jueves, 23 de febrero de 2017

TRAFIC (Jacques Tati, 1971)


TRAFIC (Jacques Tati, 1971)


En el dominio absoluto del espacio y de la puesta en escena, un ramillete de secuencias resumen a la perfección el discurso anarquista de un francotirador que, con la excusa del humor blanco, deja caer gota a gota, el ácido sulfúrico que elimina el decorado para evidenciar las contradicciones del sistema capitalista. Gallinas, somos gallinas miedosas, temerosas de perder lo poco que tenemos, y qué mejor que filmar a un grupo de personas andando como pájaros zancudos, mitad cigüeñas mitad gallinas. Una enorme nave ultima los preparativos de una exposición de automóviles en Amsterdam. En la vasta superficie, innumerables cuerdas situadas a 15-20 centímetros del suelo, dibujan los espacios en los que se irán colocando las marcas, los vehículos, los expositores, los vendedores. Los encargados del diseño y la distribución se mueven por el entramado de cuerdas, pero para pasar de un lado a otro tienen que sortear los obstáculos levantando primero una pierna y luego otra, generando ángulos de 90 grados con las rodillas que transforman al hombre en un ser antropomorfo de reminiscencias aviarias. Esto en un primer plano cercano, pero para demostrar que el efecto cómico puede multiplicarse hasta el infinito, enseñando lo que es una verdadera profundidad de campo, otros operarios realizan la misma operación y el mismo tipo de movimiento, mientras tanto, las cabezas de estos encargados miran al suelo para evitar tropezones. ¿Cómo no imaginar un criadero de gallinas donde éstas se mueven torpemente por la superficie buscando algo que picotear?.


Esto en la enorme superficie de la nave de la moderna Holanda, pero a cambio, Tati, un acogido por Francia, se burla del carácter anárquico, desorganizado, del paisanaje francés. Frente al carácter cuadriculado del gen germánico, la improvisación de la inspiración latina. La fábrica automovilista Altra (derivación latina, algo así como «los otros», los que no cuentan mucho) prepara, con más voluntad que empeño, con más deseo que trabajo, un prototipo de autocaravana doméstica. En pleno boom del automóvil alguien, no puede ser otro que el inefable Hulot, diseña un vehículo pensando en el campo, en disfrutar del descanso, de la naturaleza, de una ducha en mitad del verano, un cafe a media tarde, una siesta en una cama desplegable en el interior de lo que no deja de parecerse a un Renault 4L. En contraposición a la organización cuadriculada de la nave, el interior del taller donde se ultima el prototipo es puro caos, un sinfin de trabajadores que, en realidad, no hacen gran cosa, un ingeniero que se esconde para que nadie le pregunte, un hijo de papá millonario que suelta dinero para que su auto llegue a tiempo a la exposición, un par de decenas de operarios nada estresados porque acaba el plazo para terminar el diseño y enviarlo ese mismo día a la expo. Una coreografía del caos en medio de un espacio reducido donde no cabe una persona más. Nadie tropieza pero todo parece que en cualquier momento se va a venir abajo, gente que entra y sale, un bullicio que termina estropeando los diseños de Hulot, el inefable Hulot reconvertido en ingeniero automovilistico e inventor. Para completar el cuadro de nacionalidades, una frívola relaciones públicas británica, que apenas chapurrea el francés y que, como el personaje de los autos locos de Hanna&Barbera, se mueve con un descapotable amarillo sembrando el caos por las carreteras, distintas culturas, distintas mentalidades, pero, puestas de acuerdo no serían capaces de generar tal caos de manera voluntaria y directa.


Así domina el espacio Tati, pero cuando el prototipo echa a rodar por las carreteras de París a Amsterdam, el desastre está anunciado, y aunque todo señale a Hulot como responsable, ninguna de las incidencias del viaje son culpa suya. Ahora es cuando Tati demuestra  que igualmente domina el espacio en movimiento, el caos circulatorio, la irritabilidad del conductor, las maniobras peligrosas. La coreografía de un accidente resulta asombrosa, decenas de vehículos chocan y generan un baile destructor por culpa de la británica y un gag visual espléndido con un agente de circulación que, simultáneamente, da paso a las cuatro direcciones. Sobra decir que el viaje no llegará a destino cuando tiene que hacerlo, nada de eso es importante porque el viaje, en si mismo, sirve para demostrar que Hulot no está tan equivocado, que se puede disfrutar de las incidencias del trayecto, comer un buen plato, beber un buen vino, dormir en plena naturaleza, aprovechar un barco en un río, discutir con los aduaneros holandeses sin éxito. Hulot sabe que hay personas que añoran un tipo de vida más tranquilo, con menos prisas, para circular por carreteras secundarias y disfrutar de un paisaje que ha desaparecido de autovías y autopistas, tiene que haber más gente como él. Su diseño no está equivocado, pero el lugar seguramente sí. De esta manera Tati nos muestra el aborregamiento generalizado para cualquier ámbito vital. En medio del maremagnum organizativo casi nadie presta atención a un suceso extraordinario, la llegada del hombre a la luna. Empeñados en sentirnos el centro del universo, preferimos un modelo de coche a disfrutar de una experiencia única. Qué listo Hulot, con su desgarbado caminar, sus pantalones ridículos, su permanente paraguas, su pipa apagada, su balbuceo al hablar incomprensible, se queda con la guapa porque es un caballero avant la lettre. ¿Quién no quiere un tío como Hulot o a un tío como Hulot?



Título: Trafic. Dirección: Jacques Tati. País: Francia, Italia. Año: 1971. Duración: 96 min.Reparto: Jacques Tati, Marcel Fraval, Honoré Bostel, François Maisongrosse, Tony Knepper, Franco Ressel, Mario Zanuelli, Maria Kimberly. Productora: Les Films Corona, Selenia Cinematografica, Les Films Gibé. Colaboración artística: Jacques Lagrange. Departamento musical: Bernard Gérard. Diseño de producción: Adrien De Rooy. Fotografía: Eduard van der Enden, Marcel Weiss. Guión: Jacques Tati. Montaje: Jacques Tati, Maurice Laumain, Sophie Tatischeff. Música: Charles Dumont