lunes, 20 de marzo de 2017

ATRÁS HAY RELÁMPAGOS (Julio Hernández Cordón, 2016)

ATRÁS HAY RELÁMPAGOS (Julio Hernández Cordón, 2016)

La vida es un juego que termina convirtiéndose en algo muy serio, sea por un descubrimiento sorprendente, por un accidente, por un malentendido. Las risas y las burlas pasan rápidamente a ser angustia y decepción. Sole (Adriana Álvarez) y Ana (Natalia Arias) son una pareja de amigas cuyos días suceden uno tras otro de manera monótona e igual, entre bromas, amigos, bicicletas, amores, noches, calles desiertas de la ciudad de San José, con una despreocupación absoluta hacia lo que el día siguiente traerá. Este grupo de jóvenes recorren las calles de una ciudad con apenas tráfico, días húmedos de lluvia tropical y noches largas de confraternización y celos encubiertos. 2 chicas en medio de un grupo de muchos hombres, con cuentas pendientes en estado latente que no impiden la unión, gente de la que desconocemos todo, salvo el origen y la situación económica de Sole, una rica heredera en ciernes, que vive en una mansión rodeada de lujos y comodidades, y que, en pleno juego, descubre un secreto de familia que produce la primera convulsión seria en su vida. En el interior de uno de los vehículos que su familia conserva como una colección en medio del jardín y que escenifica un status, aparece el cadáver de un inmigrante. Hay reacciones naturales que pueden entenderse, otras que no son sino producto de la inmadurez y la falta de compromiso. Todo el grupo mantiene un instinto natural que le lleva a hacer lo correcto en caso de gravedad, todo el grupo menos Sole, que decide que ese muerto es un problema para una abuela con Alzheimer y decide prescindir de Ana, cambiar el cadáver de lugar y mentir a la policía.

Este largo preámbulo, que parecería conducir la historia hacia un relato criminal con dos jóvenes en medio de una historia de la que no son partícipes voluntarias, sufre un vuelco y un inesperado empujón positivo con un punto y aparte que, descoloca, pero amplía las facetas narrativas de la película al cambiar el personaje central de Sole a Frank, un “biker” urbano que se desplaza por la ciudad con su BMX, con su fisonomía nada centroamericana, en soledad  acompañada por un excelente sentido musical que sirve para acompasar las imágenes con el movimiento del desplazamiento errático por calles y caminos, imágenes en movimiento que siguen a objetos o personas que se desplazan, creando una sensación de levedad, de imágenes que fluyen acompasadamente y sin un rumbo definido. Seguimos a Frank hasta que llega la noche y descubrimos que forta parte de ese grupo de jóvenes al que pertenecen las dos mujeres, un grupo que llega a la cita diaria y se encuentra con este personaje que, siendo parte, no termina de encajar en el conjunto. Esa sensación de desplazado, de personaje que se encuentra a medio camino entre la integración disolviéndose en la masa o el rechazo al diferente, que se mantiene girando en una órbita cercana, que  le permite escapar en cualquier momento, pero atraído por las dos jóvenes; un estar sin estar, no alejarse de las chicas aunque eso suponga relacionarse con el resto de hombres, unas chicas que también rivalizan inconscientemente por el joven. Y es en este momento cuando Hernández Cordón ofrece uno de esos apabullantes momentos visuales que tan bien jalonaban su anterior película «Te prometo anarquía», poseedor de un sentido estético innegable, sus imágenes en movimiento atrapan, tengan o no, incidencia íntima en el relato; porque el deambular ciclista con bombillas encendidas que los jóvenes se colocan alrededor de sus cuerpos vale por sí solo todo el tiempo de la propuesta. Es el ejemplo claro  de cómo cualquier película, por irrelevante que sea; que no es el caso; es capaz de ofrecer un momento de serenidad absoluta, de imaginación compositiva, de madurez visual que consigue atraernos y mantenernos hipnotizados ante la imagen. Si los jóvenes dan vueltas sin mucho sentido al velódromo donde concluye su peregrinaje nocturno, nosotros seguimos dando vueltas a esos puntos de luz en movimiento incluso concluída la larga y evocadora escena.


