jueves, 9 de febrero de 2017

VENÍAN A BUSCARME (Álvaro de la Barra Puga, 2016)





VENÍAN A BUSCARME (Álvaro de la Barra Puga, 2016)

Hijo de Alejandro de la Barra y Ana María Puga, inscrito como hijo natural de Ana María Feres con el nombre de Alvaro Feres Feres, adoptado en Venezuela por su tío Pablo de la Barra, nacido en 1974 y exiliado forzoso cuando apenas era capaz de sostenerse en pie y que no conoció Chile hasta después de 1990, cuando Pinochet empezaba a perder poder tras su golpe de estado el 11 de septiembre de 1973 y su posterior régimen genocida, cuyo verdadero nombre no fue reconocido por la justicia hasta mucho después. En ese contexto, ocultado por la familia para hacerle pasar como hijo de personas distintas y poder salir de Chile cuando la D.I.N.A. le buscaba, quien sabe si para eliminarle o para entregarle a familias adeptas al régimen, la recuperación de su verdadera identidad y conocer Chile se transforma en una necesidad para el cineasta, algo que nos comparte al tiempo que va revelando el pasado de sus padres y su infancia y adolescencia. Dos fotos son el único recuerdo con el que el director cuenta para armar el inicio de su historia, dos fotos en blanco y negro de sus padres por separado y las vivencias que la familia de su padre le ha ido contando. Al quedar bajo la custodia de su tío paterno, primero en París, y después en Venezuela, la familia materna quedó separada de su crecimiento y de su memoria, la figura de la madre se convierte, así, en una casi total desconocida de la que hay que rellenar toda una vida pasada.

En la idealización de unos padres ejecutados por el régimen cuando acudían a recoger a su hijo a la guardería, en una emboscada que se disfrazó de enfrentamiento armado, Álvaro acude al cine. Su tío Pablo, cineasta exiliado, el 10 de septiembre de 1973 concluye el rodaje de la película “Queridos compañeros”, película política y militante que narra los comienzos del M.I.R. en la década de los 60, su persecución policial, sus encarcelamientos, sus condenas. La película, en una clara premonición, utiliza imágenes reales de manifestaciones pro-Allende los días previos al golpe como si fueran de los años 60, y la pareja protagonista es asumida por el joven Álvaro como un reflejo de ficción de lo que debió ser la vida de sus padres en la clandestinidad, y hasta que fueron asesinados. El cine chileno no oculta su pasado reciente, como tampoco oculta los problemas del presente como una solución de continuidad de lo que no ha terminado de ser erradicado, pero de todas formas presenta con valentía sucesos tan dolorosos como que una inmensa mayoría del país ha conocido en su propia carne las consecuencias de la infamia criminal que gobernó el país durante casi dos décadas, con la inestimable colaboración del amigo americano. El cine documental chileno se ha encargado de remover el pasado para que no se pierda, recoger testimonios suficientes como para que aquel horror no sea borrado con interpretaciones revisionistas o tergiversaciones interesadas, hay tantas y tan interesantes películas que duele pensar en países donde esa valentía no ha existido a la hora de enfrentarse de cara con un problema que se mantiene latente.

De la Barra podía haber utilizado el relato para pasar factura, para identificar a los responsables de la muerte de sus padres (por cierto, condenados por tribunales chilenos, otro ejemplo de cómo se lucha contra el crimen de estado sin admitir impunidades ni puntos finales de amnistías vergonzantes) y sin embargo su relato es fundamentalmente íntimo y de conocimiento personal, dentro de una realidad política y social más grande, pero sin olvidar siempre que lo fundamental es ir conociendo a esos padres al mismo tiempo que lo consigue él mismo; reconstruir una idea de familia cuya memoria no tiene y llegar a alcanzar cómo pudieron sus padres mantener la clandestinidad y criar a un recién nacido en la mayor de las normalidades, hasta preocuparse por llevarle a una guardería que, en definitiva, les obligaba a mantener unos comportamientos regulares incompatibles con hacerse invisibles. Ni tan siquiera intenta cebarse en las figuras de los “traidores” o “delatores”, como dice uno de los supervivientes a las torturas, desapariciones y ejecuciones, “hay tres tipos de víctimas, los muertos, los que colaboraron y los que quedaron vivos”, todos soportan un peso en su conciencia y cada uno ha de salvarse, o hundirse, con sus propios recursos. En la historia que se nos cuenta, el director diferencia el relato en dos partes conexas pero evidentes, la reconstrucción de las figuras de sus padres y la reconstrucción de los momentos posteriores al golpe hasta la muerte a tiros de ambos. Desde que Allende gana las primeras elecciones y dicta una amnistía para los presos políticos, el padre sabe que está marcado por la policía, y asume, así, una vida de clandestinidad desde 1969, a sabiendas de que el gobierno de Allende no le va a perseguir pero convencido de que la reacción va a ser más sangrienta cuando se produzca. 

De un Chile imaginado del pasado, rodado en 1973, a continuar rodando una realidad que sobrepasaba la ficción del pasado. Pablo de la Barra filma el 11 de septiembre en las calles de Santiago lo que parece una ficción bélica, tanques, soldados, muertos, heridos; imágenes reales que no aparecerán en la película, pero donde si constan imágenes de aquellos días donde el ministro de defensa pasea por las calles sondeando el ambiente prebélico acompañado por los generales Prats y el propio Pinochet, que ordenó el asesinato del primero tras refugiarse en Argentina, con un coche bomba fabricado por la propia DINA. Son las imágenes las que ayudan al director a ir formando una idea de sus padres, fotografías que le entregan sus familiares chilenos tras la vuelta definitiva a un país que no termina de sentir como suyo, un país que se ha convertido en algo muy diferente a aquello por lo que sus padres lucharon, unos padres a los que es difícil imaginarse como tales en ese momento y que se sentirían completamente desplazados en el Chile del presente; pero a los que, finalmente, el director consigue recrear como familia mediante el juego de la luz, la sombra y las presencias imaginadas, porque hubo algún momento en la vida de Álvaro de la Barra Puga en que pudo estar junto con ellos, aunque la prueba física se haya perdido, la memoria personal no lo recuerde y sólo los indicios de tres fotografías permita recrear ese momento breve y fugaz antes de ser tiroteados a sangre fría.

 TRAILER

Chile. 2016. Dirigida: Alvaro de la Barra. Guión: Alvaro de la Barra. Producción: Alvaro de la Barra. Dirección de fotografía: Carlos Vásquez Méndez; Inti Briones; Jackson Elizondo. Montaje: Martín Sappia; Sebastián Sepúlveda. Sonido: Mario Puerto; Frank Rojas; Felipe Vergara. 83 minutos