sábado, 11 de febrero de 2017

LOS TERRITORIOS (The territories, Iván Granovski, 2017)

LOS TERRITORIOS (The territories, Iván Granovsky, 2017)
 Hacer algo como si pareciera que estás haciendo otra cosa muy diferente, colocarte en primera persona dentro del relato para retratarte negativamente, al tiempo que pretendes contar una historia muy ajena a ti mismo, hora y medio de trayecto que concluyes con lo que querías contar desde el principio. Granovski se hace protagonista para ir, poco a poco, diluyéndose en su propósito, cambiando de factótum a mero espectador. Banderas, capitales, conflictos, línea de guerra, corresponsal, director, banderas, banderas, muros reales y metafóricos que te impiden avanzar y encontrar tu propio espacio de expresión. En el fondo se trata de conseguir algo que justifique tu propia existencia, dejar de parasitar y demostrar a los demás, empezando por ti mismo, que eres capaz de crear partiendo de una idea propia. 

Un  largo viaje que se transforma en catarsis personal, un director que ya no puede seguir camuflándose detrás de su juventud mucho tiempo, que confiesa haber estudiado cinematografía porque era más fácil que la historia, aunque su familia es una familia de periodistas. Tres películas empezadas antes de ésta, ninguna concluida, todas financiadas por una madre que se supone que vive en una desahogada posición económica para mantener los caprichos del hijo, pero también con mecenas particulares que exigen, si no la devolución del dinero, si un producto final que pueda llamarse “fílmico”. Una película sobre etarras que renuncian a la lucha armada, sin documentarse de ninguna manera, otra sobre un futurible apocalíptico en Brasil de la mano de un tal Tremer, la tercera sobre combatientes kurdos al norte de Irak, acabada por las bravas cuando, decepcionado del resultado conseguido en la región de Mendoza donde rueda esta imposible ficción, se hace asesinar por dichos combatientes. Parecería así que Granovski utiliza la película para retratarse como un vago aprovechado, que consigue contactos gracias a la figura de su padre, un reconocido y afamado reportero argentino, que facilita la llegada de su hijo a los lugares que quiere visitar cuando decide iniciar un cuarto proyecto, proyecto que se encamina por el mismo camino de fracaso que los anteriores. Berlín, Brasil, Caracas, Chile, Paris, País Vasco, Portugal, Madrid, Atenas, Lesbos…..serán sus escalas en busca de una historia que no termina de llegar ni él termina de perfilar. 


Testigo involuntario y voluntario de las protestas pro y contra Dilma Rouseff en Brasil, contra las medidas educativas del gobierno chileno, frívolo reportero tras el asesinato ocurrido en la redacción de la revista Charlie Hebdo, abstraído interlocutor con la izquierda abertzale sin argumentos o formación para preguntar sobre lo importante de la fractura social y criminal ocurrida durante décadas en el País Vasco, entrevistador de Monedero en Madrid intentando recoger el espíritu post 15M, viajero por Lisboa intentando recopilar las consecuencias de la crisis y de los recortes en Portugal, para terminar convirtiéndose en retratista de un costumbrismo turístico, Granovski siente que el cuarto proyecto se evapora al tiempo  que no deja de recibir mensajes de su madre alarmada por cargos en las tarjetas de crédito procedentes de París, San Sebastián , Lisboa……, recriminado por la aparente indolencia con que trata a los contactos que su padre le proporciona, exigido por acreedores a los que ha dejado con proyectos a medias usando el dinero de los rodajes, enamoradizo en todas y cada una de sus escalas, historias que terminan con huidas atemorizadas ante la realidad de su existencia, Granovski se retrata como un ser a la deriva en busca de una tabla confortable en la que subirse, al menos durante una temporada. 

Las oportunidades que los viajes y las situaciones le brindan son desaprovechadas porque, en realidad, él no es periodista. Quizás tampoco sea un director de cine, puede que lo de productor le venga grande, y tan solo estemos ante un mero viajero curioso por encontrarse en el lugar de la noticia como el que se acerca a la unidad móvil de una televisión para enterarse de la tragedia reciente o dejarse ver delante de una cámara, o puede que todo sea una gran ficción, una broma guionizada para llevarnos a su terreno y mostrarnos tanto a la persona como los temas que le preocupan. Granovski se olvida de sus orígenes, y tiene que ser un programa de subvenciones para hijos de judíos el que le abra la puerta, temporal, para encontrar su historia, nada novedosa, nada original, nada rompedora, pero donde encuentra la motivación suficiente para ahondar, al menos, en las dos partes en conflicto por culpa de los asentamientos israelíes en Cisjordania, sufriendo en carne propia los inconvenientes de ir de Ramallah a Bethelem, separadas por muy pocos kilómetros que se convierten en un viaje de horas. Judío antisionista con “cara de ruso”, el director sufre el choque de comprobar cómo sus compañeros de religión se comportan de manera brutal, caprichosa, absolutista y contraria a derecho con sus vecinos, pero es consciente de que su filmación no es noticia, lo que su cámara recoge no interesa a nadie más que a él porque aquello es la rutina diaria de un mundo, de un territorio apropiado por una bandera que excluye a otra. Del mismo modo que el mar Muerto no es un mar, que ese lugar no es Israel ni Palestina, que él no es un periodista, ni un director y sólo puede ser un actor mientras contempla tres cazas de guerra israelí sobrevolar su cabeza, el territorio de Granovski se desarrolla en un espacio de ficción dentro de la realidad. La geopolítica de despacho termina afectando a la realidad humana de las personas, Granovski lo ve y lo graba en su memoria, como su padre grabó en la suya su guerra particular, el asalto al cuartel de La Tablada en Buenos Aires, allí donde comprendió que el ejército argentino carecía de más enemigos que los propios ciudadanos, como el hijo entiende que hay una desproporción entre Israel y Palestina, un muro vergonzante hecho para constreñir, masificar, controlar, en suma, para hacer sentir a todos presos dentro de esos muros incalificables. Los territorios del título se convierten, así, en la búsqueda del territorio personal, aquél que le diferencie del padre, que le aleje del actor-director, que no le haga mejor ni mayor reportero. Puede que se consiga, tras el viaje personal, y la exposición íntima de quien se muestra como una realidad pero puede no dejar de ser una ficción, el propio espacio de expresión. 


Los territorios. Argentina, Brasil, Palestina. 2017. Productores: Ezequiel Pierri / Autocroma, Michael Wahrmann / Punta Colorada de Cinema, Julia Alves / Punta Colorada de Cinema, Silvia Cruz / Punta Colorada de Cinema, Jerónimo Quevedo / Un puma, Victoria Marotta / Un puma, Iván Granovsky / Autocroma, Ana Godoy / Hermanos Godoy, Marion Klotz / Autocroma, Alessio Rigo de Righi. Productoras: Autocroma, Punta Colorada de Cinema, Un puma, Hermanos Godoy. Guión: Iván Granovsky, Ezequiel Pierri, Ana Godoy, Félipe Galvez. Fotografía: Tebbe Schöningh. Montaje: Ana Godoy. Intérpretes: Iván Granovsky, Alberto Ajaka, Rafael Spregelburd, Valeria Lois, Joana de Verona, Juncal Altzugarai, Barbara Gauvain. 93 minutos.