lunes, 6 de marzo de 2017

LA GUERRE EST FINIE (La guerra ha terminado, Alain Resnais, 1966)

LA GUERRE EST FINIE (La guerra ha terminado, Alain Resnais, 1966)

Jorge Semprún: "En 'La guerra ha terminado' se establece la incapacidad, verificada hoy en día con creces, para organizar con fechas específicas, calculadamente, desde la telecomandancia de una estructura clandestina, la acción de masas a escala nacional. En la película se afirma que la acción de masas es autónoma y que si el partido puede jugar un rol es como levadura y estructura ocasional, en ningún caso como sustituto.”


Carlos, Federico, Domingo, Diego………¿quién eres después de 30 años jugando a ser otra persona?, quienes creen conocer tu nombre, ¿realmente saben si te llamas Diego Mora? ¿no será verdad, como le dices a Nadine, que te llamas Domingo? ¿O será que el nombre de Domingo te recuerda el descanso, la necesidad de abandonar, de aceptar que la guerra ha terminado porque se ha perdido definitivamente? Diego Mora (el gran personaje creado por Yves Montand) es un republicano español exiliado en Paris, activo miembro del “Partido”, integrado en su estructura central y en permanente contacto con la resistencia interior en España, que, en la cercanía de un 1 de mayo en el que se intenta provocar una huelga general masiva en España que hará caer a la dictadura, abandona precipitadamente Madrid cuando la policía empieza a detener a miembros de las células, temiendo haber sido descubierto y que su fotografía circule ya en manos de toda la policía franquista. En ese abandono es consciente de haber puesto en peligro el fín último de la organización y haber abandonado a su suerte a Juan, otro exiliado que llegaría a Madrid vía Barcelona. Su vuelta a París trata de evitar el sacrificio estéril de Juan, y al tiempo, regresar al hogar, a ese hogar que no termina de ser real sino provisional, ¿será posible?.


Resnais cuenta la historia sin recurrir a la linealidad temporal, en el relato de esos días de incertidumbre las imágenes del presente se llenan de referencias del pasado y, también, de un futuro posible, de un futuro deseable en paz con uno mismo y abrazado a una mujer, fogonazos de encuentros, de amores, de evocaciones que martillean la mente del exiliado y confirman la convicción de la inutilidad del esfuerzo desde la distancia, de tarea ardua que no va a conseguir ningún resultado; precisamente por esa lejanía, por permanecer inamovibles a una idea de lucha anclada en un momento histórico que pasó hace 30 años; porque sus viajes al país que se quiere liberar le ofrecen una imagen de España muy diferente a la que han idealizado los que lo abandonaron huyendo del presidio o de la muerte y han mantenido una idea fija, inmutable. Dirá Diego, representación del propio guionista de la película, Jorge Semprún, que España “ es un mito para viejos combatientes […] España ya no es más que un sueño para turistas o la leyenda de la Guerra Civil. Todo ello mezclado con el teatro de Lorca”, en suma, España no es la polarizada ni politizada sociedad de 1939, España ha sido domada y domesticada hasta asumir la dictadura como algo ordinario con lo que convivir. Para Diego, en contra de la opinión de sus iguales en la estructura clandestina, no habrá revolución ni cambio en el país que no cuente con la intervención de los propios residentes, con la lucha y revuelta popular de los que permanecen y surgen en contra del régimen en la propia España, no como consecuencia de directrices dictadas desde Paris fijando día y hora para el inicio de la revolución, por eso el personaje de Montand ve cómo se va desmoronando el mito del combatiente, la inutilidad de la clandestinidad. Cuánta gente detenida, torturada, muerta, por ideales que apenas persisten en el imaginario colectivo de los que se quedaron en España.


Resnais, con la inestimable ayuda de Semprún, por aquel entonces ya depurado dentro del PCE, obligado, como el propio personaje de Diego a una autocrítica que denota el extremismo y rigidez de los que no pueden aceptar ser inservibles ya para ninguna revolución, y menos para que se cuente con ellos en una hipotética nueva España, consigue mezclar lo personal, lo nacional y lo internacional, en su expresión artística de la situación cercana al año 1968, un año de revueltas fácilmente apaciguables con un arma tan simple como eficaz, el mero trascurso del tiempo y el agotamiento de resistencias efímeras. La película recoge con gran acierto el germen de ese magma revolucionario que impregnaba a mucha juventud e intelectualidad en un mundo dividido en dos bloques, donde las clases sociales se reivindicaban como estandartes reconocibles y donde estudiantes y obreros soñaban con cambiar un mundo que terminó convenciéndoles de que era mejor convertirse en patrono, o en recogedor de las migajas, que en siervo. Para el personaje de Diego la decepción hace tiempo que se ha instalado, la crisis política, y también personal, ha llegado para instalarse cómodamente en una vida que se va aburguesando sin estridencias. Convencido de la catástrofe inminente, su evolución también es una evolución vital en la que la multiplicidad de nombres y vidas inventadas equivoca hasta sus fidelidades afectivas. En esa frontera indefinida de los 40, en una vida francesa instalada en el confort que otorga el trabajo muy bien pagado de su compañera (Ingrid Tullin en el papel de Marianne), el desmoronamiento político al no aceptar el seguidismo doctrinario a fuerza de observar con sus propios ojos que la realidad de España es muy distinta a la que se imagina desde París, viene acompañado por el desmoronamiento que produce la edad y la pérdida de las certidumbres, las evocaciones eróticas con su compañera no le impiden el desliz furtivo, el sexo instantáneo, la seducción de una joven que implica otra falla en su quebrantada resistencia (Geneviéve Bujold como Nadine), como si aquello que ya no puede ser en lo político pudiera regenerarse con un cuerpo joven e ingenuo lleno de ardor revolucionario. 



