas plazas de aparcamiento (cuentan las malas lenguas que Piccoli se inspiró en los arrebatos de furia del propio Sautet para rodar esta escena).

Pierre es una contraposición constante frente a los personajes femeninos, más reposados, más calmados, más reflexivos, más elocuentes, frente al laconismo externo del hombre, mucho más inseguro, más indeciso; rota su relación matrimonial con Catherine (Léa Massari) con la que queda el poso de una amistad permanente que impide romper definitivamente el vínculo., un simple cenicero con unas boquillas de unos puros que identifican perfectamente al fumador en la casa en la que vive su exmujer, siguen haciendo el daño de los celos injustificados, como si aquella ruptura no terminara de ser totalmente real y ese hombre no dejara de ser un usurpador en vez de la nueva pareja de la mujer. Por contra, esa relación amistosa, franca, locuaz con su ex, deriva en altibajos emocionales y de carácter con su nueva compañera, quien, cansada de una situación que no avanza, se ve en la obligación de reconocer que «me he cansado de amarte», contrapunto de un agotamiento provocado por ceder sin avances, complacer sin ser correspondida, aguantar sin perspectiva de una vida en común, y siempre con la amenaza constante de una mujer invisible pero que permanece en la mente de Pierre, con la que se mantienen relaciones profesionales y alguna propiedad en común. La isla de Ré, cerca de La Rochelle, mencionada en muchas ocasiones, juega así un papel de retorno al pasado, de vía de escape, de línea de fuga de una imaginación que juega entre el recuerdo placentero y un futuro imaginario. La vieja propiedad de veraneo se intercala como un eco doloroso de recuerdos positivos en un presente insatisfactorio.


La insatisfacción del hombre que todo lo tiene, anclado y paralizado, como ese barco que se le recuerda de manera persistente que se va a estropear si no navega, un barco estático y en dique seco, como el propio Pierre, a quien la renuncia a ese barco supone tanto como eliminar el pasado de su vida, justo ese momento que le mantiene a flote con su recuerdo, como un reflejo de que algo bueno ha habido en su vida que está entrando en el momento definitivo del que ya no caben esperar emociones ni progresos. Sautet, hábilmente, no recurre al flash back ostentoso y evidente, sino que utiliza la fuga mental del personaje de Pierre para mostrarnos esos recuerdos. Mientras Catherine y Hélène viven un presente con pensamientos de futuro, más acusado en Hélène, quien ansia esa relación de pareja permanente y una convivencia estable, y una Catherine mantiene ese poso de amargura entre una relación nueva que no termina de convencerla y una relación pasada que no se elimina; para Pierre, pasado, presente y futuro se mezclan y se suceden sin orden, provocando cortocircuitos que interfieren y aceleran al personaje, causando comportamientos contradictorios que Sautet evoca como ensoñaciones; más presentes y más reiteradas cuanto más confuso se encuentra el personaje que encarna Piccoli.

Los fogonazos mentales de Piccoli hablan de los buenos tiempos, el barco, la navegación, los veranos con Catherine, las reuniones con amigos, las risas, los besos, los abrazos, el día que conoció a Hélène, la primera cita, el primer beso, una bicicleta......todo muy relacionado con el calor y con la isla de Ré, ese refugio compartido con dos mujeres pero del que una reniega porque no quiere una casa de segunda mano. Esos recuerdos reales van definiéndose como ensoñaciones cuando el personaje de Piccoli sufre el accidente (accidente que, trágico, resulta paradójico cuántas similitudes puede presentar con el que poco tiempo después rueda Tati para «Traffic», rueda perdida y solitaria incluída, para hacer del mismo una comedia) y en la conmoción posterior empieza a imaginar un futuro perfecto con Hélène, un futuro que pocos minutos antes ha estado a punto de tirar por la borda con una ruptura sin sentido en una carta que no llega a enviarse, en otro comportamiento errático más de Pierre, cambiando el tono tenebroso de su presente por el iluminado de un futuro por llegar, ahora si, convencido, de que su pareja tiene que ser Hélène. Es el ansia de Pierre por llegar a Rennes y verificar lo que ha planeado para esa tarde lo que acerca «las cosas de la vida», en ese «tener la cabeza en mil cosas», el descentramiento ayuda al resultado de un accidente de tráfico, justo en el momento de mayor felicidad imaginado, el que se va creando en  la mente del hombre sin saber si será correspondido, que culmina con la excelente representaciòn en imágenes de la llegada de la muerte, ajena al patetismo, como una boda que se mezcla con un funeral y un barco de vela que va alejándose con los seres queridos, mientras nos hundimos en el agua sin oponer resistencia. La viuda y la novia representan su papel en esos últimos instantes, Hélène vestida de blanco, Catherine de negro, el futuro y el pasado, con un último acto de empatía emocional revestido de misericordia por parte de Catherine para ahorrar un mal  y un sentimiento injustificado de culpa a la joven amante de Piccoli.

Sautet regresó al cine con esta película, y con ella reinició una carrera de director que iría ampliando hasta culminar en dos grandes películas de los 90 como «Un corazón en invierno» y «Nelly y el señor Arnaud», otras dos películas de relaciones amorosas donde el hombre actúa de manera gélida, desangelada, haciendo daño sin intención de mortificar, simplemente desde una parálisis emocional, un autismo sentimental parecido al de Pierre; capaz de pasar de un «sólo te observo», amoroso y confidencial tras ver a Hélène semidesnuda traduciendo un libro en la máquina de escribir, con un «je t,aime» esperanzador sin palabras, a la más fría de las indiferencias, al desdén del silencio que provoca la agonía de su pareja por más que intente cambiar su propio comportamiento para agradar al hombre, comprobando que nunca nada es suficiente. Las cosas de la vida tienen el inconveniente de que cuando llegan ya no vale propósito de enmienda alguno, ya no hay marcha atrás como el de la cámara de Sautet, perdido el control sólo podemos esperar detener la marcha contra algo seguro y confortable, pero no siempre es así, y la visión de un Alfa Romeo envuelto en llamas es la carbonización del confort burgués sin remisión.


LES CHOSES DE LA VIE.  Francia. 1970. Director : Claude Sautet . Intérpretes: Michel Piccoli, Romy Schneider, Lea Massari, Gérard Lartigau. Montaje : Jacqueline Thiédot. Fotografía : Jean Boffety. Guión : Claude Sautet, Jean-Loup Dabadie, Paul Guimar. Música : Philippe Sarde. Productores : Raymond Danon, Jean Bolvary, Roland Girard . Productores : Lira Films, Fida Cinematografica, Sonocam. 82 minutos