Y así continúa el discurrir de los días, entre un acto moralmente discutible como el de las dos chicas al comienzo de la película y el dejar transcurrir horas y días de bebida, sexo, amistad, deporte. Nulas obligaciones y nulas responsabilidades que consiguen hacer relativizar a Sole y Ana el descubrimiento de un cuerpo asesinado, pero que, como quien quiere limpiar conciencias, les lleva a utilizar a Frank para intentar conseguir un perdón retrasado por un comportamiento previo, haciéndose pasar por espíritus puros que quieren tener un acto de reparación con la familia del joven muerto, consiguiendo así el director, mostrarnos cómo incluso en un país como Costa Rica, perduran y se fomentan comportamientos excluyentes, de componente discriminatorio entre nacionales y extranjeros, sobre todo si estos son hondureños o nicaraguenses y viven en los extrarradios olvidados de la capital, del mismo modo que antes hemos oído a Sole contar sus experiencias personales en EEUU o en Suiza como receptora de racismo pese a su dinero. El grupo ha entrado en la dinámica de que, a cada acto de relax, de irreflexión juvenil inmadura, le sigue otro golpe de realidad, que a su vida regalada o fácil le es necesaria una bofetada de la calle para darse cuenta de que existe otro tipo de vida que ni tan siquiera puede pensar en fiestas o en qué hacer cada noche, que un cadáver no es una basura de la que deshacerse al ritmo y en la forma que se quiera, que dedicarse a un trabajo de taxista oficioso no tiene nada de broma y que conducir un vehículo es algo más peligroso que andar en bicicleta, donde cualquier error produce efectos irreparables. La conclusión de «Te prometo anarquía» era parcialmente optimista en cuanto que podía presumirse que alguno de los protagonistas fuera capaz de salir del mundo del hampa y de la mafia en que había entrado por inconsciencia, la conclusión de «Atrás hay relámpagos» es mucho más desoladora pese a que el relato en su conjunto es menos árido, menos brutal, con muchas menos aristas. Si el dinero familiar salvaba a uno de los skaters que circulaban por México DF, aquí el dinero parece ser el germen propiciatorio para eludir las responsabilidades. El mar donde has alcanzado un instante de felicidad compartida con Ana y Frank no te va a dar respuesta ni refugio ante una huida tan inmadura e incomprensible como el acto inicial del que desemboca todo el desarrollo expositivo de la película. Al final, el maletero que tratabas de limpiar, del que te has afanado por eliminar un olor a muerte que se te ha instalado en tu cerebro, te recuerda que los errores pueden repetirse y hacer que no tengas donde esconderte, un error te lleva a otro.



Al ritmo de las canciones de José Fantasma o Muchacha normal, la historia de unos jóvenes cuyo sentido ético se ve comprometido una vez tras otro, deriva hacia la madurez definitiva a costa de golpes y de provocar daños colaterales. Sus comportamientos importantes son simples, «no quiero despertarme sin poder estar tranquila», dice una de las canciones, y para ello no hay como olvidar o tratar como anécdota lo trascendente, «no huele tanto a muerto» justifica que el coche sarcófago vuelva a rodar por las calles sin afectar al ánimo de las chicas, que lo usan como instrumento de un trabajo con poco futuro, como todo lo que se empeñan en imaginar como castillos en el aire. La canción final dice que vas corriendo detrás de tu sombra, pero no eres capaz de pensar que nunca vas a alcanzarla por más deprisa que corras. Por eso cada vez que te paras te das cuenta del vacío que vas construyendo a tu alrededor y del daño que puedes causar por echar a correr sin sentido, pero cuando te has parado ya es tarde para dar marcha atrás.




Título Original: ATRÁS HAY RELÁMPAGOS. País: Costa Rica; México. Año de producción: 2016. Duración: 82 min. Guión:  Julio Hernández Cordón. Dirección de Fotografía: Nicolás Wong. Edición: Lenz Claure. Productores: Adriana Alvarez Odio, Natalia Arias, Julio Hernández Cordón, Amaya Izquierdo. Productoras: De Raiz Productions, Melindrosa Films. Intérpretes: Adriana Alvarez Odio, Natalia Arias.

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