miércoles, 22 de marzo de 2017

HAPPY BIRTHDAY MR MOGRABI (Avi Mograbi, 1999)





HAPPY BIRTHDAY MR. MOGRABÍ (Avi Mograbi, 1999)


Con un peculiar sentido del humor para contar una historia llena de dramatismo y muerte, Mograbi disecciona la creación del Estado de Israel y la progresiva vampirización del territorio con la expulsión de los habitantes nativos para asentar a los que van llegando pertenecientes a otra religión, valiéndose de un mecanismo no solo inteligente, sino muy enriquecedor en el que la burla llega al mundo del cine, al mundo de las celebraciones y al mundo de la política, sin olvidar toda la sangre perdida por el camino por ambos bandos (la celebración por los mártires no deja de reflejar el estado de un país demasiado obsesionado con lo identitario). Recibiendo sucesivos encargos para hacer una película por parte de un productor egocéntrico y caprichoso, Shahar Segal; Mograbí critica a su país, Israel, y su forma de expansionarse en la región, utilizando una de esas citas que parecen inatacables, la conmemoración del 50 aniversario de la creación del estado que, curiosamente, en ese 1998, coincide el mismo día que el cumpleaños del director. Por qué no decirlo, ficción y realidad se van dando la mano paralelamente y sin disonancias, a lo largo de la historia que se nos cuenta, introduciendo representaciones exageradas de lo que, seguramente, han sido experiencias personales del propio director en su trabajo cinematográfico y en las relaciones de vecindad, pero que, todas ellas, terminan concluyendo en la configuración del carácter de un  país tremendamente obsesionado con la seguridad, la defensa, el ataque preventivo y la psicosis hacia el diferente entendido como enemigo. Lo general se va perfilando a través de lo personal y lo particular, para terminar demostrando que esa frontera es muy permeable, que lo personal está tan influído por el ambiente general que los comportamientos diarios se encuentran, también, encorsetados y predeterminados por la concepción de pertenencia a un grupo y la necesidad de preservarlo a toda costa.


Los sucesivos encargos que recibe Mograbi aluden a la esquizofrenia colectiva de un país que se debate entre preservar la libertad de los suyos a costa de las libertades de árabes y palestinos, entre reírse de su propio pasado o sentir pavor de su inminente futuro. Si el himno que celebra la “Hanukah” (celebración por la creación del estado) contiene en su letra una frase como “cuando prepares la matanza del enemigo blasfemo”, la separación entre religión y estado parece casi imposible, y en esa mezcla ahonda Mograbi siguiendo una esperpéntica caravana festiva del presidente Netanyahu, ciudad por ciudad de los territorios ocupados, mezclando sin disimulo el pasado milenario de una religión, derechos pretendidamente seculares sobre ese lugar antes de la existencia de un estado como tal y equiparando las referencias talmúdicas a leyes inquebrantables del estado de Israel. Si la película va siendo sucesivamente encargada como una película alegre, posteriormente como una película sobre la lucha de los ricos contra los pobres, como una película para promover la paz y como una película para celebrar el aniversario nacional, el evidente toque humorístico, negro, muy negro, lo proporciona el productor palestino que encarga simultáneamente al director israelí una película sobre el 50 aniversario del estado de Israel con un  solo ruego, filmar los lugares abandonados por los palestinos en 1948 y años posteriores, reflejando el estado actual de dichas zonas, es decir, el abandono en que Israel ha sumido a las referencias de otra cultura.



Mograbi demuestra que Israel vive de espaldas al pasado de esos territorios, del mismo modo que los árabes de su entorno niegan la existencia de otra realidad impuesta a partir de 1949 tras una guerra salvaje y cruel (como todas) que también es tratada con una frivolidad absoluta por los propios israelíes al celebrar la unión de los hoteles Sheraton de Jerusalén y Tel Aviv como algo divertido y digno de una fiesta de disfraces. La cámara de Mograbi se transforma en una especie de diario filmado de esos meses previos al gran día, una cámara que, en el fondo, recoge lo que se ha perdido y muestra lo que se ha instituido a cambio. En un país que construye desaforadamente para ocultar un pasado incómodo; los restos de la “Nakba”, lo que los palestinos llaman “la catástrofe” tras 1948, queda oculto por los cactus, por la vegetación, o simplemente permanece mientras el tiempo y el abandono lo degrada, lo derruye, lo va eliminando del recuerdo. Las grabaciones que Mograbi realiza de los viejos asentamientos árabes en territorio israelí vienen acompañadas  de parlamentos de una voz en off que recita los habitantes que había, a lo que se dedicaban , si había mezquita, escuela, los muertos provocados por las matanzas indiscriminadas….. Cuando lo que vemos es una simple ruina que contrasta con el júbilo extasiado de una juventud no necesariamente ultraortodoxa que canta himnos de los tiempos de las siete tribus, de héroes nacionales de un pueblo que reivindica sus 4000 años de historia como freno a las aspiraciones de los que llegaron después, apreciamos un componente fanático alejado de cualquier autocrítica.


La historia de Israel también es una historia de muerte, de exterminio, de desplazamientos, de éxodos. Por eso Mograbi es incómodo para su país, porque en el origen y desarrollo del estado hay un uso de la fuerza que se quiere ofrecer simplemente como autodefensa, aunque las imágenes y los discursos demuestren lo contrario. Esa belicosidad general que termina trasladándose a la vida diaria, las amenazas del productor, las disputas con el comprador de una parcela que ha terminado teniendo más metros de lo que aparece en la escritura, o con el vecino que piensa que Mograbi ha usurpado parte del terreno; luchas por territorios que se configuran como metáforas de un país obsesionado por la expansión y la exclusión, por muros y fronteras que terminan mortificando a Mograbi cuando cree parecerse cada vez más a su padre, un temor que no proviene de la genética o el físico, sino del recuerdo visto en otras películas del director cuando representa al padre como integrante de aquel incipiente ejército israelí en guerra sucia, si es que la hay limpia, contra el árabe que vivía en la misma zona. Un sentimiento de ira que va creciendo en Mograbi ante lo absurdo de determinadas situaciones personales que juegan como recuerdos de otras iras desatadas pasadas y futuras. Rodando en el presente, el director consigue jugar con el tiempo presentando todas las etapas del estado de Israel; sus etnias, sus filias, sus fobias, su pasado y su futuro a través de todas las generaciones, juegos escolares de israelíes y palestinos que tratan de situarse en la mente del otro con enormes problemas de comunicación y demuestran la incapacidad presente para alcanzar un mínimo entendimiento. Parece que solo conseguir volver atrás sería la solución, empezar de cero y sin cuentas pendientes, lanzar un mensaje de recapacitación mediante esas imágenes en las que la acción transcurre marcha atrás, ¿es posible dar marcha atrás y conseguir avanzar hacia el futuro? Mecanismos de la imagen para dar un mensaje político a pasajes aparentemente neutros pero en los que un simple juego con el tiempo y el movimiento dotan de significación diferente a lo que vemos.

  Título: Happy Birthday, Mr. Mograbi. 1999. Israel. Dirección: Avi Mograbi. Guión: Avi Mograbi. Dirección de fotografía: Eytan Harris, Ron Katzenelson, Itzik Portal, Yoav Gurfinkel, Oded Kimhi, Yoav Dagan. Duración: 77 min. Producción: Avi Mograbi Films 

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