sábado, 18 de febrero de 2017

PRIMERO ENERO (Darío Mascambroni, 2016)

PRIMERO ENERO (Darío Mascambroni, 2016)


Premio a la mejor película en la competición argentina del pasado BAFICI y seleccionada en la sección Generación Plus de la presente edición de la Berlinale, «Primero Enero» cuenta con la sencillez propia de las cosas cotidianas, arrojando, no obstante, pequeñas, pero contundentes explosiones de sentimientos en la relación entre Jorge y su hijo Valentino, relación de ficción que responde a una verdadera relación padre-hijo en la vida real, circunstancia que ha de facilitar el diálogo y las reacciones creíbles y totalmente verosímiles de estos 60 minutos de cine tan simples como inquisidores. Para quien conozca la última película de Marc Recha, «Un día perfecto para volar», la visión de «Primero enero» resulta tan coincidente como contradictoria. Donde el director catalán hace uso de lo onírico, el sueño, el personaje fantasmal que acompaña al niño durante su estancia en el monte, el director argentino no esconde la verdadera relación paterno filial que surge de una pérdida, la ocasionada por una ruptura matrimonial en la que el niño, Valentino, queda bajo la custodia del padre, o así, al menos lo entendemos.


Combinando primeros planos, planos sobre las espaldas de los dos protagonistas, que el peso del presente parece achicarles en relación con el paisaje de la sierra de las inmediaciones de Córdoba, y planos cuya profundidad siempre es antesala de un revés, una noticia diferente a la deseada, o la constatación de que ese matrimonio no va a reconciliarse por más que Valentino use de un chantaje emocional naïf e involuntario, envuelto en la tristeza de un niño que presume no va a volver a vivir con su madre y que ya está echando de menos esa situación, la película se transforma en un diario ausente de patetismo y sensiblería, donde un padre acude a la casa de todos los veranos para recoger sus efectos personales antes de proceder a su venta, y con ese dinero, poder comprar un piso en el que vivir con su hijo. Para Valentino éste va a ser el último verano, muy diferente a los anteriores, un verano que acabará cuando hagan todas las actividades que su padre ha escrito en una lista. El orden del adulto frente a la anarquía del niño, el descubrimiento de pequeñas tareas domésticas a aprender, desde la pesca hasta la revelacion absoluta de cómo un cordero puede llegar a convertirse en comida (evocación de la «Nana» de Valerie Masadian), algo que hace de «Primero enero» una película de aprendizaje precoz, provocado por un acontecimiento difícil de comprender para quien todavía desconoce casi todo de la vida.




Tres personajes en apenas una hora, de los que el tercero surge como icono de un recuerdo que quedará en la memoria de Valentino como la primera vez que se fijó en una mujer, una mujer pequeña, de su edad, 6 ó 7 años, a la que no se atreve a hablar hasta el momento de abandonar el lugar. Cuando Mascambroni filma a la niña, amplía el plano, la sitúa en medio de un encuadre perfectamente diseñado para que ella resalte en medio de un río cuyas aguas son el lugar de relajación de los visitantes. Contemplando la belleza de la composición se nos trnasmite esa emoción incipiente del niño al descubrir, por primera vez, la curiosidad hacia lo diferente, y lo percibimos como lo percibe el padre, para quien es motivo de broma que enfada al niño, en ese juego de negar siempre lo evidente para no sentirse descubierto, como cuando conversa con los árboles y se juramenta para impedir que su padre tale alguno para hacer leña mientras no planten previamente otro futuro árbol.


«Me agarró la tristeza» es una de las frases más bellas dichas en la película, y seguro que el padre siente una punzada interior cada vez que el hijo mienta a la madre y le hace recordar su fracaso vital, pero al mismo tiempo ha de mostrarse ante Valentino como un ser seguro y dominante, maduro para enfrentarse a las dificultades de forma que el niño no sienta que esa tristeza le ahoga, y le impide superar una de las dificultades que le tocará vivir a partir de entonces. Las tormentas que azotan la zona mientras Jorge y Valentino pasan estos primeros días de soledad juntos son el avance de un futuro complicado, en el que a veces saldrá el sol y en otras los nubarrones descargarán agua en abundancia y provocarán daños de dificil reparación. Ese viaje que empieza y termina con el tango «El adios» de Osvaldo Pugliese se desarrolla siempre mirando hacia atrás, desde la visión que ofrece la ventanilla trasera; el pasado es muy dificil de eludir y olvidar, y cuando el pasado reciente duele, el sentimiento de tristeza es natural. Al final el interior de la casa queda a media luz, a la espera de que todo se apague o todo se ilumine. «Es la primera vez que vengo», dice la niña, «yo la última» dice Valentino, pero ¿puede estar seguro de que será verdad?. El pasado lo podemos recordar pero el futuro no es predecible ni dominable.


Título internacional: January. Año: 2016. 65 minutos. Argentina. Dirección y Guión: Darío Mascambroni. Fotografía: Nadir Medina. Montaje: Lucía Torres. Dirección Artística: Paola Raspo. Sonido: Federico Disandro. Producción: Yanina Moyano. Producción Ejecutiva: Yanina Moyano, Darío Mascambroni. Intérpretes: Valentino Rossi, Jorge Rossi, Eva Torres.

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