Esa continua inestabilidad que le obliga a permanecer meses en España, también provoca el extrañamiento en Francia, sus idas y venidas le alejan de otras realidades que van germinando, le alejan de circunstancias que se desarrollan ante sus propios ojos y que no sospechaba, que los grupos de apoyo franceses en definitiva, no lo hacen por idealismo romántico de devolución de libertades en España sino por un afán de extender una revolución, en este caso leninista, por el continente. Rodada en 1965, la semilla de mayo de 1968 está creciendo, a punto de manifestarse de manera virulenta, rápida y también fugaz, tan fugaz como el espíritu de todos esos jóvenes creyentes de acabar con el mundo en el que vivían pero que fueron acogidos rápidamente por el sistema que querían eliminar porque, en el fondo, muchos de ellos pertenecían desde hace generaciones a las clases dominantes que, según ellos, sojuzgaban al planeta. “La guerre est finie” es un retrato fidelísimo de un momento histórico que preludia los años por venir, no se atiene al relato nostálgico del viejo republicano anhelante por volver y por acabar con la dictadura, sino que ramifica sus propósitos alrededor de un mundo que luchaba por manifestarse y que, cuando lo hizo, fue rápidamente engullido por sus contradicciones. Dijo Debord que “la vanguardia no se rinde”, pero parece que partió de una premisa muy ambiciosa, pensar que existían vanguardias, que éstas eran imperecederas y que querían cambiar el mundo y no la situación económica de sus propias cuentas bancarias. La vanguardia europea de los 60 se rindió rápidamente, la de los 30 tuvo que rendirse después de luchar y ser barrida por un sucedáneo posibilista y hasta bien visto por el capitalismo dominante como fue la socialdemocracia. Advertir esto en los 60, como hizo Semprún y como puede leerse en su obra narrativa, refleja la lucidez del personaje y, también, el grado de desilusión que debe conllevar darse cuenta de que la lucha clandestina no conducía a nada en aquellas fechas.



Nunca como ahora la sociedad del espectáculo ha conseguido su propósito alienante y nada desestabilizador, las proclamas revolucionarias, la internacional situacionista, Débord, Deleuze, han quedado superados por la realidad, sus consignas e ideas asumidas y prostituidas por aquellos que eran los “enemigos” para adaptarlas a sus propias estrategias comerciales y de dominación. Nunca la izquierda ha estado tan desamparada de ideas e ideales como ahora, y Diego Mora lo veía venir ya en el lejano 1965 cuando desde París asistía a lo inútil de su sacrificio, a su rápido erosionamiento como persona sin vida real. El franquismo, o el antifranquismo de la película, opera como artefacto narrativo fuera de campo, hay varios niveles evocadores de una dictadura implacable, entierros libertarios y recuerdos a los que ya no están, gabardinas y periódicos que incrementan la paranoia de Diego temiendo una detención inminente, momentos de euforia y alegría combativa recordados como el momento de lo que pudo ser y nunca más va a volver, una dictadura a combatir mediante la opacidad de la clandestinidad, un refugiado que ya no se siente de ningún lugar y que circula, obediente pero desilusionado, hacia su última misión, mientras el amor real corre para salvarlo. Resnais da una clase de cine utilizando un excurso histórico que propaga su contenido más allá de su evidente voluntad política. La enorme importancia de la película se encuentra remarcada por su visión de futuro, la constatación de que todo aquello en lo que Montand deja de creer y por lo que ya no está dispuesto a luchar, se ha confirmado década tras década. Contundente testimonio de un mundo en decadencia antes de conseguir el esplendor, fabulosa narración, la prueba evidente de que, empeñados en hacer caso al presente del cine, escondemos en armarios auténticas maestrías narrativas en las que encontrar respuesta a nuestro presente idiotizado, catódico, dirigido, sumiso, rendido.



La guerre est finie. 1966. Francia. Dirección: Alain Resnais. Guión: Jorge Semprún. Música: Giovanni Fusco. Fotografía: Sacha Vierny. Productora: Europa Film / Sofracima. Montaje: Eric Plouet. Reparto: Yves Montand, Ingrid Thulin, Geneviève Bujold, Jean Dasté, Dominique Rozan, Marie Mergey, Michel Piccoli. 121 minutos.